La humedad se asusta de la piel perfecta, se instala en mis pies que no han terminado de recorrer el camino a casa.
Y sin embargo hay un cuerpo que se despide del día, en otra oscuridad, cegando a las sábanas con su roce exquisito.
Hay un cuerpo traído del infinito, suave hasta las lágrimas, que abandona la caricia justo a tiempo.
Un sofismo luminoso se encarga de encerrarlo para siempre en la memoria.
viernes, 31 de agosto de 2012
Sobre la debilidad humana ante el contacto temporal
jueves, 23 de agosto de 2012
Mudamente
me descubre en falta la libreta que me regalaste.
miro las hojas blancas, me miran, me preguntan cosas que no puedo responder.
porque para responderle tengo que decir piel, una piel tan suave como esas páginas vírgenes que esperan mis palabras.
y no puedo hablarle de piel al papel, como no se puede hablarle de lluvia al sol ni de amor a las piedras.
entonces debo callar, callar con la voz y con las letras, decirme mudamente a mí misma que no olvido las calles encharcadas, el cuadro del bar que habló de nosotros, la resaca de una mañana que podría haber sido distinta.
me hago un ovillo y le rezo a santos sin nombre.
miro las hojas blancas, me miran, me preguntan cosas que no puedo responder.
porque para responderle tengo que decir piel, una piel tan suave como esas páginas vírgenes que esperan mis palabras.
y no puedo hablarle de piel al papel, como no se puede hablarle de lluvia al sol ni de amor a las piedras.
entonces debo callar, callar con la voz y con las letras, decirme mudamente a mí misma que no olvido las calles encharcadas, el cuadro del bar que habló de nosotros, la resaca de una mañana que podría haber sido distinta.
me hago un ovillo y le rezo a santos sin nombre.
domingo, 19 de agosto de 2012
bailando bajo la lluvia
todo en el aire huele a tormenta
la noche se perfumó de lluvia
bailamos descalzos
en medio de la calle
girando entre las gotas heladas
como si tuviéramos hambre
devoramos con los ojos la madrugada
que entra a sacudirnos las tripas
luego nacemos desde el agua
mordemos la manzana
y el sueño agridulce pesa en los párpados
aunque resistamos con palabras
la caricia del viento.
la noche se perfumó de lluvia
bailamos descalzos
en medio de la calle
girando entre las gotas heladas
como si tuviéramos hambre
devoramos con los ojos la madrugada
que entra a sacudirnos las tripas
luego nacemos desde el agua
mordemos la manzana
y el sueño agridulce pesa en los párpados
aunque resistamos con palabras
la caricia del viento.
explicado por
Eclipse
a las
8:17 p.m.
y tiene connotación de
ains,
ciudad,
diálogos con un hombre de metal,
poesía
viernes, 17 de agosto de 2012
Suelo
Quiero sentarme en la cama a comer chocolates. Poner algún estado inventado en Stereomood y ver qué me depara el azar.
Porque no temo engordar, ni tener más miedo, ni estar muy alegre, ni estar muy deprimida.
Hasta podría soportar la sobredosis de azúcar en mi paladar.
pero el suelo
las ganas de ser suelo
con la antena del mundo en la espalda
amigándome despacio
con los insectos.
Porque no temo engordar, ni tener más miedo, ni estar muy alegre, ni estar muy deprimida.
Hasta podría soportar la sobredosis de azúcar en mi paladar.
pero el suelo
las ganas de ser suelo
con la antena del mundo en la espalda
amigándome despacio
con los insectos.
jueves, 16 de agosto de 2012
Lo Terrible
lo terrible no es el abismo
sino descubrir
que la misma cuerda
puede servir para ahorcarnos
o para trepar y salvarnos.
y sólo tenemos un intento.
sino descubrir
que la misma cuerda
puede servir para ahorcarnos
o para trepar y salvarnos.
y sólo tenemos un intento.
miércoles, 15 de agosto de 2012
Tiempos difíciles
Home is where the heart is
Hace muchos años, escribía sobre los dos cielos separados por una cuerda donde cuelga la ropa. Ese cielo encuadrado con los palillos en medio, dividiendo las realidades que por ese entonces para mí era ser y ver dos cielos, "el vampiresco espejo de la tierra".
Hoy, bajo el mismo cielo, la misma luna, el corazón se ramifica, se parte y reparte y pareciera que pertenezco a todos lados y a ninguno a la vez.
Una parte de mi corazón se va en cada amigo que se despide, porque esta ciudad y yo estuvimos simplemente de paso en su vida. Una parte de mi corazón se queda en esa ciudad que desde hace años me da magia y amor.
Transitar las esperas con las uñas temblando, dar sorbos a la taza de café mientras el vapor empaña los lentes y se recrea en la boca, por un segundo, todos los cafés que alguna vez fueron probados.
Asustar de a poco el día, sin dejarle tiempo a que nos asuste primero. Y entrar en el círculo tan poco mágico de seguir pie detrás de pie detrás de pie todo el día evadiendo esquinas peligrosas, cruzando con el semáforo en verde o rojo, deseando que el invierno se vaya para siempre.
