domingo 15 de noviembre de 2009

Accidentes

Cuando la calle es calle. Eso que está ahí afuera, esperando el vicio ajeno, interponiéndose entre las veredas que sudan con tus dientes. Algo así como romper la calma, tirarse desde un séptimo piso y evitar el quiebre justo a unos centímetros de la baldosa. Así estaba. Así la calle, esa otra cosa que sucede ahí afuera. Lejos de mi abrazo.
Pero entonces la noche y un brazo partido en dos por las marcas del sol, rodeando toda deformación de huesos y de piel blanca. Así el rostro que me recibe en la mañana, despertándose de un sueño con gusto a mandarinas. Así y todo, bostezo. No me quiero quedar entre las sábanas, a destilar fracciones de números que no entiendo.
Todo es natural, nena, dijo el dios del trueno sentado sobre su armario. Ese atípico cartelito que un monstruo de cerámica sostenía entre sus garras. Se parecía a luzbelito, pero no, alrededor le tintineaban restos de otros maquillajes, las plumas gastadas de un atrapasueños, colgajos inútiles que desprendían polvo.
Todo es natural, nena, repitió cuando me vio observar el amorfo ser sobre la repisa. Y en un choque de miradas apareció de nuevo la calle, ahí, en el medio, los hierros doblados de nuestros coches lastimándonos adentro. La señora que paseaba el perro se detuvo y llamó una ambulancia.
Demasiado tarde.
Séptimos pisos y alfileres en los muñecos vudú que agita el viento.




(y Eclipse se decidió a un futurísimo libro de prosa poética)

jueves 12 de noviembre de 2009

Fotomemoria

La foto me hizo acordar a esos fines de semana de febrero. Todos juntos por un fin de semana en Guazuvirá.
Uno al año. Nunca suficiente pero con la apariencia de serlo.
La escalera entre la arena, subir y bajar cada mañana y cada tarde, como caracoles felices, como lombrices en un día de lluvia.
Todos tan contentos.
Todos tan soleados.
Todos con la piel tan a la vista.
Todos sin miedo a las estrías o a las pecas o a los quilos de más.
La foto tenía que arrancarme la voz y me arrancó un recuerdo. La foto que no es Guazuvirá ni febrero. Es lo que tienen ciertas imágenes.
Pero vos... pero eso que antes me pasaba, pero lo que quizás me esté pasando en otros ojos y lo que pasa en los veranos en ese balneario desierto...
Pero yo... y esos veranos en Guazuvirá, que nada tienen que ver contigo, pero la foto...

lunes 9 de noviembre de 2009

Com.pro.per

Comisión Pro Pérdida. Así se autodenomina un grupo de gente que pone a disposición su hermosa casa una vez por mes para que quienes deseen asistan a un encuentro con el arte. Alguien inicia sesión en la parte literaria y luego el espacio queda abierto a quienes tengan ganas de arrimarse y leer sus cosas. Después de un breve corte, se abre la parte musical con un nuevo invitado y otra vez el espacio de micrófono abierto. Breve descripción de algo super simple pero a la vez lleno de cosas. Gente a la que le interesa perder (dinero, tiempo, etc) para poder encontrarse.
Calidez. Esa es la primera palabra que se me viene a la mente. Calidez desde el abrazo de bienvenida y de cada desconocido que llega a la casa. ¡Comida! ¡sí! Preparan comida casera que comparten entre risas, mientras el que ande por la vuelta ayuda a cortar, arrima platos, vasos, tazas, lo que haya a mano, mientras la perra busca quien le haga mimos.
Así, simple, a la luz de las velas en esa décima edición, la casa se llenó de voces, de idiomas, de charlas espontáneas entre conocidos y desconocidos, entre hombres y mujeres, jóvenes y no tan jóvenes que ofrecían sus pechos para el estandarte de la calidez.
Claudio nos hace reír y pensar en sus poemas finlandeses con olor a Montevideo (¿o montevideanos con olor a Finlandia?)
Rebeca, con sus enormes ojos azules y su cara rosada enmarcada por el septentrional pelo rubio, nos conquista el estómago con brownies y el corazón con su acento y sus miradas seductoras mientras lee cosas de aparente inocencia. Ventisca.
Brown con sus ojos cerrados y la cara del disfrute a cada segundo de su música.
Rachel con las canciones más hermosas que he escuchado en este último tiempo, nos habla de imaginarse observar a los vecinos, nos explica todo con su perfecto español.
Nicolás contando qué pasa después de la muerte, las velas le hacen un rostro tenebrosamente fantástico, resaltando sus muecas, mientras es acompañado por la simpática perra (y yo pienso en Mademoiselle Nobs)
Laura canta con una voz limpia canciones de una inocencia adolescente.
Fede repite esa canción que escuché hace unas semanas y me gustó, pide disculpas, continúa, llueve calma y puertas entreabiertas.
Patricia nos hipnotiza con su danza de fuego, el sonido de las llamas contra la noche estrellada, el olor a kerosene, la guitarra improvisada que le acompaña en el juego.
Y ganas de volver, caminata eterna entre la soledad de un domingo. Se parece bastante a esa sensación de soledad que me invadió constantemente en la casa. Rodeada de gente, escuchando cientos de conversaciones a la vez, pero escondida detrás de un vaso en algún rincón de la penumbra reinante, esa soledad tan concurrida me daba largos instantes de contemplación. Ganas de salir corriendo mezcladas con ganas de quedarme hasta recuperar algo que creía perdido.
Luego más soledad en la noche fresca de un Montevideo dormido.
Y a dormir con la esperanza de algún día...

