"Te doy pan, quieres sal,
nena, nunca te voy a dar
lo que me pides."
Octubre tenía que ser ese mes en el que al fin llegaba la primavera y empezaban a pasar esas cosas que siempre pasan en octubre y sólo en octubre. Por algo es mi mes favorito, quizás el azar haya hecho que siempre pasen cosas fantásticas en octubre, me regale momentos que recordar con ternura o añorar desenfrenos memorables.
Tenía que. Y no.
Mientras se escapan los días entre obligaciones que parecen confabularse para quitarme las ganas de cualquier cosa, llega toda la incertidumbre del mundo a anidar en este mes fantástico. Pone sus huevos, se alimenta de mi cobardía, me cincha el pelo mientras yo nada más quiero la paz simple de una certeza en forma de cariño.
Todo bien con octubre, pero me decepcionó.
Ahora a mudar, mudarse, cambiar de color y de casa, como un caracol, como una lagartija, dejar la vieja piel para perderme entre colores nuevos. Certezas, sí, pero alguien, por ahí, me hace cambiar de perspectiva con esto de las certezas... ¿y si le hago caso?
"tan pocas dudas suele ser mala señal.
Las certezas me dan desconfianza.
Quiero un beso que me llene de preguntas.
Dame un beso lleno de preguntas nuevas."
Quizás mi lugar sea un fascinante no-lugar, después de todo.
lunes, 19 de octubre de 2009
viernes, 9 de octubre de 2009
Autofagia
No existo
con el sol
ni para adentro.
No tengo las señales
ni semillas
ni sangré nunca
en otra almohada.
No tengo tus dos manos,
tu extensión inútil,
tu lengua invasiva.
No existo con el sol,
me invento
y me trago
a mí misma
con la noche.
con el sol
ni para adentro.
No tengo las señales
ni semillas
ni sangré nunca
en otra almohada.
No tengo tus dos manos,
tu extensión inútil,
tu lengua invasiva.
No existo con el sol,
me invento
y me trago
a mí misma
con la noche.
domingo, 4 de octubre de 2009
Domingo
No saber nada entre las pelotitas de fieltro y entre las lágrimas de hilo, no saber nada... entre las agujas de coser y el pegamento, entre las sábanas, entre una hermosa mañana de mandarinas.
No saber nada, buscar un libro, sentarme en un escalón a esperar lo absurdo, encontrarme con dos recortes de sombra, reirme entre los gérmenes de un principio, cantar sin música y sin voz.
Pero no saber nada.
Y tener miedo.
No saber nada, buscar un libro, sentarme en un escalón a esperar lo absurdo, encontrarme con dos recortes de sombra, reirme entre los gérmenes de un principio, cantar sin música y sin voz.
Pero no saber nada.
Y tener miedo.
jueves, 24 de septiembre de 2009
Escritura automática
me demoro en lo hondo de lo hueco, en tantas sales que hacen niebla y remolonean, juegan con lo absurdo.
me quedo relampagueando costumbres. el gato pía, mientras yo le maúllo diciendo: no, no dejes que la cuerda silbe las canciones que perdimos.
ato el cordón con que antes jugabas. se desata, firme y blando. como agua escapando de mis manos. se d e s a t a.
otra niebla tapa los rieles del tren de la noche.
hay
como un sonido
ensimismándome la fiebre. recobrando parte de lo hueco.
hay
ese ruidito metamorfoseado y perenne, lo agudito en el oído que no se va
ɐʇsǝ opınɹ lǝ oɹǝd 'ɐpɐu sǝ ou ʎ
que sí
joder.
horas de vuelta y un s o s t é n, la nada
como colcha, cama elástica, me salta, me ayuda a saltar.
y una parada de ómnibus se extiende como un mar de agujas que no puedo c r u z a r. me pongo las máscaras, me subo al avión de primer plano, al territorio de ciencia ficción que se descolgó del libro de mi compañero de asiento.
me subo, nene, me regalo una canción que no dice nada. porque sin palabras puedo, también, tararear canciones. de eso se trata tararear.
te cuento.
al parecer no lo sabías y una pestaña se te cae de repente.
y se te nubla la vista, decís.
la ɐʇıɹnsɐq
basura. la basurita es como un pájaro, qué lindo, un pájaro que yo imagino s i n p l u m a s, todo cubierto de una pielcita suave.
pero hay que enseñarle a volar.
y a volver.
ɹ ǝ ʌ l o ʌ ɐ
me quedo relampagueando costumbres. el gato pía, mientras yo le maúllo diciendo: no, no dejes que la cuerda silbe las canciones que perdimos.
ato el cordón con que antes jugabas. se desata, firme y blando. como agua escapando de mis manos. se d e s a t a.
otra niebla tapa los rieles del tren de la noche.
hay
como un sonido
ensimismándome la fiebre. recobrando parte de lo hueco.
hay
ese ruidito metamorfoseado y perenne, lo agudito en el oído que no se va
ɐʇsǝ opınɹ lǝ oɹǝd 'ɐpɐu sǝ ou ʎ
que sí
joder.
horas de vuelta y un s o s t é n, la nada
como colcha, cama elástica, me salta, me ayuda a saltar.
y una parada de ómnibus se extiende como un mar de agujas que no puedo c r u z a r. me pongo las máscaras, me subo al avión de primer plano, al territorio de ciencia ficción que se descolgó del libro de mi compañero de asiento.
me subo, nene, me regalo una canción que no dice nada. porque sin palabras puedo, también, tararear canciones. de eso se trata tararear.
te cuento.
al parecer no lo sabías y una pestaña se te cae de repente.
y se te nubla la vista, decís.
la ɐʇıɹnsɐq
basura. la basurita es como un pájaro, qué lindo, un pájaro que yo imagino s i n p l u m a s, todo cubierto de una pielcita suave.
pero hay que enseñarle a volar.
y a volver.
ɹ ǝ ʌ l o ʌ ɐ
jueves, 17 de septiembre de 2009
Niños
ser un niño feroz y pálido
entre los malvones del jardín
feroz y pálido
en la frente ancha
de la tarde.
ser un niño feroz y pálido
abandonado al saber de otros veranos
abandonado a la claustrofobia madre
y hermana
a las tías ocasionales
o ser nomás un niño
errando entre las horas del sueño
gritando después de las pesadillas
acomodando los almohadones de los ocho años
y las sábanas de los trece.
ser un niño feroz y pálido
a los seis, a los ocho y a los trece
o ser un niño
desconsolado y tibio.
siempre.
entre los malvones del jardín
feroz y pálido
en la frente ancha
de la tarde.
ser un niño feroz y pálido
abandonado al saber de otros veranos
abandonado a la claustrofobia madre
y hermana
a las tías ocasionales
o ser nomás un niño
errando entre las horas del sueño
gritando después de las pesadillas
acomodando los almohadones de los ocho años
y las sábanas de los trece.
ser un niño feroz y pálido
a los seis, a los ocho y a los trece
o ser un niño
desconsolado y tibio.
siempre.
viernes, 4 de septiembre de 2009
Con gusto a x-o
El barrio parece haber quedado atrás de los carteles sucios y las manchas de óxido de buscan besar el suelo, en una acción de gravedad que el tiempo demora. La vieja estación, terminal, plaza, ahora se quiere renovar. Las mueblerías siguen siendo amas y señoras del barrio que supo tener auge, ser zona comercial, pasaje, conexión de centro y periferia.