Y nunca reconciliarse con esa paz de saber que podíamos definir una fotografía con el título del poema, que los dos cielos eran eso dividido que unía palabras e imágenes.
viernes, 10 de agosto de 2012
proyecto de buenas energías para regalar
de cambios
de sustancias hechas energía
enraizadas en la cumbre del verbo
dando savia alerta hacia abajo
dando de beber la luz de otros
en esos días buenos nuevas cosas hombre-mujer-yo-soy
y se da, se da en berrinche
de todo alegría todo
en celo
espigas de sal
la sal que sala, vida
entre la guerra de transitar las calles
de cualquier ciudad.
de cambios
desde ahí donde el mundo fue otro
me doy, se da mi corazón-espiga.
martes, 17 de julio de 2012
Sobreentendidos
(texto de 2009, rescatado del olvido...)
Iván no va a explicarle, por enésima vez, que se tiene que dejar ayudar si realmente quiere mejorar en algo. No va a repetírselo y, aunque sea lo único que está dispuesto a decirle cuando al fin alcanza la puerta y toca el timbre, sabe que no lo hará. Abren. ¿Quién abre? alguien abre, saluda, lo conoce. Se conocen. Intercambian las palabras de siempre.
-Pasá, pasá.
Y traga, en silencio, pero con tristeza. En el trago se le van las fuerzas y las ganas de repetir las explicaciones.
Sube, está oscuro. ¿A quién busca? Fugazmente se le cruza esa pregunta y se ríe con amargura. No lo sabe. No lo sabés, Iván, es cierto, no sabés con quién te encontrarás hoy detrás de la puerta amarilla. Pero lo reciben con el pelo mojado cayendo en la cara y unos acordes de guitarra harto conocidos.
Está algo oscuro todavía, pero alguien detiene al otro antes que encienda el velador.
Está bien así, no importa.
Para qué luz, si no hay luz adentro.
- ¿Para qué luz, si no hay luz adentro?
Le leyó la mente. No importa. El silencio hace las veces de respuesta y cada uno parece gesticular o asentir, como si verdaderamente se tratara de una conversación telepática. Pero de telepatía no hay nada. Demasiado ruido.
Y ella está ahí, tarareando sin ganas las melodías de siempre. ¿Por qué no te aprendés una nueva? Y porque no tiene ganas, le dice, no sabe para qué lo llamó, que le hable de cualquier cosa, le dice, que no tiene ganas de pensar, le dice, que no le venga con la perorata de siempre, le dice. Le dice, le dice, le dice, casi como premiándolo con las palabras. Él quiere esas palabras en la lengua, en su lengua. Iván quiere que le pase las palabras como un caramelo o un beso, que le diga, le diga, pero en la oscuridad y sin sonidos.
Hace mucho tienen un juego. Nadie nunca explicitó las reglas, todo se maneja sobre un tablero tácito y en una nube de supuestos. Ambos saben que juegan, pero ninguno puede, en realidad, decir nada sobre el juego, porque en eso está su naturaleza. En algún momento ella va al baño. Él sabe que sobre su escritorio, siempre, siempre reposa una libreta marrón de hojas finas con márgenes rojos. Las primeras veces fueron tentación, aún no había comenzado el juego. Ella una vez lo notó, no lo sorprendió nunca leyéndola, pero se dio cuenta, de alguna forma, que Iván la leía. Y empezó el juego. Él también notó, en algún punto, que estaban jugando y que no era simplemente un descuido, se necesitaba su participación, tenía que leerla, tenía que enterarse, tenía que jugar para que ella aprendiera a callar, para que fuera más fácil decir sin decir. Las cosas mutaban según los caprichos de turno. A ella se le antojaba demorar menos en el baño un día, se le antojaba que Iván tuviera una producción descomunal de adrenalina para no ser descubierto, acaso hacía mucho ruido al salir, acaso demoraba uno o dos pasos más de lo esperado. Las reglas principales se mantenían pero había ciertas variantes.
Miradas con sobreentendidos, sonrisas a medias, labios mordidos por no poder poner en palabras lo que ambos sabían.
Era todo silencio, ritual de ir al baño, ritual de leer, tirarse en la cama, tomar algo y a las cuerdas les salía sangre de escuchar siempre los mismos temas, ¿pero para qué quiero más?. Y cómo te fue en clases, che, todo bien, todo tranquilo. Las cosas de siempre, se decían, mientras callaban tanto que detrás de los ojos se acumulaba la pelusa de los meses. Y para qué lo había llamado.
Ese día no. Este día no, Iván, no vas a dejar que cierre la puerta amarilla. Se dijo que no, que esa noche no, que tenía que pedir ayuda. ¿Para qué? ¿para quién? Si todo era un gran absurdo de conversaciones acerca de fútbol con el viejo, asentir con la cabeza ante las noticias barriales de la vieja, sonrisas premeditadas en cada intervalo. Si llegar y ser allí se parecía mucho al cariño desparramado, casi como al descuido, que lo sorprendió una tarde y al que tuvo que resignarse, entre mates y pan con grasa, que ella separaba obsesivamente de la bolsa de bizcochos.