miércoles 4 de noviembre de 2009

Con gusto a x-o II



El viaje en ómnibus casi llegaba a su fin. El cuerpo cansado se sostenía de las sienes que respiraban el frío de la ventanilla y miraba con ojos entrecerrados el paisaje de siempre. Se afirmó al asiento con antelación, previendo la rutinaria curva que da el ómnibus al dejar Magallanes y doblar en Miguelete. La tarde apenas dolía, el frío se hacía más soportable aunque ya debería haberse disipado, Setiembre alumbraba con extrañeza las calles por esos días con olor a fin del mundo.
Entonces la vio, mientras el ómnibus esperaba para doblar, allí, sentada con todo el juicio del mundo, pequeña y hermosa, una nota disonante en la melodía del contexto. En el bar de la esquina, cuyo interior siempre observa a través de las ventanas sucias, ese interior de maquinitas y oscuridad, en el que en tantos viajes pretende adivinar historias, la naturaleza de los dueños o de los clientes, la vio a ella, sentada al lado de una ventana abierta.
La nena de pelo largo, castaño, sin demasiadas particularidades pero hermosa y tan frágil contra la mesa de cármica y el tinte marrón oscuro del recinto. Balanceaba sus piernitas que no llegaban al piso, sus aparentes ocho años se dibujaban en el bolichón de barrio. Sola, en una mesa junto a la ventana, la niña se concentraba en aparentes tareas, frente a la ceibalita verdiblanca, que destellaba más entre el resto de los colores de la escena.
La mesa solitaria, que otras veces sostiene botellas de cerveza o vasos de grapa, sostenía con similar entusiasmo una botella de coca-cola, la ceibalita erguida y los codos de la nena.
La miró, incorporándose en su asiento, le clavó la mirada que no perturbó su áurea calma y delicadeza infantil. Toda la inocencia mezclada en el contexto tan poco inocente, toda esa fragilidad hundida en las heridas que otros han dejado en noches de penas ahogadas. Y el ómnibus que dobla y que se pasea frente al bar en que otros concurren con propósitos tan distintos.
Y la nena, tatuada en su mente por días, por meses, eterna en su ceibalita que le dibuja sonrisas y dilata sus pupilas pequeñas.
La ciudad es un borrón después, una mancha deforme en el ocaso mismo de las cosas.

sábado 31 de octubre de 2009

Humo sobre el mar




"fui cosas que no soy
en violeta gris y azul"

Soy parte sin fragmentar, aquello que quisiste en el manotazo de ahogado que te trajo hasta la orilla de mis madrugadas.
Son casi las tres y no me fui, espero todavía por mis cuadernos sin renglones y los besos de una cabina telefónica.
al fin, aunque es Humo sobre el mar, así, hipertextual, flota en el lugar...