Las casas que dan a la avenida son casas de altos, puertas altísimas y angostas que anticipan manchas de humedad y ecos fantasmales, la clase media extinta, las cuevas de las amas de casa que tuvieron que salir a trabajar.
Son vecinos y van juntos a la escuela, juegan por las tardes a cualquier cosa, acompañan a sus madres a hacer los mandados. Ahora que el calor peina el calendario en mala fecha, se escapan de los pasillos eternos de sus casas, del fondo lindero a otros fondos y hacen la clásica vereda con el nuevo juguete.
No se lo pidieron a los Reyes ni por el día del niño. Resulta que la yapa además les sirve en la escuela, les enseña y los "conecta al mundo".
Se ríen. Escriben palabras que una voz robótica reproduce.
Escriben sus nombres, escriben las pocas e inocentes malas palabras que saben, riéndose sofocadamente de sus picardías. Sentados cada uno en su escalón sacan fotos de la calle, de los ómnibus, de los vecinos de siempre.
Juegan y aprenden, se ríen.
La tarde los envuelve en ese calor intruso y despoblado de magia. La pelota está guardada en alguna habitación y respira pero extraña los golpes y los gritos.
La escuela se mete en la casa, se instala a jugar a las escondidas entre la túnica que se sostiene como puede de la cuerda al sol y las ganas secretas de mamá por tocar el chiche nuevo.
(los no-uruguayos que aprecien lo poético del asunto pero no entiendan de qué hablo: [x] [x])
Las casas que dan a la avenida son casas de altos, puertas altísimas y angostas que anticipan manchas de humedad y ecos fantasmales, la clase media extinta, las cuevas de las amas de casa que tuvieron que salir a trabajar.
Son vecinos y van juntos a la escuela, juegan por las tardes a cualquier cosa, acompañan a sus madres a hacer los mandados. Ahora que el calor peina el calendario en mala fecha, se escapan de los pasillos eternos de sus casas, del fondo lindero a otros fondos y hacen la clásica vereda con el nuevo juguete.
No se lo pidieron a los Reyes ni por el día del niño. Resulta que la yapa además les sirve en la escuela, les enseña y los "conecta al mundo".
Se ríen. Escriben palabras que una voz robótica reproduce.
Escriben sus nombres, escriben las pocas e inocentes malas palabras que saben, riéndose sofocadamente de sus picardías. Sentados cada uno en su escalón sacan fotos de la calle, de los ómnibus, de los vecinos de siempre.
Juegan y aprenden, se ríen.
La tarde los envuelve en ese calor intruso y despoblado de magia. La pelota está guardada en alguna habitación y respira pero extraña los golpes y los gritos.
La escuela se mete en la casa, se instala a jugar a las escondidas entre la túnica que se sostiene como puede de la cuerda al sol y las ganas secretas de mamá por tocar el chiche nuevo.
(los no-uruguayos que aprecien lo poético del asunto pero no entiendan de qué hablo: [x] [x])
martes, 25 de agosto de 2009
El tipo que canta VII
"no veo gran cosa afuera
mejor me quiero quedar
imitando a un caracol
protegiéndome del sol"
Les (me) debía este tipo que canta... hace como una semana que devoró con su voz azulsuavedenoche el pequeño bar. Andábamos respirándonos sin ver, buscando alcancías, chanchitas para romper y pelear por un rato la humedad con síntomas de fiebre. Andábamos extrañamente conectados, arrugando las narices ante los mismos olores, desafiándonos casi sin ganas y con un poco de piel, asustándonos tras las sombras que dibujan los ómnibus al amenazar con besos la vereda.
Nos encontramos rozando con las suelas el bar prometido, fuimos infieles por un rato a la espesura de esa tardecasinoche que se untaba de gotitas de lluvia. El borrón viscoso de las ventanillas me auguraba un viaje, una llegada tarde perdonada gracias a un currículum ajeno, una cerveza en el altillo de otro bar, la penumbra de las ganas y la celebración con risas y caras desconocidas de un encuentro atípico y tan, pero tan cómodo.
Al fin bajamos de la nube de madera y Soda Stereo, caminamos resbalándonos en el barro en construcción de esta Montevideo en obras, nos acercamos a la fríofilia estúpida del bar del encuentro.
Llegan más almas con ganas de música, besos que ignoro, un lugar lleno de cabezas que no me dejan ver, música conocida que me hace enterrar la mía hacia abajo para que no vean la transformación de mi cara. De nuevo, su voz de papagayito frágil, sus mimos de canción que enrarecen ese aire caliente y multicolor del recinto, las ganas de ver, de que mis ojos sean una vez más testigo y la impotencia, el desgarrarme con las frases que ya puedo tararear a pesar de ser escuchadas una vez cada tanto en instancias similares. Atino a cantar, a tararear, a sonreir ante mis frases favoritas.
Y luego el chorro de agua fría, la desilusión, los seis pies tranquilos que abandonan la noche, que dejan las contrariedades atrás, el medio que siempre me estuvo destinado, ser la arveja debajo de tantos colchones que le molesta a ella, a la verdadera princesa. Y ser igualmente querida, apretujada en frases de cariño perohastaahí. La desilusión, la vuelta, el tipo que canta allá lejos, sin importarle nada, en su nube de cartón y papel picado, con groupies y pudientes seguidores. La desilusión, nosotros, ellos, yo. Ellos.
La arveja vuelve a casa a dormir. A celebrar la poca paz a la orilla de las frazadas.
"y me dijiste: todos somos niños
cuando el sol se está por ir
y me hiciste sonreir."
ETQC II = ETQC III = ETQC V = ETQC VII
mejor me quiero quedar
imitando a un caracol
protegiéndome del sol"
Les (me) debía este tipo que canta... hace como una semana que devoró con su voz azulsuavedenoche el pequeño bar. Andábamos respirándonos sin ver, buscando alcancías, chanchitas para romper y pelear por un rato la humedad con síntomas de fiebre. Andábamos extrañamente conectados, arrugando las narices ante los mismos olores, desafiándonos casi sin ganas y con un poco de piel, asustándonos tras las sombras que dibujan los ómnibus al amenazar con besos la vereda.
Nos encontramos rozando con las suelas el bar prometido, fuimos infieles por un rato a la espesura de esa tardecasinoche que se untaba de gotitas de lluvia. El borrón viscoso de las ventanillas me auguraba un viaje, una llegada tarde perdonada gracias a un currículum ajeno, una cerveza en el altillo de otro bar, la penumbra de las ganas y la celebración con risas y caras desconocidas de un encuentro atípico y tan, pero tan cómodo.
Al fin bajamos de la nube de madera y Soda Stereo, caminamos resbalándonos en el barro en construcción de esta Montevideo en obras, nos acercamos a la fríofilia estúpida del bar del encuentro.