El tiempo pasa, la guitarra sigue gimiendo seguridades, la libreta parece descansar de una larga batalla en el borde del escritorio. Iván vuelve a pensar en esas palabras que estaba dispuesto a decirle ni bien colgó el teléfono aquella noche y se dirigió a su casa. Y también vuelve a sentir que algo se lo impide, que al fin le parece más cómodo escuchar por enésima vez su acotado repertorio en las seis cuerdas, que hablar. Iván no va a decirle por enésima vez lo que tanto debería decirle esta noche. El silencio, único protagonista de todos los juegos y todos los encuentros y todas sus historias, se impone en la habitación de la puerta amarilla.
Interrumpís el paso, Iván, permitile levantarse de la cama y completar el ritual de ir al baño. Ella te sonríe, te acaricia la cara y le da la mano al silencio, que te mira antes de acompañarla y cerrar tras de sí la puerta. El baño por última vez. La libreta también mira a Iván y exhala.
Iván no va a explicarle, por enésima vez, que se tiene que dejar ayudar si realmente quiere mejorar en algo. No va a repetírselo y, aunque sea lo único que está dispuesto a decirle cuando al fin alcanza la puerta y toca el timbre, sabe que no lo hará. Abren. ¿Quién abre? alguien abre, saluda, lo conoce. Se conocen. Intercambian las palabras de siempre.
-Pasá, pasá.
Y traga, en silencio, pero con tristeza. En el trago se le van las fuerzas y las ganas de repetir las explicaciones.
Sube, está oscuro. ¿A quién busca? Fugazmente se le cruza esa pregunta y se ríe con amargura. No lo sabe. No lo sabés, Iván, es cierto, no sabés con quién te encontrarás hoy detrás de la puerta amarilla. Pero lo reciben con el pelo mojado cayendo en la cara y unos acordes de guitarra harto conocidos.
Está algo oscuro todavía, pero alguien detiene al otro antes que encienda el velador.
Está bien así, no importa.
Para qué luz, si no hay luz adentro.
- ¿Para qué luz, si no hay luz adentro?
Le leyó la mente. No importa. El silencio hace las veces de respuesta y cada uno parece gesticular o asentir, como si verdaderamente se tratara de una conversación telepática. Pero de telepatía no hay nada. Demasiado ruido.
Y ella está ahí, tarareando sin ganas las melodías de siempre. ¿Por qué no te aprendés una nueva? Y porque no tiene ganas, le dice, no sabe para qué lo llamó, que le hable de cualquier cosa, le dice, que no tiene ganas de pensar, le dice, que no le venga con la perorata de siempre, le dice. Le dice, le dice, le dice, casi como premiándolo con las palabras. Él quiere esas palabras en la lengua, en su lengua. Iván quiere que le pase las palabras como un caramelo o un beso, que le diga, le diga, pero en la oscuridad y sin sonidos.
Hace mucho tienen un juego. Nadie nunca explicitó las reglas, todo se maneja sobre un tablero tácito y en una nube de supuestos. Ambos saben que juegan, pero ninguno puede, en realidad, decir nada sobre el juego, porque en eso está su naturaleza. En algún momento ella va al baño. Él sabe que sobre su escritorio, siempre, siempre reposa una libreta marrón de hojas finas con márgenes rojos. Las primeras veces fueron tentación, aún no había comenzado el juego. Ella una vez lo notó, no lo sorprendió nunca leyéndola, pero se dio cuenta, de alguna forma, que Iván la leía. Y empezó el juego. Él también notó, en algún punto, que estaban jugando y que no era simplemente un descuido, se necesitaba su participación, tenía que leerla, tenía que enterarse, tenía que jugar para que ella aprendiera a callar, para que fuera más fácil decir sin decir. Las cosas mutaban según los caprichos de turno. A ella se le antojaba demorar menos en el baño un día, se le antojaba que Iván tuviera una producción descomunal de adrenalina para no ser descubierto, acaso hacía mucho ruido al salir, acaso demoraba uno o dos pasos más de lo esperado. Las reglas principales se mantenían pero había ciertas variantes.
Miradas con sobreentendidos, sonrisas a medias, labios mordidos por no poder poner en palabras lo que ambos sabían.
Era todo silencio, ritual de ir al baño, ritual de leer, tirarse en la cama, tomar algo y a las cuerdas les salía sangre de escuchar siempre los mismos temas, ¿pero para qué quiero más?. Y cómo te fue en clases, che, todo bien, todo tranquilo. Las cosas de siempre, se decían, mientras callaban tanto que detrás de los ojos se acumulaba la pelusa de los meses. Y para qué lo había llamado.