domingo 25 de octubre de 2009

Cielos redondos


Le debía tres meses de alquiler a la vida. Se dormía en los portales de cada fin de semana, tapándose con los cartones fríos del miedo y la vergüenza.
Pisó en falso una baldosa y casi bautiza la vereda con los bolsillos traseros del pantalón, tan tambaleante, tan frágil y sin motivos para agitar los brazos y recobrar el equilibrio.
El niño venía con un globo, celeste, hermosamente combinando con el cielo, robándole pedacitos al sol en un costado, haciéndolo bailar sobre su cabeza y su corte taza, su pelo tan lacio y tan brillante.
Pasó a su lado y el globo quiso quedarse en la cabeza de la figura bamboleante que comía migas de otros días en las vértebras del tiempo que la olvidaba de a poco. El niño sonrió, conocía los caprichos del globo celeste, del globo-cielo, del globo-roba-rayitos. Sonrió y decidió quedarse un rato a su lado, de paso darle la mano y poner finalmane sus pies en el suelo.
El niño se quedó ahí, mientras el globo jugaba con esos rulos amarillos y torpes, le enredaba el sol en cada bucle, le perforaba dulcemente el corazón con trozos de cielo.
Le debía tres meses de alquiler a la vida y la felicidad la tenía en el seguro de paro.
Pero un globo celeste la acompañó hasta la puerta de su casa y antes de despedirse le dio un pequeño beso en su nariz llena de pecas.
Después se fue calle abajo hasta la rambla, se perdió confundiéndose con el cielo, entre las manos del niño que buscaba rulos de todos los colores para poder elegir.

jueves 22 de octubre de 2009

Palabras

No quiero tomar riesgos y por eso me quedo "del lado de acá", peleando con mis fantasmas que necesitan piel pero no soportarían un rechazo.

No quiere dolerte. No quiere que le duelas, tampoco, amigarse con tu historia, con tu necesidad de abrazos tan meticulosa y calculada.
No quiere saber tanto, tener más certezas que se adentren en ese par de ojos o corrompan la frontera de los labios y sin embargo se tira desde todos los barcos para internarse en la mar que vas soltando de a poco, como una represa a todo motor.
No quiere que le conozcas más y cierra las compuertas, mira las olas, hace agua, alimenta las fogatas en el mar, los imposibles de tantas madrugadas de insomnio.
Luego cuenta las paredes en que la humedad besó con voz de techos esa inmensidad que prometió, algún día, al viento.

Dejo letras, palabras, te gustan tanto las palabras y en realidad... es lo único que tengo para ofrecer.

lunes 19 de octubre de 2009

Octubre-dudas

"Te doy pan, quieres sal,
nena, nunca te voy a dar
lo que me pides."

Octubre tenía que ser ese mes en el que al fin llegaba la primavera y empezaban a pasar esas cosas que siempre pasan en octubre y sólo en octubre. Por algo es mi mes favorito, quizás el azar haya hecho que siempre pasen cosas fantásticas en octubre, me regale momentos que recordar con ternura o añorar desenfrenos memorables.
Tenía que. Y no.
Mientras se escapan los días entre obligaciones que parecen confabularse para quitarme las ganas de cualquier cosa, llega toda la incertidumbre del mundo a anidar en este mes fantástico. Pone sus huevos, se alimenta de mi cobardía, me cincha el pelo mientras yo nada más quiero la paz simple de una certeza en forma de cariño.
Todo bien con octubre, pero me decepcionó.
Ahora a mudar, mudarse, cambiar de color y de casa, como un caracol, como una lagartija, dejar la vieja piel para perderme entre colores nuevos. Certezas, sí, pero alguien, por ahí, me hace cambiar de perspectiva con esto de las certezas... ¿y si le hago caso?

"tan pocas dudas suele ser mala señal.
Las certezas me dan desconfianza.
Quiero un beso que me llene de preguntas.
Dame un beso lleno de preguntas nuevas."