Llegan más almas con ganas de música, besos que ignoro, un lugar lleno de cabezas que no me dejan ver, música conocida que me hace enterrar la mía hacia abajo para que no vean la transformación de mi cara. De nuevo, su voz de papagayito frágil, sus mimos de canción que enrarecen ese aire caliente y multicolor del recinto, las ganas de ver, de que mis ojos sean una vez más testigo y la impotencia, el desgarrarme con las frases que ya puedo tararear a pesar de ser escuchadas una vez cada tanto en instancias similares. Atino a cantar, a tararear, a sonreir ante mis frases favoritas.
Y luego el chorro de agua fría, la desilusión, los seis pies tranquilos que abandonan la noche, que dejan las contrariedades atrás, el medio que siempre me estuvo destinado, ser la arveja debajo de tantos colchones que le molesta a ella, a la verdadera princesa. Y ser igualmente querida, apretujada en frases de cariño perohastaahí. La desilusión, la vuelta, el tipo que canta allá lejos, sin importarle nada, en su nube de cartón y papel picado, con groupies y pudientes seguidores. La desilusión, nosotros, ellos, yo. Ellos.
La arveja vuelve a casa a dormir. A celebrar la poca paz a la orilla de las frazadas.
"y me dijiste: todos somos niños
cuando el sol se está por ir
y me hiciste sonreir."
ETQC II = ETQC III = ETQC V = ETQC VII
miércoles, 19 de agosto de 2009
Crecí, giles
Ya no tengo diecisiete casidieciocho. No deberían sorprenderte los poemas con gusto a mis veintiuno.
Vacilás ante mis talones mientras doy la vuelta para que me veas completa.
Ya no tengo diecisiete ni escribo cartas. Tengo, sí, las mismas escasas curvas, las mismas pequeñas manos, los mismos bostezos, la misma frente torpe y blanda.
Hubo un quiebre en alguna parte, los pasaportes se vencieron y las lluvias pasaron de aterrorizarme a enternecerme, a hacerme dedicarles un lugar, palabras, amigos nuevos.
Me hice y recompuse, entretuve los olores de unas cuantas primaveras y la sal de más veranos arrugaron mis perfiles.
Algo se fue rompiendo, algo ya había empezado a romperse suavemente hace tanto...
De esos diecisiete que hay bajo los escombros, queda la ternura de lo aprendido, los nombres de tus ídolos, el brillo en ciertos ojos cuando leías en mis letras a esta ciudad. Quedan mis crónicas al viento, acaso... la memoria infantil de El Loco, mis prolongadas siestas en los bancos que ahora saben besar más hermanas y nenitos con flequillos nuevos.
Esto es una sopa de jabón. Un menjunje espeso que revolvemos para encontrarnos dispares en palabras extrañas, para saborearnos distantes y distintos. Queda un cariño aprendido, ensayado, difícil de demudar pero no tan gritón como antaño, una admiración insoslayable pero casi sospechosa, anémica de fuegos, cada vez más solitaria.
Tus versos clásicos han quedado lejos de mis sinestesias principiantes, de la parra, del perro, de las memorias de los peces, de las moscas, de las aliteraciones que evocan un hombre de cicatriz. Lejos.
Atrás las palabras barrocas. Atrás la pequeña novela en que me querías protagonista. Atrás, allá lejos, aunque ahora la evoquemos sin decirnos nada, la historia que quiso encender la luz.
Vacilás ante mis talones mientras doy la vuelta para que me veas completa.
Ya no tengo diecisiete ni escribo cartas. Tengo, sí, las mismas escasas curvas, las mismas pequeñas manos, los mismos bostezos, la misma frente torpe y blanda.
Hubo un quiebre en alguna parte, los pasaportes se vencieron y las lluvias pasaron de aterrorizarme a enternecerme, a hacerme dedicarles un lugar, palabras, amigos nuevos.
Me hice y recompuse, entretuve los olores de unas cuantas primaveras y la sal de más veranos arrugaron mis perfiles.
Algo se fue rompiendo, algo ya había empezado a romperse suavemente hace tanto...
De esos diecisiete que hay bajo los escombros, queda la ternura de lo aprendido, los nombres de tus ídolos, el brillo en ciertos ojos cuando leías en mis letras a esta ciudad. Quedan mis crónicas al viento, acaso... la memoria infantil de El Loco, mis prolongadas siestas en los bancos que ahora saben besar más hermanas y nenitos con flequillos nuevos.
Esto es una sopa de jabón. Un menjunje espeso que revolvemos para encontrarnos dispares en palabras extrañas, para saborearnos distantes y distintos. Queda un cariño aprendido, ensayado, difícil de demudar pero no tan gritón como antaño, una admiración insoslayable pero casi sospechosa, anémica de fuegos, cada vez más solitaria.
Tus versos clásicos han quedado lejos de mis sinestesias principiantes, de la parra, del perro, de las memorias de los peces, de las moscas, de las aliteraciones que evocan un hombre de cicatriz. Lejos.
Atrás las palabras barrocas. Atrás la pequeña novela en que me querías protagonista. Atrás, allá lejos, aunque ahora la evoquemos sin decirnos nada, la historia que quiso encender la luz.
viernes, 7 de agosto de 2009
El tipo que canta VI

De a poco voy desarrollando características del cariño para con los tipos que cantan. Traerlos hasta acá, como llevar a un hombre a la intimidad, se asemeja a un juego de sábanas en el que pretendo esa bilateralidad que no existe.
Pero como de unilateralidades estoy cansada, me pienso la realidad a mi manera: con cada tipo que canta, repetido o no en estas crónicas, se entabla una relación que es aquí y es ahora, a sus espaldas pero tan de frente como quiera, con el nombre impronunciado pero al alcance de la mano, en fechas, guiños, o incluso en respuestas si quieren saber. Pero siempre el misterio. Acá los tipos que cantan tienen eso de misterio y eso de inalcanzable que probablemente ahí afuera no tengan. No es una inocente bulla, una retribución de groupie, sino una forma de divertirnos, en esa bilateralidad imaginada, en ese juego de sábanas que no existe, porque así soy, porque así hay algo ulterior que me hace ser con quienes sin tocarme con las manos me saben abrazar. Así, con eufemismos y con dudas, y con estas palabras de noche (siempre de noche) que si quieren son suyas, las regalo, las ofrezco, las cambio por baratijas.
Otra noche llena de corridas, de apuratequestarde, de correr y reir y llegar cantando a la alegría que promete la noche. Todo es conocido. El olor a muchos se nos mezcla entre el pelo y las ganas, entre el sudor de fiesta y las costumbres de saltos. El dolor, el miedo a los golpes son mantenidos a raya por el espíritu festivo, por la alegría del reencuentro, por las voces que salen de una garganta que ya no parece ser mía.
Cada lado de los lentes hacen las veces de pantallas para ver más música, más gritos, más saltos, más adrenalina donde todo tiene ese gusto picante y sanador del jolgorio. Lado A y Lado B se cruzan miradas cómplices, frases que no necesitan ser puestas en palabras, las gracias de tener de amigos a los hermanos y de hermanos a los amigos.