Ese día no. Este día no, Iván, no vas a dejar que cierre la puerta amarilla. Se dijo que no, que esa noche no, que tenía que pedir ayuda. ¿Para qué? ¿para quién? Si todo era un gran absurdo de conversaciones acerca de fútbol con el viejo, asentir con la cabeza ante las noticias barriales de la vieja, sonrisas premeditadas en cada intervalo. Si llegar y ser allí se parecía mucho al cariño desparramado, casi como al descuido, que lo sorprendió una tarde y al que tuvo que resignarse, entre mates y pan con grasa, que ella separaba obsesivamente de la bolsa de bizcochos.
El tiempo pasa, la guitarra sigue gimiendo seguridades, la libreta parece descansar de una larga batalla en el borde del escritorio. Iván vuelve a pensar en esas palabras que estaba dispuesto a decirle ni bien colgó el teléfono aquella noche y se dirigió a su casa. Y también vuelve a sentir que algo se lo impide, que al fin le parece más cómodo escuchar por enésima vez su acotado repertorio en las seis cuerdas, que hablar. Iván no va a decirle por enésima vez lo que tanto debería decirle esta noche. El silencio, único protagonista de todos los juegos y todos los encuentros y todas sus historias, se impone en la habitación de la puerta amarilla.
Interrumpís el paso, Iván, permitile levantarse de la cama y completar el ritual de ir al baño. Ella te sonríe, te acaricia la cara y le da la mano al silencio, que te mira antes de acompañarla y cerrar tras de sí la puerta. El baño por última vez. La libreta también mira a Iván y exhala.
miércoles, 11 de julio de 2012
Disparidad
A Virginia le parecía secretamente fascinante tener el apellido de un pintor de principios del XX.
Lo llevaba casi con orgullo, pero sin presumir, sin remarcar la casualidad a menos que alguien lo notase y en ese caso sonreía (disfrutaba que alguien se lo preguntara) y descartaba todo parentesco con naturalidad.
Se le había echado a perder la última berenjena, así que aprovechó la mañana libre para hacer compras y al pasar por el puesto de verduras, lo primero que hizo fue buscar con sus ojos el cajón de las berenjenas. Se tranquilizó al verlas allí, con su cáscara oscura brillando bajo el solcito débil de la mañana de invierno.
No recordaba exactamente cuándo había comenzado esa especie de fascinación (porque no llegaba a obsesionarla) con las berenjenas. Sentía que un par de ellas, puestas cual modelo para naturaleza muerta, en su apartamento, era un detalle necesario. Convivían con el resto de colores que decoraban desordenadamente y casi por azar la casa.
Hacía muchos años, en un escenario improvisado del liceo, había participado de la obra Pim-Pam-Pum, de Ionesco, en la que ese libreto absurdo sobre una peste que alcanza una población, había dado la idea a los directores de la obra de poner a dos berenjenas en lugar de niños en un cochecito de bebés. Ahora recordaba ese tipo de cosas y le parecían de lo más simpáticas.
De niña no podía entender cómo esas verduras de un tamaño tan imponente tenían una apariencia tan dispar por dentro y por fuera. Disfrutaba el sabor (sobre todo las milanesas de berenjenas que preparaba su abuela) y admiraba la superficie lisa y brillante de la cáscara, toda su forma la atraía.
Con el tiempo empezó a elaborar una secreta metáfora sobre la berenjena y tener un par de ellas en su casa era una especie de símbolo, de recordatorio para esa creencia personal. A menudo pensaba que estos vegetales se parecían muchísimo a las personas y muchas personas le habían causado el mismo efecto fascinante que le causó descubrir la naturaleza dispar de la berenjena, para bien o para mal. El aspecto exterior es tan disímil al interior que esta incongruencia hace que nos formulemos muchas preguntas acerca de este individuo-berenjena.
Entonces siempre un modelo de naturaleza muerta sobre la mesa, dos berenjenas entrelazadas aprovechando su curvilínea forma.
Se preguntaba si Modigliani alguna vez habría pintado berenjenas...
[otro fragmento, otro personaje de mi experimento de ficción]
Lo llevaba casi con orgullo, pero sin presumir, sin remarcar la casualidad a menos que alguien lo notase y en ese caso sonreía (disfrutaba que alguien se lo preguntara) y descartaba todo parentesco con naturalidad.
Se le había echado a perder la última berenjena, así que aprovechó la mañana libre para hacer compras y al pasar por el puesto de verduras, lo primero que hizo fue buscar con sus ojos el cajón de las berenjenas. Se tranquilizó al verlas allí, con su cáscara oscura brillando bajo el solcito débil de la mañana de invierno.
No recordaba exactamente cuándo había comenzado esa especie de fascinación (porque no llegaba a obsesionarla) con las berenjenas. Sentía que un par de ellas, puestas cual modelo para naturaleza muerta, en su apartamento, era un detalle necesario. Convivían con el resto de colores que decoraban desordenadamente y casi por azar la casa.
Hacía muchos años, en un escenario improvisado del liceo, había participado de la obra Pim-Pam-Pum, de Ionesco, en la que ese libreto absurdo sobre una peste que alcanza una población, había dado la idea a los directores de la obra de poner a dos berenjenas en lugar de niños en un cochecito de bebés. Ahora recordaba ese tipo de cosas y le parecían de lo más simpáticas.