Quizás mi lugar sea un fascinante no-lugar, después de todo.

viernes 9 de octubre de 2009

Autofagia

No existo
con el sol
ni para adentro.
No tengo las señales
ni semillas
ni sangré nunca
en otra almohada.
No tengo tus dos manos,
tu extensión inútil,
tu lengua invasiva.
No existo con el sol,
me invento
y me trago
a mí misma
con la noche.

domingo 4 de octubre de 2009

Domingo

No saber nada entre las pelotitas de fieltro y entre las lágrimas de hilo, no saber nada... entre las agujas de coser y el pegamento, entre las sábanas, entre una hermosa mañana de mandarinas.
No saber nada, buscar un libro, sentarme en un escalón a esperar lo absurdo, encontrarme con dos recortes de sombra, reirme entre los gérmenes de un principio, cantar sin música y sin voz.
Pero no saber nada.
Y tener miedo.

jueves 24 de septiembre de 2009

Escritura automática

me demoro en lo hondo de lo hueco, en tantas sales que hacen niebla y remolonean, juegan con lo absurdo.


me quedo relampagueando costumbres. el gato pía, mientras yo le maúllo diciendo: no, no dejes que la cuerda silbe las canciones que perdimos.

ato el cordón con que antes jugabas. se desata, firme y blando. como agua escapando de mis manos. se d e s a t a.

otra niebla tapa los rieles del tren de la noche.
hay

como un sonido
ensimismándome la fiebre. recobrando parte de lo hueco.

hay
ese ruidito metamorfoseado y perenne, lo agudito en el oído que no se va
ɐʇsǝ opınɹ lǝ oɹǝd 'ɐpɐu sǝ ou ʎ
que sí
joder.


horas de vuelta y un s o s t é n, la nada
como colcha, cama elástica, me salta, me ayuda a saltar.

y una parada de ómnibus se extiende como un mar de agujas que no puedo c r u z a r. me pongo las máscaras, me subo al avión de primer plano, al territorio de ciencia ficción que se descolgó del libro de mi compañero de asiento.

me subo, nene, me regalo una canción que no dice nada. porque sin palabras puedo, también, tararear canciones. de eso se trata tararear.
te cuento.
al parecer no lo sabías y una pestaña se te cae de repente.
y se te nubla la vista, decís.
la ɐʇıɹnsɐq

basura. la basurita es como un pájaro, qué lindo, un pájaro que yo imagino s i n p l u m a s, todo cubierto de una pielcita suave.
pero hay que enseñarle a volar.
y a volver.



ɹ ǝ ʌ l o ʌ ɐ

jueves 17 de septiembre de 2009

Niños

ser un niño feroz y pálido
entre los malvones del jardín
feroz y pálido
en la frente ancha
de la tarde.

ser un niño feroz y pálido
abandonado al saber de otros veranos
abandonado a la claustrofobia madre
y hermana
a las tías ocasionales

o ser nomás un niño
errando entre las horas del sueño
gritando después de las pesadillas
acomodando los almohadones de los ocho años
y las sábanas de los trece.

ser un niño feroz y pálido
a los seis, a los ocho y a los trece
o ser un niño
desconsolado y tibio.
siempre.

viernes 4 de septiembre de 2009

Con gusto a x-o

El barrio parece haber quedado atrás de los carteles sucios y las manchas de óxido de buscan besar el suelo, en una acción de gravedad que el tiempo demora. La vieja estación, terminal, plaza, ahora se quiere renovar. Las mueblerías siguen siendo amas y señoras del barrio que supo tener auge, ser zona comercial, pasaje, conexión de centro y periferia.
Las casas que dan a la avenida son casas de altos, puertas altísimas y angostas que anticipan manchas de humedad y ecos fantasmales, la clase media extinta, las cuevas de las amas de casa que tuvieron que salir a trabajar.
Son vecinos y van juntos a la escuela, juegan por las tardes a cualquier cosa, acompañan a sus madres a hacer los mandados. Ahora que el calor peina el calendario en mala fecha, se escapan de los pasillos eternos de sus casas, del fondo lindero a otros fondos y hacen la clásica vereda con el nuevo juguete.
No se lo pidieron a los Reyes ni por el día del niño. Resulta que la yapa además les sirve en la escuela, les enseña y los "conecta al mundo".
Se ríen. Escriben palabras que una voz robótica reproduce.
Escriben sus nombres, escriben las pocas e inocentes malas palabras que saben, riéndose sofocadamente de sus picardías. Sentados cada uno en su escalón sacan fotos de la calle, de los ómnibus, de los vecinos de siempre.
Juegan y aprenden, se ríen.
La tarde los envuelve en ese calor intruso y despoblado de magia. La pelota está guardada en alguna habitación y respira pero extraña los golpes y los gritos.
La escuela se mete en la casa, se instala a jugar a las escondidas entre la túnica que se sostiene como puede de la cuerda al sol y las ganas secretas de mamá por tocar el chiche nuevo.