Afuera el abrazo polar de la calle nos devora con aires libidinosos. Un bar, la fiesta que se continúa en retratos hablados, en breves saciedades con el tono amarillo grasiento de esos lugares de mostrador y mozos con anacrónicas moñas.
Después solo queda saber qué nos depara la noche, de la mano de Babilonia, hasta el fin de la avenida con Babilonia, hasta el fin de la noche con Babilonia sin encontrar jamás a Sèvres.
nota: el tipo que canta VI = el tipo que canta IV
domingo, 2 de agosto de 2009
Nombres

donde una vez tuve nombres.
Las algas hamacaron toda
la sal de mis arrugas niñas.
En este instante de interés
en este pequeño punto
donde convergen mi Dios
y tu diafragma
y tus venas de metal ardiendo,
escarbo con los dientes,
con las uñas grises
y desentierro nombres
donde una vez tuve alas.
Mayo 2009
viernes, 24 de julio de 2009
Quise pensar que había algo más...
(o el tipo que canta V)
Preámbulo
Tres vasos largos nos miran, atónitos. Una merienda anochecida con gustito a nervios, a esperar palabras de bocas nuevas, a tragar sorbos de historias ajenas. Al fin estamos todas, al fin mi ansiedad hace de las suyas y me muestra tal como soy: sin poder dejar de hablar, de lo que sea, mientras sea algo que llene los espacios, que entregue mi simpatía y manifieste mi alegría por el encuentro. Estamos ahí, las tres, abriendo los ojos bien grandes porque no damos crédito a lo que oímos, las casualidades se hacen tentadoramente festejables, nos reímos. Sí, nos reímos mucho. Buena señal. Me encanta la gente que me hace reír. Pasa el tiempo y ya me siento parte. Ellas se conocen de siempre, yo soy una desconocida, una flaquita de lentes más, una pulguita insignificante a la que entregan toda su simpatía, sus historias, sus logros, sus chistes. No se los digo, pero agradezco cada segundo, cada guiño y cada idea compartida, porque de hacerme parte se trata, de sentirme cómoda y jugar por un rato a que siempre nos conocimos.
Entonces me atrevo a la invitación, me las llevo a parte de mi mundo. Aceptan. Vamos a ver al tipo que canta.
La noche
"Soy un niño ahogándose en el río, por eso te doy la mano"
El viento es un ser con caprichos de invierno, un besador con lengua que se juega a matar o morir en cada esquina. Sus manos de rambla le impulsan el trago, le ponen alas en los pies, le dan hambre de gorros que se esfuerza por llevarse. Pronto encontramos resguardo en la sala pequeñita, me esperan caras conocidas, nos arrinconamos con los ojos brillando de expectativa.
Ruidos que nos transportan a la selva, a un mar de calle, a la infancia, a cualquier lado, ruidos que podrían provocar un trance con una copa de alcohol encima (Nane dixit), ruidos que cansan y aturden, que nos hacen reír, que finalmente aplaudimos.
Nos toman el pelo y nos gusta. Les gusta. La armonía retocida es como el viento que se huracana afuera, con caprichos de improvisación y burlas hacia el público.
Ellas se marchan, yo aún espero.
En el medio me abstraigo mientras alguien recita sus poemas cargados de lugares comunes. La noche huele a viernes, huele a pasos tragándose mis ganas de volver; arde, tan infame, entre las frases que no me atrevo a decir para callar todo el ruido de afuera. La rubia me levanta las cejas ante cualquier mueca que le hago en referencia a los poemas. Nos reímos, cómplicemente, nos acompañamos en silencio y esperamos, espero.
Hay un quiebre en la noche, alguien entra y me reconoce y me abraza; salgo al campo de batalla, los fuegos cruzados del viento y la hoguera improvisada en un tanque me vuelan el pelo, el gorro, la bufanda. Intercambiamos besos polares, el pico de una botella, el calor que no llega y golosinas. Yo estoy despierta en medio de un vagón de siestas, rogando por primaveras (primaveras eran las de antes) para curar como antibióticos mi corazón tan frío.
Adentro arde un comienzo. El tipo que canta ya se ha instalado tras el cristal y nuevamente me arrincono para terminar de escuchar la noche. A centímetros de distancia de mi cara, la música conocida empieza a trazar esquemas mentales en mí. El verano llega como foto mental, en cápsulas de sonrisas y de recuerdos fragmentados. Pienso en amigos lejanos y en que un día nos unió el tipo que canta. Pienso y huelo ese perfume de un desconocido, pienso y observo los dedos en la guitarra. Me río con las ironías y las cosas simples que siempre son ese exquisito valor agregado. Su voz de papagayito frágil se anima un poco más esta vez, le da a la viola con furia, quiere tirar a alguien a las vías cuando pase el tren.
Canto, no puedo evitarlo, se me deslizan las palabras que en unas cuantas listas se amontonan con destinatarios diferentes. Pienso en la llamada ahora imposible al escuchar esa canción en que siempre nos reconocemos con una, el recuerdo de esa otra pendeja adorable que me cambió un tipo que canta por otro.
Hay un jueves más en el calendario; marcadas en rojo las gracias del tipo que canta que, como siempre, parecen ser disculpas, mientras ignora que al otro lado del vidrio se dibujan invisibles gracias por el par y pico de sonrisas que me arrancó pese al frío glacial y los desencantos.
Lo simple... siempre me conquistó la magia de lo simple.
"Vamos a confrontarlos esta noche los dos(...) pero antes decime que me querés, si no, qué sentido tiene..."
Preámbulo
Tres vasos largos nos miran, atónitos. Una merienda anochecida con gustito a nervios, a esperar palabras de bocas nuevas, a tragar sorbos de historias ajenas. Al fin estamos todas, al fin mi ansiedad hace de las suyas y me muestra tal como soy: sin poder dejar de hablar, de lo que sea, mientras sea algo que llene los espacios, que entregue mi simpatía y manifieste mi alegría por el encuentro. Estamos ahí, las tres, abriendo los ojos bien grandes porque no damos crédito a lo que oímos, las casualidades se hacen tentadoramente festejables, nos reímos. Sí, nos reímos mucho. Buena señal. Me encanta la gente que me hace reír. Pasa el tiempo y ya me siento parte. Ellas se conocen de siempre, yo soy una desconocida, una flaquita de lentes más, una pulguita insignificante a la que entregan toda su simpatía, sus historias, sus logros, sus chistes. No se los digo, pero agradezco cada segundo, cada guiño y cada idea compartida, porque de hacerme parte se trata, de sentirme cómoda y jugar por un rato a que siempre nos conocimos.
Entonces me atrevo a la invitación, me las llevo a parte de mi mundo. Aceptan. Vamos a ver al tipo que canta.
La noche
"Soy un niño ahogándose en el río, por eso te doy la mano"
El viento es un ser con caprichos de invierno, un besador con lengua que se juega a matar o morir en cada esquina. Sus manos de rambla le impulsan el trago, le ponen alas en los pies, le dan hambre de gorros que se esfuerza por llevarse. Pronto encontramos resguardo en la sala pequeñita, me esperan caras conocidas, nos arrinconamos con los ojos brillando de expectativa.