De niña no podía entender cómo esas verduras de un tamaño tan imponente tenían una apariencia tan dispar por dentro y por fuera. Disfrutaba el sabor (sobre todo las milanesas de berenjenas que preparaba su abuela) y admiraba la superficie lisa y brillante de la cáscara, toda su forma la atraía.
Con el tiempo empezó a elaborar una secreta metáfora sobre la berenjena y tener un par de ellas en su casa era una especie de símbolo, de recordatorio para esa creencia personal. A menudo pensaba que estos vegetales se parecían muchísimo a las personas y muchas personas le habían causado el mismo efecto fascinante que le causó descubrir la naturaleza dispar de la berenjena, para bien o para mal. El aspecto exterior es tan disímil al interior que esta incongruencia hace que nos formulemos muchas preguntas acerca de este individuo-berenjena.
Entonces siempre un modelo de naturaleza muerta sobre la mesa, dos berenjenas entrelazadas aprovechando su curvilínea forma.
Se preguntaba si Modigliani alguna vez habría pintado berenjenas...
[otro fragmento, otro personaje de mi experimento de ficción]
lunes, 18 de junio de 2012
Cápsulas de tiempo
"Necesitaba salir, un cigarrillo, una canción que le devolviera ese calor en un lugar remoto del cuerpo, que no era precisamente el alma porque se sentía de manera muy física, pero no podía localizar en un punto certero. Sabía que apenas iba a mantener el entusiasmo de esas cavilaciones durante un par de días, a lo sumo una semana, pero el hecho de no poder bajarlas a tierra, encerrarlas en el papel, lo desconsolaba terriblemente. Se distrajo con el humo del cigarrillo y en la blancura efímera de ese humo que contrastaba con el cielo renegrido, la asociación libre lo sorprendió llevándolo nuevamente al sur. Entonces recordó las promesas de un par de años atrás, el sueño de otra persona a la que quizás amó o de la que introdujo su recuerdo en una cápsula de tiempo. Porque a veces sentía que amar era de vez en cuando eso, el estallido en la panza del enamoramiento, la idealización y de a poco la construcción de una imagen que guardábamos, por diversas razones, en una especie de cápsula de tiempo, ese experimento en que se entierran objetos de distinta índole para recuperarlos tiempo después. Y la cápsula del tiempo mantiene inmutable su contenido, creando una falsa noción de lo que se siente por ese "contenido", confundiendo la cristalización de esa imagen con la inmutabilidad de los sentimientos."
[fragmento de un escrito en proceso, desesperado, íntimo y casi automático. con miles de errores y necesidad de un mentor de ocasión. pero me decidí a compartir algo]
[fragmento de un escrito en proceso, desesperado, íntimo y casi automático. con miles de errores y necesidad de un mentor de ocasión. pero me decidí a compartir algo]
explicado por
Eclipse
a las
1:21 a.m.
y tiene connotación de
diálogos con un hombre de metal,
ficciones,
prosa
miércoles, 13 de junio de 2012
Enigma
«Me hace falta un poco de coraje para dejar de ignorar tu presencia a cientos de kilómetros, M.
No te conozco casi y es como si siempre te hubiera tenido al lado. Apenas me conocés y es como si pudieras leer mi mente.
Y así, tiempo después que dejé de buscarle un sentido a los malos tragos que tuvimos que pasar, de nuevo tu insomnio te impulsa a buscar mis ojos en estas mañanas que sabés no puedo hacer otra cosa más que estar de este lado. Porque ya se siente el calor pero las vacaciones aún no comienzan, porque tengo una especie de destino de oficina como vos decís que tenés destino de diván.
Sos un enigma.
No entiendo tus sufrimientos, tus vicios, tus jaulas.
Sin embargo doy señales de vida, para que no creas que tengo algún propósito demoníaco en tu contra. Cada momento de conexión invisible con tu insomnio me ha hecho feliz. A este pobre tipo que titubea siempre, que necesita pruebas todo el tiempo, a este ser que has visto desnudándose el alma durante meses a tu favor, lo has hecho feliz.
Pero ahora somos otros, amamos otras cosas, otros rituales han venido a salvarnos la vida y aunque cada tanto damos manotazos de ahogado a través de este océano Atlántico invisible, no somos más que fotografías sin rostro en el álbum de un año que se acabó hace rato.
Y aún así, querida M... aún así te nombro en esos términos, aún así me intrigan las formas de tu rostro tras la inicial de tu nombre, como quien descubre un perfume exquisito y quisiera seguir el rastro hasta su portadora.
Aún así...»
Miranda no tiene sueño y escribe cartas
explicado por
Eclipse
a las
12:51 a.m.
y tiene connotación de
ciudad,
ficciones,
miranda no tiene sueño y escribe cartas
lunes, 11 de junio de 2012
Nada que agregar
"Siempre es levemente siniestro volver a los lugares que han sido testigos de un instante de perfección"
Ernesto Sábato - Sobre Héroes y Tumbas, 1961
Iba a escribir algo, pero me ganó el epígrafe.