(los no-uruguayos que aprecien lo poético del asunto pero no entiendan de qué hablo: [x] [x])

martes 25 de agosto de 2009

El tipo que canta VII

"no veo gran cosa afuera
mejor me quiero quedar
imitando a un caracol
protegiéndome del sol"

Les (me) debía este tipo que canta... hace como una semana que devoró con su voz azulsuavedenoche el pequeño bar. Andábamos respirándonos sin ver, buscando alcancías, chanchitas para romper y pelear por un rato la humedad con síntomas de fiebre. Andábamos extrañamente conectados, arrugando las narices ante los mismos olores, desafiándonos casi sin ganas y con un poco de piel, asustándonos tras las sombras que dibujan los ómnibus al amenazar con besos la vereda.
Nos encontramos rozando con las suelas el bar prometido, fuimos infieles por un rato a la espesura de esa tardecasinoche que se untaba de gotitas de lluvia. El borrón viscoso de las ventanillas me auguraba un viaje, una llegada tarde perdonada gracias a un currículum ajeno, una cerveza en el altillo de otro bar, la penumbra de las ganas y la celebración con risas y caras desconocidas de un encuentro atípico y tan, pero tan cómodo.
Al fin bajamos de la nube de madera y Soda Stereo, caminamos resbalándonos en el barro en construcción de esta Montevideo en obras, nos acercamos a la fríofilia estúpida del bar del encuentro.
Llegan más almas con ganas de música, besos que ignoro, un lugar lleno de cabezas que no me dejan ver, música conocida que me hace enterrar la mía hacia abajo para que no vean la transformación de mi cara. De nuevo, su voz de papagayito frágil, sus mimos de canción que enrarecen ese aire caliente y multicolor del recinto, las ganas de ver, de que mis ojos sean una vez más testigo y la impotencia, el desgarrarme con las frases que ya puedo tararear a pesar de ser escuchadas una vez cada tanto en instancias similares. Atino a cantar, a tararear, a sonreir ante mis frases favoritas.
Y luego el chorro de agua fría, la desilusión, los seis pies tranquilos que abandonan la noche, que dejan las contrariedades atrás, el medio que siempre me estuvo destinado, ser la arveja debajo de tantos colchones que le molesta a ella, a la verdadera princesa. Y ser igualmente querida, apretujada en frases de cariño perohastaahí. La desilusión, la vuelta, el tipo que canta allá lejos, sin importarle nada, en su nube de cartón y papel picado, con groupies y pudientes seguidores. La desilusión, nosotros, ellos, yo. Ellos.
La arveja vuelve a casa a dormir. A celebrar la poca paz a la orilla de las frazadas.

"y me dijiste: todos somos niños
cuando el sol se está por ir
y me hiciste sonreir."