Ruidos que nos transportan a la selva, a un mar de calle, a la infancia, a cualquier lado, ruidos que podrían provocar un trance con una copa de alcohol encima (Nane dixit), ruidos que cansan y aturden, que nos hacen reír, que finalmente aplaudimos.
Nos toman el pelo y nos gusta. Les gusta. La armonía retocida es como el viento que se huracana afuera, con caprichos de improvisación y burlas hacia el público.
Ellas se marchan, yo aún espero.
En el medio me abstraigo mientras alguien recita sus poemas cargados de lugares comunes. La noche huele a viernes, huele a pasos tragándose mis ganas de volver; arde, tan infame, entre las frases que no me atrevo a decir para callar todo el ruido de afuera. La rubia me levanta las cejas ante cualquier mueca que le hago en referencia a los poemas. Nos reímos, cómplicemente, nos acompañamos en silencio y esperamos, espero.
Hay un quiebre en la noche, alguien entra y me reconoce y me abraza; salgo al campo de batalla, los fuegos cruzados del viento y la hoguera improvisada en un tanque me vuelan el pelo, el gorro, la bufanda. Intercambiamos besos polares, el pico de una botella, el calor que no llega y golosinas. Yo estoy despierta en medio de un vagón de siestas, rogando por primaveras (primaveras eran las de antes) para curar como antibióticos mi corazón tan frío.
Adentro arde un comienzo. El tipo que canta ya se ha instalado tras el cristal y nuevamente me arrincono para terminar de escuchar la noche. A centímetros de distancia de mi cara, la música conocida empieza a trazar esquemas mentales en mí. El verano llega como foto mental, en cápsulas de sonrisas y de recuerdos fragmentados. Pienso en amigos lejanos y en que un día nos unió el tipo que canta. Pienso y huelo ese perfume de un desconocido, pienso y observo los dedos en la guitarra. Me río con las ironías y las cosas simples que siempre son ese exquisito valor agregado. Su voz de papagayito frágil se anima un poco más esta vez, le da a la viola con furia, quiere tirar a alguien a las vías cuando pase el tren.
Canto, no puedo evitarlo, se me deslizan las palabras que en unas cuantas listas se amontonan con destinatarios diferentes. Pienso en la llamada ahora imposible al escuchar esa canción en que siempre nos reconocemos con una, el recuerdo de esa otra pendeja adorable que me cambió un tipo que canta por otro.
Hay un jueves más en el calendario; marcadas en rojo las gracias del tipo que canta que, como siempre, parecen ser disculpas, mientras ignora que al otro lado del vidrio se dibujan invisibles gracias por el par y pico de sonrisas que me arrancó pese al frío glacial y los desencantos.
Lo simple... siempre me conquistó la magia de lo simple.
"Vamos a confrontarlos esta noche los dos(...) pero antes decime que me querés, si no, qué sentido tiene..."
lunes, 20 de julio de 2009
Puta inocencia.
Una tarde venía de lo de un amigo en el ómnibus y me encuentro con la siguiente situación:
vacaciones de invierno, madre con tres hijos volviendo de algún evento de divertimento para los pequeños. hijo 1: unos 6 o 7 años. hijo 2: unos 8 o 9. hija3: una beba de un año o menos.
Resulta que venían sentados y yo frente a ellos. La bebé tenía la cara pintada con ojitos, orejitas y bigotes de gato, todo en rosado y negro, probablemente pintura realizada en el sitio que fuera la madre los había llevado a pasear.
Entre las muchas cosas que decían y comentaban, un poco descuidados los niños, el más pequeño de los varones la mira y le empieza a hacer payasadas a la hermanita para que se ría. Le dice: "sos una gatitaaaa..." El mayorcito le pregunta a la madre: ¿la pintaron de qué, mamá? ¿de gatita? La madre responde afirmativamente.
El más chico sigue diciéndole: "hola gatita, holaaa". Y el mayor comienza una temible asociación de ideas que escucho, atónita: Es una gatita... gatitoo... gato. Es un gato. O una puta. Sí, puede llamarse puta.
¡¡Lo juro!! Si no eran exactas palabras (ya pasaron unas semanas de esto) el concepto era exactamente el mismo. Lo triste fue que el niño no lo hizo con maldad o con intención de insultar a su hermana. Había un tono totalmente pasivo en su voz, totalmente "inocente" (la inocencia acá se me presenta como una paradoja terrible).
Ahora ya no me acuerdo qué siguió a eso. No lo dijo muy fuerte, no sé si la madre lo escuchó, pero a mí me quedó grabado en la cabeza por días y días.
Me enferma y entristece esta naturalización de términos y TVconceptos que se esparcen como peste sin discriminación de audiencias. No me voy a extender en el tema, pero estamos asistiendo a una erotización de lo infantil de manera peligrosa y amenazante. Lo peor no es simplemente el hecho en sí, sino ese acostumbramiento al que llegamos, esa falta de crítica constante, esa desescandalización.
¿Cuál es el tope para el escándalo ahora?
Yo estoy conforme, al menos, con haberme asustado del hecho.
vacaciones de invierno, madre con tres hijos volviendo de algún evento de divertimento para los pequeños. hijo 1: unos 6 o 7 años. hijo 2: unos 8 o 9. hija3: una beba de un año o menos.
Resulta que venían sentados y yo frente a ellos. La bebé tenía la cara pintada con ojitos, orejitas y bigotes de gato, todo en rosado y negro, probablemente pintura realizada en el sitio que fuera la madre los había llevado a pasear.
Entre las muchas cosas que decían y comentaban, un poco descuidados los niños, el más pequeño de los varones la mira y le empieza a hacer payasadas a la hermanita para que se ría. Le dice: "sos una gatitaaaa..." El mayorcito le pregunta a la madre: ¿la pintaron de qué, mamá? ¿de gatita? La madre responde afirmativamente.
El más chico sigue diciéndole: "hola gatita, holaaa". Y el mayor comienza una temible asociación de ideas que escucho, atónita: Es una gatita... gatitoo... gato. Es un gato. O una puta. Sí, puede llamarse puta.
¡¡Lo juro!! Si no eran exactas palabras (ya pasaron unas semanas de esto) el concepto era exactamente el mismo. Lo triste fue que el niño no lo hizo con maldad o con intención de insultar a su hermana. Había un tono totalmente pasivo en su voz, totalmente "inocente" (la inocencia acá se me presenta como una paradoja terrible).
Ahora ya no me acuerdo qué siguió a eso. No lo dijo muy fuerte, no sé si la madre lo escuchó, pero a mí me quedó grabado en la cabeza por días y días.
Me enferma y entristece esta naturalización de términos y TVconceptos que se esparcen como peste sin discriminación de audiencias. No me voy a extender en el tema, pero estamos asistiendo a una erotización de lo infantil de manera peligrosa y amenazante. Lo peor no es simplemente el hecho en sí, sino ese acostumbramiento al que llegamos, esa falta de crítica constante, esa desescandalización.