Qué más elocuente. Quién que no haya sentido eso mismo, esa tendencia siniestra que a veces nos lleva, inconscientemente, a recorrer ciertos lugares cargados de recuerdos. Tendencia suicida, si se quiere, cuando esos recuerdos son de instantes de perfección que nunca jamás volverán.
Volverán otros, quizás camuflados de felicidad, pero esos no, y quizás por eso mismo queden los lugares impregnados de una estela mágica que nos retuerce el alma cuando osamos adentrarnos en su territorio.
Lo perfecto es eso inasequible que quedó en nuestra mente y salvaguardamos de cualquier mancha que acontecimientos posteriores puedan arrojar.
Nada que agregar...
explicado por
Eclipse
a las
3:09 a.m.
y tiene connotación de
ciudad,
diálogos con un hombre de metal,
frases,
libros,
literatura
viernes, 8 de junio de 2012
Pasa...
Cuando damos todo, aunque no lo hagamos esperando algo a cambio, se siente una punzada dolorosa en el estómago si el saldo de esas relaciones es la nada misma. O peor: el silencio.
Después de varios años de silencio, alguien te jura muchas cosas que hacen que cambies de opinión acerca de ese saldo nulo. Incluso que recuerda, sin parpadear, la fecha de tu cumpleaños.
Pero pasa el día, los días, las semanas y de nuevo el silencio lo abarca todo.
Vos pensás de nuevo en esa nada y le buscás explicación.
Pero es tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan absurda... que te quedás leyendo diarios viejos con una media sonrisa.
Después de varios años de silencio, alguien te jura muchas cosas que hacen que cambies de opinión acerca de ese saldo nulo. Incluso que recuerda, sin parpadear, la fecha de tu cumpleaños.
Pero pasa el día, los días, las semanas y de nuevo el silencio lo abarca todo.
Vos pensás de nuevo en esa nada y le buscás explicación.
Pero es tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan absurda... que te quedás leyendo diarios viejos con una media sonrisa.
explicado por
Eclipse
a las
12:42 a.m.
y tiene connotación de
diálogos con un hombre de metal,
personal,
reflexión
martes, 5 de junio de 2012
:)
Ya lo dije acá alguna vez: colecciono datos inútiles. Pero también recuerdos ínfimos, detalles mínimos que guardo en la memoria como si fuesen tesoros importantes.
Hace tres días que me despierto con uno de estos recuerdos.
Habíamos alborotado todo el aeropuerto de Miami con nuestras risas y comentarios adolescentes. Con el 11-9 las cosas se habían puesto complicadas en la tierra del Tío Sam y migraciones estaba más jodida que nunca.
Papeles y más papeles, cartas de recomendación, certificados, permisos, más papeles, cuatro adolescentes, mujeres, viajando con un adulto, hombre.
Nos hicieron pasar a una sala que pensé que sólo vería en las películas, donde nos interrogaron sobre absolutamente todo. No entendían nuestras explicaciones, nos advertían de los peligros, "¿qué les decimos a papi y mami si a la nena le pasa algo?"
Horas de incomprensión, de malos entendidos, de broncas e interrogatorios. Perdimos el vuelo.
Cuando se hubieron aclarado las cosas (o les ganamos por cansancio, nunca entendí bien), salimos a completar el siguiente tramo de operaciones burocráticas para seguir viajando.
Al pie de una escalera mecánica que descendía hacia un nuevo piso lleno de empleados latinos que por locatarios creían tener el derecho de tratarnos despectivamente por ser extranjeros, había un hombre cumpliendo sus funciones.
No hablaba, simplemente sostenía un papel idéntico al que debíamos tener para ingresar al área, con una frase escrita a mano sobre el impreso: "show me this" y abajo, garabateada, una cara sonriente :)
Devolverle la sonrisa con una en nuestros rostros era inevitable.
El efecto causado por este hombre en nosotras, luego del tedio de la retención migratoria, fue casi balsámico.
Entre conversaciones nerviosas, apuros por encontrar el papel solicitado y pasos acelerados, sonreímos ampliamente al pasar por su lado.
Casi diez años después, el garabato de la sonrisa, el detalle mudo de aquel funcionario que con buen humor y disposición nos indicaba el camino entre tantas personas en tránsito, reaparece misteriosamente en forma de recuerdo.
Y decido tomarlo como una señal, igual de misteriosa y simple.
lunes, 4 de junio de 2012
Inmóvil
La taza con agua en una mano y la noche que se cae en bostezos.
El humo vibra al ritmo de una canción inventada, de esas que se dibujan en las noches de insomnio en tu cabeza, moviéndote imperceptiblemente los más íntimos rastros de conciencia.
La taza roja sigue sostenida por mero reflejo, con agua de la canilla, esperando que el cigarrillo se sumerja y se extinga el humo que le hace honor a la lluvia.