ETQC II = ETQC III = ETQC V = ETQC VII

miércoles 19 de agosto de 2009

Crecí, giles

Ya no tengo diecisiete casidieciocho. No deberían sorprenderte los poemas con gusto a mis veintiuno.
Vacilás ante mis talones mientras doy la vuelta para que me veas completa.
Ya no tengo diecisiete ni escribo cartas. Tengo, sí, las mismas escasas curvas, las mismas pequeñas manos, los mismos bostezos, la misma frente torpe y blanda.
Hubo un quiebre en alguna parte, los pasaportes se vencieron y las lluvias pasaron de aterrorizarme a enternecerme, a hacerme dedicarles un lugar, palabras, amigos nuevos.
Me hice y recompuse, entretuve los olores de unas cuantas primaveras y la sal de más veranos arrugaron mis perfiles.
Algo se fue rompiendo, algo ya había empezado a romperse suavemente hace tanto...
De esos diecisiete que hay bajo los escombros, queda la ternura de lo aprendido, los nombres de tus ídolos, el brillo en ciertos ojos cuando leías en mis letras a esta ciudad. Quedan mis crónicas al viento, acaso... la memoria infantil de El Loco, mis prolongadas siestas en los bancos que ahora saben besar más hermanas y nenitos con flequillos nuevos.
Esto es una sopa de jabón. Un menjunje espeso que revolvemos para encontrarnos dispares en palabras extrañas, para saborearnos distantes y distintos. Queda un cariño aprendido, ensayado, difícil de demudar pero no tan gritón como antaño, una admiración insoslayable pero casi sospechosa, anémica de fuegos, cada vez más solitaria.
Tus versos clásicos han quedado lejos de mis sinestesias principiantes, de la parra, del perro, de las memorias de los peces, de las moscas, de las aliteraciones que evocan un hombre de cicatriz. Lejos.
Atrás las palabras barrocas. Atrás la pequeña novela en que me querías protagonista. Atrás, allá lejos, aunque ahora la evoquemos sin decirnos nada, la historia que quiso encender la luz.

viernes 7 de agosto de 2009

El tipo que canta VI


De a poco voy desarrollando características del cariño para con los tipos que cantan. Traerlos hasta acá, como llevar a un hombre a la intimidad, se asemeja a un juego de sábanas en el que pretendo esa bilateralidad que no existe.
Pero como de unilateralidades estoy cansada, me pienso la realidad a mi manera: con cada tipo que canta, repetido o no en estas crónicas, se entabla una relación que es aquí y es ahora, a sus espaldas pero tan de frente como quiera, con el nombre impronunciado pero al alcance de la mano, en fechas, guiños, o incluso en respuestas si quieren saber. Pero siempre el misterio. Acá los tipos que cantan tienen eso de misterio y eso de inalcanzable que probablemente ahí afuera no tengan. No es una inocente bulla, una retribución de groupie, sino una forma de divertirnos, en esa bilateralidad imaginada, en ese juego de sábanas que no existe, porque así soy, porque así hay algo ulterior que me hace ser con quienes sin tocarme con las manos me saben abrazar. Así, con eufemismos y con dudas, y con estas palabras de noche (siempre de noche) que si quieren son suyas, las regalo, las ofrezco, las cambio por baratijas.

Otra noche llena de corridas, de apuratequestarde, de correr y reir y llegar cantando a la alegría que promete la noche. Todo es conocido. El olor a muchos se nos mezcla entre el pelo y las ganas, entre el sudor de fiesta y las costumbres de saltos. El dolor, el miedo a los golpes son mantenidos a raya por el espíritu festivo, por la alegría del reencuentro, por las voces que salen de una garganta que ya no parece ser mía.
Cada lado de los lentes hacen las veces de pantallas para ver más música, más gritos, más saltos, más adrenalina donde todo tiene ese gusto picante y sanador del jolgorio. Lado A y Lado B se cruzan miradas cómplices, frases que no necesitan ser puestas en palabras, las gracias de tener de amigos a los hermanos y de hermanos a los amigos.

Afuera el abrazo polar de la calle nos devora con aires libidinosos. Un bar, la fiesta que se continúa en retratos hablados, en breves saciedades con el tono amarillo grasiento de esos lugares de mostrador y mozos con anacrónicas moñas.

Después solo queda saber qué nos depara la noche, de la mano de Babilonia, hasta el fin de la avenida con Babilonia, hasta el fin de la noche con Babilonia sin encontrar jamás a Sèvres.

nota: el tipo que canta VI = el tipo que canta IV

domingo 2 de agosto de 2009

Nombres


Dicen que aparecieron costados
donde una vez tuve nombres.
Las algas hamacaron toda
la sal de mis arrugas niñas.
En este instante de interés
en este pequeño punto
donde convergen mi Dios
y tu diafragma
y tus venas de metal ardiendo,
escarbo con los dientes,
con las uñas grises
y desentierro nombres
donde una vez tuve alas.

Mayo 2009

viernes 24 de julio de 2009

Quise pensar que había algo más...