¿Cuál es el tope para el escándalo ahora?
Yo estoy conforme, al menos, con haberme asustado del hecho.
jueves, 16 de julio de 2009
Compartir logros perrunos
El siguiente poema fue seleccionado en el festival/concurso Zona Poema, la Casa Invita (organizado por Zona Diseño y cAsa de Escritores del Uruguay), junto con otros 16 poemas o algo así.
La cuestión era esta: durante el festival, en 21 lugares de Zona Diseño (bares, tiendas de muebles antiguos, librerías, centros de enseñanza, etc.) leían 70 poetas a lo largo de todo el día, en diversos horarios. Eran entre tres y cinco poetas por locación. Un jurado, integrado por Melba Guariglia, Elbio Chítario y Enrique Bacci, posteriormente al festival del día 17 de junio, elegía UN poema por locación.
Con cada poema seleccionado harán una gigantografía que se expondrá en paletas publicitarias por Montevideo, quedará además impreso en el sitio donde se dio la lectura y saldrá en libro junto con los otros poemas seleccionados.
Y aquí está, mi hijito perruno.
(puede escucharse una grabación de Perro al final)
Perro
Cada cansancio
te deja cansado
de ser miserable
y tenés
nomás en la vida
ciertas reglas
cabalísticas
verdades que te sirven
no el desayuno en la cama
cosa que no estaría mal
sino esa suerte
de ironía suicida
ese vértigo
en blanco y negro
de la seguridad.
Pero estás cansado
con ese cansancio de perro
doméstico
que duerme todo el día.
Sos un poco perro.
La vida es ser un poco perro
comer dormir morder los mismos huesos
oler la muerte ladrar algo a la mañana a la tarde
y a la noche
cada tanto aullar
despertar al barrio entero.
Y descubrís que ser un perro no está tan mal
salvo porque no te aleja del cansancio
ni de ser miserable.
Pero entonces mostrás los dientes
al tomaconsumo
y terminan atándote en el fondo.
Stephanie Carolina Amaro
------
La cuestión era esta: durante el festival, en 21 lugares de Zona Diseño (bares, tiendas de muebles antiguos, librerías, centros de enseñanza, etc.) leían 70 poetas a lo largo de todo el día, en diversos horarios. Eran entre tres y cinco poetas por locación. Un jurado, integrado por Melba Guariglia, Elbio Chítario y Enrique Bacci, posteriormente al festival del día 17 de junio, elegía UN poema por locación.
Con cada poema seleccionado harán una gigantografía que se expondrá en paletas publicitarias por Montevideo, quedará además impreso en el sitio donde se dio la lectura y saldrá en libro junto con los otros poemas seleccionados.
Y aquí está, mi hijito perruno.
(puede escucharse una grabación de Perro al final)
Perro
Cada cansancio
te deja cansado
de ser miserable
y tenés
nomás en la vida
ciertas reglas
cabalísticas
verdades que te sirven
no el desayuno en la cama
cosa que no estaría mal
sino esa suerte
de ironía suicida
ese vértigo
en blanco y negro
de la seguridad.
Pero estás cansado
con ese cansancio de perro
doméstico
que duerme todo el día.
Sos un poco perro.
La vida es ser un poco perro
comer dormir morder los mismos huesos
oler la muerte ladrar algo a la mañana a la tarde
y a la noche
cada tanto aullar
despertar al barrio entero.
Y descubrís que ser un perro no está tan mal
salvo porque no te aleja del cansancio
ni de ser miserable.
Pero entonces mostrás los dientes
al tomaconsumo
y terminan atándote en el fondo.
Stephanie Carolina Amaro
------
viernes, 10 de julio de 2009
Algo

Una intervención en una hoja Tabaré, de esas en las que escribíamos cuando íbamos a la escuela. Algo anda mal, algo no funciona en estos días, con las personas, con los hechos, con el tiempo, con las bacterias. Algo anda mal, como una yema cuadrada, como una hoja Tabaré oficiando de plato.
Algo anda mal, algo está trancando el alegre fluir de las cosas.
De nuevo, todo tiende al desencanto.
domingo, 28 de junio de 2009
Ni con tiempo
Un día nos encontraremos
en otro carnaval
tendremos suerte si aprendemos
que no hay ningún rincón
que no hay ningún atracadero
que pueda disolver
en su escondite lo que fuimos
el tiempo está después.
"El tiempo está después", rezan los carteles de una calle que se le aparece en sueños. Amarillos por el polvo de la calle, muestran las letras negras, amarronadas, gritándole el código para abrir la puerta a una vigilia feliz. El tiempo está después, el tiempo al fin es persona, se puede dejar a un lado, al fin se seca como las hojas caducas que ensucian las veredas.
Ella corre por diversos tópicos oníricos sin decidirse, con miedo al tiempo. "El tiempo dirá", "el tiempo cura todo", también tópicos, frases que se cansa de oír en recetas del conocido de turno que pretende aconsejar. A veces no hay más que decir, pero no se conforma. El tiempo al fin está después, le dice alguien, lo lee, puede verlo casi tan claro como la grieta que ya se está cerrando, que no la espera. Debe decidir, quedarse a mirar y admirar los carteles, a reconocer los trazos, las marcas de polvo, la periodicidad de las señales... o ser valiente para sacar de la grafía esas palabras y procurar vivirlas. Llevar a la vigilia la certeza de que el tiempo está después.
Duerme, aún duerme sin siquiera sospecharlo. El despertador, una mano conocida, la luz de la ventana, algo la despierta. Sufre el contacto con el día, sufre el tiempo de vuelta. De pronto tiene la certeza de no poder olvidarse jamás de aquello que fue. Ni en sueños, ni con carteles, ni con vigilia, ni con tiempo...
Ni con tiempo.
en otro carnaval
tendremos suerte si aprendemos
que no hay ningún rincón
que no hay ningún atracadero
que pueda disolver
en su escondite lo que fuimos
el tiempo está después.
"El tiempo está después", rezan los carteles de una calle que se le aparece en sueños. Amarillos por el polvo de la calle, muestran las letras negras, amarronadas, gritándole el código para abrir la puerta a una vigilia feliz. El tiempo está después, el tiempo al fin es persona, se puede dejar a un lado, al fin se seca como las hojas caducas que ensucian las veredas.
Ella corre por diversos tópicos oníricos sin decidirse, con miedo al tiempo. "El tiempo dirá", "el tiempo cura todo", también tópicos, frases que se cansa de oír en recetas del conocido de turno que pretende aconsejar. A veces no hay más que decir, pero no se conforma. El tiempo al fin está después, le dice alguien, lo lee, puede verlo casi tan claro como la grieta que ya se está cerrando, que no la espera. Debe decidir, quedarse a mirar y admirar los carteles, a reconocer los trazos, las marcas de polvo, la periodicidad de las señales... o ser valiente para sacar de la grafía esas palabras y procurar vivirlas. Llevar a la vigilia la certeza de que el tiempo está después.