Tanta mirada ingenua viendo el agua correr y ahora, estancada, el agua tiene un destino de ceniza más gris que los pensamientos de estos últimos días.
Como despertando de un trance místico, la mano aparta la taza de su inmovilidad decidida y deja caer el agua que se pierde entre la rejilla brillante de la pileta.
Es tiempo de viajes oníricos, al fin, pero la canción inventada no se extingue, ni las ganas, ni la mirada puesta en un punto fijo, secretamente moldeado para ser destino.
El humo vibra al ritmo de una canción inventada, de esas que se dibujan en las noches de insomnio en tu cabeza, moviéndote imperceptiblemente los más íntimos rastros de conciencia.
La taza roja sigue sostenida por mero reflejo, con agua de la canilla, esperando que el cigarrillo se sumerja y se extinga el humo que le hace honor a la lluvia.
Tanta mirada ingenua viendo el agua correr y ahora, estancada, el agua tiene un destino de ceniza más gris que los pensamientos de estos últimos días.
Como despertando de un trance místico, la mano aparta la taza de su inmovilidad decidida y deja caer el agua que se pierde entre la rejilla brillante de la pileta.
Es tiempo de viajes oníricos, al fin, pero la canción inventada no se extingue, ni las ganas, ni la mirada puesta en un punto fijo, secretamente moldeado para ser destino.
miércoles, 23 de mayo de 2012
Último día
La tarde se iba cayendo boca a boca.
Él decía que no dejaba de sentirle gusto a sangre a todo. Me cuenta cosas. Nos miramos en silencio mientras me ilumina el cielo nublado en el balcón.
Me compra un helado.
La tarde no quiere que camine hacia abajo, hacia el calor del subterráneo, hacia la boca de concreto que me escupirá y me volverá a tragar y vuelta a escupir hasta que finalmente abandone la ciudad.
Y esa tarde tiene un sabor indescifrable, quizás, imaginariamente, sea gusto a sangre también lo que yo siento. Sangre en la boca por una batalla perdida más contra el tiempo.
Él decía que no dejaba de sentirle gusto a sangre a todo. Me cuenta cosas. Nos miramos en silencio mientras me ilumina el cielo nublado en el balcón.
Me compra un helado.
La tarde no quiere que camine hacia abajo, hacia el calor del subterráneo, hacia la boca de concreto que me escupirá y me volverá a tragar y vuelta a escupir hasta que finalmente abandone la ciudad.
Y esa tarde tiene un sabor indescifrable, quizás, imaginariamente, sea gusto a sangre también lo que yo siento. Sangre en la boca por una batalla perdida más contra el tiempo.
explicado por
Eclipse
a las
1:37 a.m.
y tiene connotación de
ciudad,
diálogos con un hombre de metal,
diarios de viaje,
personal,
prosa
sábado, 12 de mayo de 2012
Viajar sin moverse, pero viajar
Casi por casualidad comencé a dedicarme a trabajar enseñando mi idioma a extranjeros.
Parece que fue ayer, pero en verdad empezó hace mucho tiempo y guardo recuerdos de todos y cada uno de mi alumnos.
Casi por casualidad descubrí en esto una vocación, un talento que nunca creí que tuviera y no es simplemente la enseñanza. He trabajado gratuita y remuneradamente y además de las clases curriculares he dado todo de mí para integrar a estas personas en mi medio social, hacerlos conocer mi país, mis amigos, sitios de interés.
De a poco, como es común en esta pequeña ciudad, los círculos se fueron entrelazando, empecé a conocer extranjeros amigos de mis alumnos, amigos de mis amigos, gente a la que nunca di clases, uruguayos a través de extranjeros y así toda suerte de combinaciones.
Hoy en día me junto en reuniones, fiestas, bienvenidas, reencuentros y despedidas en que se mezclan los idiomas, las risas tienen diferentes acentos y las experiencias nunca se agotan.
De a ratos me siento una extranjera en mi propio país... de a ratos me siento cosmopolita sin haber salido del continente.
Siento que he "viajado" más en estos últimos dos años que algunas personas que conozco que se pasan de aquí para allá.
Y si bien me dan muchas ganas de tomarme un avión hacia el viejo continente o cualquier otro sitio, me siento privilegiada al poder ver mi ciudad con otros ojos, al saber, conocer y experimentar sentires de diferentes partes del mundo, experiencias distintas, corazones y cabezas que se entregan con todo en su diversidad.
Sí... pienso en ese maravilloso personaje que es Traveler, en la ironía de su nombre y me siento un poco así, a veces.
La travesía a veces tiene pies de cemento y corazón con alas...
explicado por
Eclipse
a las
9:01 p.m.
y tiene connotación de
diarios de viaje,
personal,
prosa,
reflexión
miércoles, 2 de mayo de 2012
Agonía
Dibujo mujeres inválidas.
Se amontonan en la libreta de bocetos.
No quiero decir nada con las mujeres inválidas. No es un discurso feminista, no quiero decir nada de traumas sobre mi cuerpo, no quiero transmitir dolor, no busco impactar.