(o el tipo que canta V)

Preámbulo
Tres vasos largos nos miran, atónitos. Una merienda anochecida con gustito a nervios, a esperar palabras de bocas nuevas, a tragar sorbos de historias ajenas. Al fin estamos todas, al fin mi ansiedad hace de las suyas y me muestra tal como soy: sin poder dejar de hablar, de lo que sea, mientras sea algo que llene los espacios, que entregue mi simpatía y manifieste mi alegría por el encuentro. Estamos ahí, las tres, abriendo los ojos bien grandes porque no damos crédito a lo que oímos, las casualidades se hacen tentadoramente festejables, nos reímos. Sí, nos reímos mucho. Buena señal. Me encanta la gente que me hace reír. Pasa el tiempo y ya me siento parte. Ellas se conocen de siempre, yo soy una desconocida, una flaquita de lentes más, una pulguita insignificante a la que entregan toda su simpatía, sus historias, sus logros, sus chistes. No se los digo, pero agradezco cada segundo, cada guiño y cada idea compartida, porque de hacerme parte se trata, de sentirme cómoda y jugar por un rato a que siempre nos conocimos.
Entonces me atrevo a la invitación, me las llevo a parte de mi mundo. Aceptan. Vamos a ver al tipo que canta.

La noche
"Soy un niño ahogándose en el río, por eso te doy la mano"

El viento es un ser con caprichos de invierno, un besador con lengua que se juega a matar o morir en cada esquina. Sus manos de rambla le impulsan el trago, le ponen alas en los pies, le dan hambre de gorros que se esfuerza por llevarse. Pronto encontramos resguardo en la sala pequeñita, me esperan caras conocidas, nos arrinconamos con los ojos brillando de expectativa.
Ruidos que nos transportan a la selva, a un mar de calle, a la infancia, a cualquier lado, ruidos que podrían provocar un trance con una copa de alcohol encima (Nane dixit), ruidos que cansan y aturden, que nos hacen reír, que finalmente aplaudimos.
Nos toman el pelo y nos gusta. Les gusta. La armonía retocida es como el viento que se huracana afuera, con caprichos de improvisación y burlas hacia el público.
Ellas se marchan, yo aún espero.
En el medio me abstraigo mientras alguien recita sus poemas cargados de lugares comunes. La noche huele a viernes, huele a pasos tragándose mis ganas de volver; arde, tan infame, entre las frases que no me atrevo a decir para callar todo el ruido de afuera. La rubia me levanta las cejas ante cualquier mueca que le hago en referencia a los poemas. Nos reímos, cómplicemente, nos acompañamos en silencio y esperamos, espero.
Hay un quiebre en la noche, alguien entra y me reconoce y me abraza; salgo al campo de batalla, los fuegos cruzados del viento y la hoguera improvisada en un tanque me vuelan el pelo, el gorro, la bufanda. Intercambiamos besos polares, el pico de una botella, el calor que no llega y golosinas. Yo estoy despierta en medio de un vagón de siestas, rogando por primaveras (primaveras eran las de antes) para curar como antibióticos mi corazón tan frío.
Adentro arde un comienzo. El tipo que canta ya se ha instalado tras el cristal y nuevamente me arrincono para terminar de escuchar la noche. A centímetros de distancia de mi cara, la música conocida empieza a trazar esquemas mentales en mí. El verano llega como foto mental, en cápsulas de sonrisas y de recuerdos fragmentados. Pienso en amigos lejanos y en que un día nos unió el tipo que canta. Pienso y huelo ese perfume de un desconocido, pienso y observo los dedos en la guitarra. Me río con las ironías y las cosas simples que siempre son ese exquisito valor agregado. Su voz de papagayito frágil se anima un poco más esta vez, le da a la viola con furia, quiere tirar a alguien a las vías cuando pase el tren.
Canto, no puedo evitarlo, se me deslizan las palabras que en unas cuantas listas se amontonan con destinatarios diferentes. Pienso en la llamada ahora imposible al escuchar esa canción en que siempre nos reconocemos con una, el recuerdo de esa otra pendeja adorable que me cambió un tipo que canta por otro.
Hay un jueves más en el calendario; marcadas en rojo las gracias del tipo que canta que, como siempre, parecen ser disculpas, mientras ignora que al otro lado del vidrio se dibujan invisibles gracias por el par y pico de sonrisas que me arrancó pese al frío glacial y los desencantos.
Lo simple... siempre me conquistó la magia de lo simple.