Duerme, aún duerme sin siquiera sospecharlo. El despertador, una mano conocida, la luz de la ventana, algo la despierta. Sufre el contacto con el día, sufre el tiempo de vuelta. De pronto tiene la certeza de no poder olvidarse jamás de aquello que fue. Ni en sueños, ni con carteles, ni con vigilia, ni con tiempo...
Ni con tiempo.
lunes, 22 de junio de 2009
sábado, 13 de junio de 2009
foutaises de otoño
descubrí que me gusta:
· ver las hojas secas en la rotonda del Palacio Legislativo correr detrás de los autos.
· el olor a garrapiñada de los puestos de 18 de Julio, que el frío parece volver más dulce y tentador.
· hacer esas cuadras desde la facultad hasta la Plaza Independencia, por la vereda sin sol, solo para llegar detrás de la Puerta de la Ciudadela y preguntarnos qué ir a ver.
· cierta mesa arrinconada del Tasende, que antes me parecía lúgubre y tristísimo, desde la que se puede ver retazos de distintas partes de la ciudad y casi aislarse del resto del bar.
· caminar descalza por la casa, con unas medias gruesas y muchos pantalones uno arriba del otro.
· que sean las cinco de la tarde, llegue Green y se ponga a tocar la guitarra a mi lado para que cante con ella.
· llevar la cuenta de los precios del café en los bares de los alrededores.
· caminar por Dieciocho, hacia arriba, por la vereda del sol, cuando este ya ha bajado, y concentrarme en el frío lastimando mis mejillas, mientras escucho música y el viento me da de lleno en la cara.
· no acostarme antes de las 3 de la mañana.
· que el ómnibus desvíe y me muestre un nuevo paisaje, alejado de lo que ya era rutina.
· que alguien invente una nueva palabra (sobre todo adjetivos) y suene hermosa.
· almorzar a las 6 de la tarde, en casa, y que nadie critique mis horarios.
· saber que el "mate de los martes a la noche" que apronto con cariño, es un gesto de ternura que nos acerca sin decirnos nada.
· descubrir nuevas pequeñas pintadas o tags en los muros que siempre me muestra el recorrido del ómnibus.
· que la más pequeñita de la casa me siga sorprendiendo con palabras demasiado adultas que no sé de dónde saca.
· el olor al pan casero que me recibe un par de veces a la semana en casa.
· comprobar que aún camino por la calle y distraídamente evito pisar las líneas.
(y hay más... este otoño hice racconto de algunas foutaises o insignificancias. abajo, el video de donde saqué la palabra para titular el post y que en parte lo inspiró)
· ver las hojas secas en la rotonda del Palacio Legislativo correr detrás de los autos.
· el olor a garrapiñada de los puestos de 18 de Julio, que el frío parece volver más dulce y tentador.
· hacer esas cuadras desde la facultad hasta la Plaza Independencia, por la vereda sin sol, solo para llegar detrás de la Puerta de la Ciudadela y preguntarnos qué ir a ver.
· cierta mesa arrinconada del Tasende, que antes me parecía lúgubre y tristísimo, desde la que se puede ver retazos de distintas partes de la ciudad y casi aislarse del resto del bar.
· caminar descalza por la casa, con unas medias gruesas y muchos pantalones uno arriba del otro.
· que sean las cinco de la tarde, llegue Green y se ponga a tocar la guitarra a mi lado para que cante con ella.
· llevar la cuenta de los precios del café en los bares de los alrededores.
· caminar por Dieciocho, hacia arriba, por la vereda del sol, cuando este ya ha bajado, y concentrarme en el frío lastimando mis mejillas, mientras escucho música y el viento me da de lleno en la cara.
· no acostarme antes de las 3 de la mañana.
· que el ómnibus desvíe y me muestre un nuevo paisaje, alejado de lo que ya era rutina.
· que alguien invente una nueva palabra (sobre todo adjetivos) y suene hermosa.
· almorzar a las 6 de la tarde, en casa, y que nadie critique mis horarios.
· saber que el "mate de los martes a la noche" que apronto con cariño, es un gesto de ternura que nos acerca sin decirnos nada.
· descubrir nuevas pequeñas pintadas o tags en los muros que siempre me muestra el recorrido del ómnibus.
· que la más pequeñita de la casa me siga sorprendiendo con palabras demasiado adultas que no sé de dónde saca.
· el olor al pan casero que me recibe un par de veces a la semana en casa.
· comprobar que aún camino por la calle y distraídamente evito pisar las líneas.
(y hay más... este otoño hice racconto de algunas foutaises o insignificancias. abajo, el video de donde saqué la palabra para titular el post y que en parte lo inspiró)
viernes, 5 de junio de 2009
Llenar los espacios
Ahora es solo niebla sacada a tientas de un cajón.
Niebla cristalina que busco materializar desde un sonido, desde esta espera en vano que con los años se fue quedando en otras cosas: el amor a Pink Floyd, cada foto en blanco y negro que pudo ser captada por su obturador, esos versos Dada que siempre tienen su olor y sus síntomas, la boca de un hombre casual que tenía demasiado de la suya, su nombre tan vulgar que se repite devolviéndome rostros muy distintos... y todo lo dispar entre el recuerdo y la construcción, el hecho de que constantemente se confundan.
Muchos han sospechado una relación más allá de la amistad, por mi parte, con El Loco. Nunca lo fue ni lo será, aunque podría reconocerse algo de obsesión. Una obsesión que va más por el personaje que creé para llenar los espacios y las cosas que nunca pude explicar, que por lo que fue El Loco persona en aquellos tiempos de meriendas y huidas, en aquellos tiempos de despojo de una adolescencia malograda.
Cada tanto vuelven las preguntas acerca de su paradero. Ya no encuentro a nadie interesado en darme o seguir sus pistas. De nuevo me cuestiono qué parte de todo realmente fue, qué parte la hicimos, qué parte de todo aquello fui yo.
Hoy releí la primera entrada de este blog. Entrada para El Loco, sobre El Loco, desde la perspectiva de un personaje sobre el que tenía privilegios, que me dejaba, como a nadie, entrar de a poco en su universo de excentricidades y hacía notorio su cariño exponiéndose de a poco, demostrando que costaba, pero que las ganas... y que le importaba un carajo el resto.
Y nunca, nunca pude entender nada. Y quizás por eso me obsesioné. Y quizás por eso la obsesión fue mutando en construcción, fue difuminando los límites de lo real y lo ficticio, lo que hubiera querido, lo que imaginé, lo que completé de los blancos.
Cada tanto algo me devuelve a los meses de El Loco. Y ya no puedo hacer promesas de que será la última vez.
Niebla cristalina que busco materializar desde un sonido, desde esta espera en vano que con los años se fue quedando en otras cosas: el amor a Pink Floyd, cada foto en blanco y negro que pudo ser captada por su obturador, esos versos Dada que siempre tienen su olor y sus síntomas, la boca de un hombre casual que tenía demasiado de la suya, su nombre tan vulgar que se repite devolviéndome rostros muy distintos... y todo lo dispar entre el recuerdo y la construcción, el hecho de que constantemente se confundan.
