lunes, 27 de agosto de 2007

Nostalgia

Algunas nostalgias no nos esperan. Son esas que te atacan momentos antes de dormirte, te clavan sus puñales silenciosamente y hacen que recurran a tus sueños fantasmas indeseables. Las nostalgias de esos tiempos pasados que han sido buenos duelen como verdaderas cortadas. Aunque creamos que las hemos superado.
Sucede que ya no creo que extrañe tanto los lugares que frecuento como aquella casa que me alojó por la mitad del día durante tres años. Aquellos rostros que se me hicieron familiares, compañeros, amigos, enemigos, indesables, de todos los colores y que dejaron las más diversas sensaciones. Esa nostalgia hacia determinados rincones, hacia determinadas frases en ciertos pasillos, a días soleados recostados contra algún banco, a miradas anónimas, a besos ausentes. Todo tiene un olor a nostalgia.
Cuando se apagan las luces, cuando el sueño intenta vencerme, cuando evoco los pequeños momentos que quedan prendidos en mi memoria de lo que ha sido el día, salen a la carga los retazos de buenos tiempos, de buena gente, si es que la hay, que conocí en aquel lugar.
Y entonces la palabra nostalgia se me hace tan inabarcable, tan enorme. Acaso me asaltan otros recuerdos, en dosis intravenosas, de nieve y ojos claros, de amigos remotos, de tiempos en los que supe ser feliz.
Hoy no me quejo. Pero me queda la nostalgia.

1 comentario:

Vero dijo...

¿Qué resta por decir mi querida amiga, sino que el tiempo, a pesar de todo, sigue girando su lenta rueda? Nostalgia... es posible. Per no queda otra de esperar grandes cosas de los nostalgiosos días que aún restan por llegar!