lunes, 4 de octubre de 2010

Café con leche (parte 2)

El suelo estaba frío, pero agradable. La sensación táctil en ese extremo de su cuerpo lo llevó a pensar que no recordaba cuándo ni cómo se había quitado los zapatos y las medias. Se miró el resto del cuerpo: seguía vestido.
A veces pensaba su vida en tercera persona, relatando los momentos -por más intrascendentes que fueran- como si estuviese escribiendo su propia historia: cada tanto algún capítulo suelto que se perdía entre marañas de pensamiento y cosas que ocupaban su mente a diario.
Entonces prefería no empezar los capítulos pensando (hablando en silencio) que el despertador sonaba y volvía a la vigilia, porque le parecía cliché. Prefería identificar cosas más particulares de su comienzo del día y empezar a relatarse a sí mismo alguna sensación física que le trajera pensamientos de otro orden, alguna anotación mental sobre lo primero que pensó al clarificar su mente, algún resto de sueño del día anterior, pero evitando, nuevamente, caer en lugares comunes. No se permitía "despertar sudoroso luego de una pesadilla", aunque efectivamente a veces le sucediera eso, ni tampoco comenzar a relatarse mudamente todo un sueño y luego darse cuenta, para sí mismo, que en realidad estaba despertando a otra cosa.
Se levantó y fue directo a la cocina, tenía una molestia en el estómago. Sentía una especie de abismo en las entrañas, como si algo le faltara, que no era exactamente una sensación de hambre -aunque no recordaba la última vez que había ingerido algo que no fuera alcohol-. Abrió un armario y sacó algo de pan, pensando inmediatamente en que debía comprar más y buscando en la heladera algo untable con que acompañar esa pobreza matinal.
Instintivamente, más por algo adquirido desde la infancia que por planear un desayuno, decidió curar esa especie de inanición con algo que le llenaba el estómago, según recordaba, y lo engañaba por un rato.
Revolvió el café con el azúcar, con unas gotas de agua, lo batió, miró esa sustancia amarga y dulce a la vez, que siempre -seguía con recuerdos de la infancia- le daba ganas de ingerir en ese estado casi sólido. Vertió la leche, revolvió, puso la taza en el microondas, esperó.
No fue sino hasta que se sentó en un sillón incómodo que constantemente le hacía pensar en que debía conseguir uno nuevo, hasta el momento en que terminaba de tragar el pan con mermelada y se disponía a reposar en el sillón y a beber el contenido de esa taza, en que comenzó la cascada de recuerdos de la noche anterior.
Una angustia le revolvió el estómago, que giraba como el café con leche de la taza al que recién había sacado la cuchara después de revolverlo por inercia durante unos minutos. El color imperfecto del café con leche hacía estragos en los principios de esa obsesión que sospechaba. La solución más fácil que se le vino a la mente (aunque pintoresca, no podía negarlo) era muy tonta: pintar con eso mismo, con el café con leche de esa mañana, pero ni bien concibió la idea, la descartó con un bufido y una sensación de rechazo hacia sí mismo. No sería la primera vez que alguien pintara con café, tampoco que alguien lo hiciera con una sustancia diferente a los pigmentos convencionales, justamente su pretensión no era la de trasgredir en los medios sino curarse a sí mismo de la pavorosa sensación de inutilidad que estos le daban, a los efectos de lo que se proponía.
La empresa lo obsesionaba, como ya había predicho. Recordaba, mantenía en su retina todos los rasgos de esa mujer de sonrisa imperfecta y linda, la forma en que las partes de su cara combinaban a la perfección a pesar de parecer tomadas de diferentes personas. También recordaba a la perfección su piel y su color, pero no era capaz de concebirlo empíricamente como lo era para él.
Se quedó mirando el café con leche hasta que pasaron quién sabe cuántos minutos en que la superficie ya no giraba, la espuma casi no existía y quizás estuviese un poco frío. No pudo tomarlo, se paró de golpe y fue a tirarlo a la pileta de la cocina, dejándolo caer al azar.
No podía ser, pensaba, mientras recibía nuevas sensaciones punzantes en alguna parte de su cuerpo parecida al estómago o la cabeza, mientras veía cómo esa sustancia se desplegaba mágicamente sobre el plateado oscuro de la superficie de la pileta, alcanzando tonalidades fluctuantes que -se juraba y perjuraba- sólo había visto aquella noche y una vez más se le escapaban, se iban, literalmente, por el caño.

5 comentarios:

eMiLiA dijo...

El final es muy bueno.

Gracias por seguir la historia!

Y pobre hombre quedándose con el conformismo del recuerdo.
(Uno más y van...)

Un abrazo!

Eclipse dijo...

gracias a vos, emilia, por leer, quedarte por acá y dar tu parecer.
la historia continúa, en verdad. (o al menos en esas anda)
de todas maneras no sé si siga apareciendo por el blog...

Emerre dijo...

Coincido con Emilia.

Jules dijo...

hola, linda.

·Geo·ligne· dijo...

¿Cómo retener un momento, una imagen con sensaciones...?

Pintar con cafe, o mejor beberlo de una piel.

Lindo texto este.. en sus dos partes.
¿Habrá tercera?

(A veces tenemos esa obstinación de querer "poseer" algo con tanto esmero que terminamos "tirandolo por el caño"..pareciera, yo qué sé)

Un abrazo grande Niña Eclipse.
:)