Creo que estas mujeres inválidas, mutiladas, con cuerpos deformes, no son más que la personificación de un yo creativo en agonía.
Se amontonan en la libreta de bocetos.
No quiero decir nada con las mujeres inválidas. No es un discurso feminista, no quiero decir nada de traumas sobre mi cuerpo, no quiero transmitir dolor, no busco impactar.
Creo que estas mujeres inválidas, mutiladas, con cuerpos deformes, no son más que la personificación de un yo creativo en agonía.
domingo, 29 de abril de 2012
Autorreflexiva y otros autos
Cada vez me cuesta más escribir. Al final no era como andar en bicicleta. Eso que dicen, que nunca se olvida.
Siento que tengo que aprender demasiadas cosas nuevamente para volver a escribir, para autosatisfacerme no sólo por el mero hecho de realizarlo, sino por los resultados.
Entre las varias lecturas que tengo a medias, para momentos donde el insomnio se vuelve monstruoso, está una escueta biografía de Dalí que me rescató Tintin de una mudanza y trajo en su último viaje a esta orilla. No es un buen texto pero al margen de ello, me he quedado colgada de la historia que el pintor compartía con su antepasado Van Gogh: ambos tenían un hermano muerto al que no conocieron y que llevaba su mismo nombre.
A diferencia del francés postimpresionista, Salvador intenta socavar esta condición haciendo esfuerzos por matar de una vez a ese hermano que parece querer reencarnarse en él una y otra vez, para llenar la desolación de sus padres.
Encuentra en la "paranoia-crítica" una salida, una sublimación (para usar un término psicoanalítico, ya que él mismo está empapado de teoría psicoanalítica) que termina llevándolo a la fama, quizás más por su actitud tendiente al escándalo que por su obra misma.
Y es esta postura egocéntrica lo que me ha llamado la atención. Dalí no torna su condición de artista en la de un mártir y no adopta una pose de artista desinteresado. Otra prueba más de que las circunstancias no nos determinan. Mientras Vincent padece, Salvador disfruta. Mientras Vincent enferma y vive en la miseria, Salvado hace dinero y se siente satisfecho consigo mismo.
Y todo esto me ha generado la idea siguiente: debo abrazarme a mí misma más seguido. Hacerme mimos, poner mi ego por delante.
O no. Pero es una idea tentadora para probar. No ser mártir, trabajar, creérmela un poquito.
Quizás desaprender también ayude a construir caminos nuevos.
Mientras tanto, trataré de regocijarme en las pequeñas alegrías de noches compartidas con amigos. En los perfumes del verano que regresan para sorprenderme, en todos esos acentos que me hacen sentir cosmopolita sin salir de mi ciudad. Disfrutar que podemos jugar al "caño mata" con una tapita de plástico, a las tres de la mañana en medio de una calle de la Ciudad Vieja.
Y reírme de mi misma al darme cuenta que convivir más de un día con Nerea hace que utilice términos y conjugaciones verbales de nuestra Madre Tierra.
----ah, y gracias a una amiga de Cata estoy leyendo esta maravilla----
lunes, 9 de abril de 2012
Noches de esas
La luna nos persigue mirando fijamente dentro del taxi. No ha parado de mirarnos desde que salió, grande y hermosa, asomándose entre los edificios del Parque Rodó.
No lo sabemos en ese momento, pero nos esperan días contradictorios, de reír y llorar a la vez, de cercanía y distancia en palabras, personas y momentos asítodojunto casi sin tiempo para respirar.
Yo creo que algo se puede intuir, mientras la luna claustrofóbica se despereza en un cielo negro casi sin estrellas y nos sigue hasta que cruzamos el umbral.
Y yo te pido que me digas cuál te gusta más, hablándote de las casas sobre la calle Canelones y vos me señalás a mí. Y ahí capaz me acuerdo de la luna de la noche anterior, testigo del amor en el asiento de atrás del taxi, y no digo nada. Ese poder selénico me embriaga y sólo atino a sonreír, descolocada por el comentario, mientras busco un foco blanco por entre los edificios.
Premoniciones cumplidas aparte, el domingo espera a que llore, para irse dejando la carga de una semana a estrenar.
No lo sabemos en ese momento, pero nos esperan días contradictorios, de reír y llorar a la vez, de cercanía y distancia en palabras, personas y momentos asítodojunto casi sin tiempo para respirar.
Yo creo que algo se puede intuir, mientras la luna claustrofóbica se despereza en un cielo negro casi sin estrellas y nos sigue hasta que cruzamos el umbral.
Y yo te pido que me digas cuál te gusta más, hablándote de las casas sobre la calle Canelones y vos me señalás a mí. Y ahí capaz me acuerdo de la luna de la noche anterior, testigo del amor en el asiento de atrás del taxi, y no digo nada. Ese poder selénico me embriaga y sólo atino a sonreír, descolocada por el comentario, mientras busco un foco blanco por entre los edificios.
Premoniciones cumplidas aparte, el domingo espera a que llore, para irse dejando la carga de una semana a estrenar.
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