"Vamos a confrontarlos esta noche los dos(...) pero antes decime que me querés, si no, qué sentido tiene..."

lunes 20 de julio de 2009

Puta inocencia.

Una tarde venía de lo de un amigo en el ómnibus y me encuentro con la siguiente situación:
vacaciones de invierno, madre con tres hijos volviendo de algún evento de divertimento para los pequeños. hijo 1: unos 6 o 7 años. hijo 2: unos 8 o 9. hija3: una beba de un año o menos.
Resulta que venían sentados y yo frente a ellos. La bebé tenía la cara pintada con ojitos, orejitas y bigotes de gato, todo en rosado y negro, probablemente pintura realizada en el sitio que fuera la madre los había llevado a pasear.
Entre las muchas cosas que decían y comentaban, un poco descuidados los niños, el más pequeño de los varones la mira y le empieza a hacer payasadas a la hermanita para que se ría. Le dice: "sos una gatitaaaa..." El mayorcito le pregunta a la madre: ¿la pintaron de qué, mamá? ¿de gatita? La madre responde afirmativamente.
El más chico sigue diciéndole: "hola gatita, holaaa". Y el mayor comienza una temible asociación de ideas que escucho, atónita: Es una gatita... gatitoo... gato. Es un gato. O una puta. Sí, puede llamarse puta.
¡¡Lo juro!! Si no eran exactas palabras (ya pasaron unas semanas de esto) el concepto era exactamente el mismo. Lo triste fue que el niño no lo hizo con maldad o con intención de insultar a su hermana. Había un tono totalmente pasivo en su voz, totalmente "inocente" (la inocencia acá se me presenta como una paradoja terrible).
Ahora ya no me acuerdo qué siguió a eso. No lo dijo muy fuerte, no sé si la madre lo escuchó, pero a mí me quedó grabado en la cabeza por días y días.
Me enferma y entristece esta naturalización de términos y TVconceptos que se esparcen como peste sin discriminación de audiencias. No me voy a extender en el tema, pero estamos asistiendo a una erotización de lo infantil de manera peligrosa y amenazante. Lo peor no es simplemente el hecho en sí, sino ese acostumbramiento al que llegamos, esa falta de crítica constante, esa desescandalización.
¿Cuál es el tope para el escándalo ahora?
Yo estoy conforme, al menos, con haberme asustado del hecho.

jueves 16 de julio de 2009

Compartir logros perrunos

El siguiente poema fue seleccionado en el festival/concurso Zona Poema, la Casa Invita (organizado por Zona Diseño y cAsa de Escritores del Uruguay), junto con otros 16 poemas o algo así.
La cuestión era esta: durante el festival, en 21 lugares de Zona Diseño (bares, tiendas de muebles antiguos, librerías, centros de enseñanza, etc.) leían 70 poetas a lo largo de todo el día, en diversos horarios. Eran entre tres y cinco poetas por locación. Un jurado, integrado por Melba Guariglia, Elbio Chítario y Enrique Bacci, posteriormente al festival del día 17 de junio, elegía UN poema por locación.
Con cada poema seleccionado harán una gigantografía que se expondrá en paletas publicitarias por Montevideo, quedará además impreso en el sitio donde se dio la lectura y saldrá en libro junto con los otros poemas seleccionados.
Y aquí está, mi hijito perruno.
(puede escucharse una grabación de Perro al final)


Perro

Cada cansancio
te deja cansado
de ser miserable
y tenés
nomás en la vida
ciertas reglas
cabalísticas
verdades que te sirven
no el desayuno en la cama
cosa que no estaría mal
sino esa suerte
de ironía suicida
ese vértigo
en blanco y negro
de la seguridad.
Pero estás cansado
con ese cansancio de perro
doméstico
que duerme todo el día.
Sos un poco perro.
La vida es ser un poco perro
comer dormir morder los mismos huesos
oler la muerte ladrar algo a la mañana a la tarde
y a la noche
cada tanto aullar
despertar al barrio entero.
Y descubrís que ser un perro no está tan mal
salvo porque no te aleja del cansancio
ni de ser miserable.
Pero entonces mostrás los dientes
al tomaconsumo
y terminan atándote en el fondo.


Stephanie Carolina Amaro

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