Muchos han sospechado una relación más allá de la amistad, por mi parte, con El Loco. Nunca lo fue ni lo será, aunque podría reconocerse algo de obsesión. Una obsesión que va más por el personaje que creé para llenar los espacios y las cosas que nunca pude explicar, que por lo que fue El Loco persona en aquellos tiempos de meriendas y huidas, en aquellos tiempos de despojo de una adolescencia malograda.
Cada tanto vuelven las preguntas acerca de su paradero. Ya no encuentro a nadie interesado en darme o seguir sus pistas. De nuevo me cuestiono qué parte de todo realmente fue, qué parte la hicimos, qué parte de todo aquello fui yo.
Hoy releí la primera entrada de este blog. Entrada para El Loco, sobre El Loco, desde la perspectiva de un personaje sobre el que tenía privilegios, que me dejaba, como a nadie, entrar de a poco en su universo de excentricidades y hacía notorio su cariño exponiéndose de a poco, demostrando que costaba, pero que las ganas... y que le importaba un carajo el resto.
Y nunca, nunca pude entender nada. Y quizás por eso me obsesioné. Y quizás por eso la obsesión fue mutando en construcción, fue difuminando los límites de lo real y lo ficticio, lo que hubiera querido, lo que imaginé, lo que completé de los blancos.
Cada tanto algo me devuelve a los meses de El Loco. Y ya no puedo hacer promesas de que será la última vez.
domingo, 31 de mayo de 2009
Una vuelta de tuerca más...
(o El tipo que canta IV)
"tener de amigos a mis hermanos
tener de hermanos a mis amigos"
Todo tiende al desencanto, a los malhumores obesos que acompañan los cumpleaños en este corazón que poco sabe de días especiales y tardes solitarias. Todo tiende al desencanto, a las cebras borradas que amenazan con que un auto nos pase por encima, a las noches de regalos tímidos y sorpresas muy a medias. Todo tendía a la amargura de algo que debería ser especialísimo y nunca lo es.
Pero para algunas cosas existe el día después, el mañana que llega tarde y desinhibido, ardiendo en felicescumpleaños atrasados y verdades que se respiran entre cafés de antojos y consultas académicas a toda prisa.
Y hay un nuevo tipo que canta esperando en el antiguo cine, en esa sala antes visitada en la tranqulidad de Zulma y la Canción para dormir a un snake venenoso.
Hay niños y niñas con flequillos perezosos, anacronismos estúpidos, un público demasiado no-a-lugar y señales de locura por todas partes.
La noche de este tipo que canta es descontrol y adrenalina, es reconocerme tibia y fresca al mismo tiempo, yo con los ojos enmarcados, con el miedo a los golpes, yo con la timidez bajita y enrulada.
Es tiempo de puntas de pies, de olvidarse de las pantorrillas y los codos ajenos, de las culpas, de la garganta; tiempo de olvidarse del miedo. Es tiempo de un tipo que canta agradecido y nuevo en este lado del río, gesticulando sus chamuyos de rock con piel y a quemarropa, oxidando este otoño que no sabe de guiños en calles frías de algún barrio parecido a Ciudad Vieja.
Canta, el tipo canta y reconozco esa voz que parece que no llega pero se las ingenia para entrar en los pechos y volar cabezas, el tipo canta y pone caritas sin timidez y baila, y la gente sube a dejar sus saludos y su voz, y la gente se mueve y salta cantando con alegría.
El tipo canta y todo es una fiesta. No faltan los globos, la espuma, el papel picado... la vida es una fiesta en este encuentro de sudor, locura y realidad. Y yo, la chica bajita de lentes, la que espera el disparo de largada para todo, olvido mis miedos y me olvido por un rato de que todo tiende al desencanto... quizás solo sea cuestión de practicar: efímero para mí lo que para otro un sueño...
nota: nuevo tipo que canta, ahora ya los agrupé bajo una etiqueta, así que el resto anda por ahí.
"tener de amigos a mis hermanos
tener de hermanos a mis amigos"
Todo tiende al desencanto, a los malhumores obesos que acompañan los cumpleaños en este corazón que poco sabe de días especiales y tardes solitarias. Todo tiende al desencanto, a las cebras borradas que amenazan con que un auto nos pase por encima, a las noches de regalos tímidos y sorpresas muy a medias. Todo tendía a la amargura de algo que debería ser especialísimo y nunca lo es.
Pero para algunas cosas existe el día después, el mañana que llega tarde y desinhibido, ardiendo en felicescumpleaños atrasados y verdades que se respiran entre cafés de antojos y consultas académicas a toda prisa.
Y hay un nuevo tipo que canta esperando en el antiguo cine, en esa sala antes visitada en la tranqulidad de Zulma y la Canción para dormir a un snake venenoso.
Hay niños y niñas con flequillos perezosos, anacronismos estúpidos, un público demasiado no-a-lugar y señales de locura por todas partes.
La noche de este tipo que canta es descontrol y adrenalina, es reconocerme tibia y fresca al mismo tiempo, yo con los ojos enmarcados, con el miedo a los golpes, yo con la timidez bajita y enrulada.
Es tiempo de puntas de pies, de olvidarse de las pantorrillas y los codos ajenos, de las culpas, de la garganta; tiempo de olvidarse del miedo. Es tiempo de un tipo que canta agradecido y nuevo en este lado del río, gesticulando sus chamuyos de rock con piel y a quemarropa, oxidando este otoño que no sabe de guiños en calles frías de algún barrio parecido a Ciudad Vieja.
Canta, el tipo canta y reconozco esa voz que parece que no llega pero se las ingenia para entrar en los pechos y volar cabezas, el tipo canta y pone caritas sin timidez y baila, y la gente sube a dejar sus saludos y su voz, y la gente se mueve y salta cantando con alegría.
El tipo canta y todo es una fiesta. No faltan los globos, la espuma, el papel picado... la vida es una fiesta en este encuentro de sudor, locura y realidad. Y yo, la chica bajita de lentes, la que espera el disparo de largada para todo, olvido mis miedos y me olvido por un rato de que todo tiende al desencanto... quizás solo sea cuestión de practicar: efímero para mí lo que para otro un sueño...
nota: nuevo tipo que canta, ahora ya los agrupé bajo una etiqueta, así que el resto anda por ahí.
explicado por
Eclipse
a las
10:40 p.m.
y tiene connotación de
ciudad,
el tipo que canta,
música,
prosa
lunes, 25 de mayo de 2009
Yumager
Hoy vi a "Yumager". Conozco la historia desde hace tiempo, un tanto inverosímil, un tanto cómica, un tanto triste.
Hoy justamente pensaba en demasiadas cosas relacionadas con ver al otro, con recuperar cierta sensibilidad que creo he perdido o al menos se ha atenuado en mí y que no quiero perder.
"Yumager" estaba en la parada de Gral. Flores y Propios (sí, aunque esa calle en verdad se llame José Battle y Ordóñez), hablaba al vacío y luego con alguien que se cruzó en su camino.
Con su remera de todos los días y su pelo lleno de canas frágiles, "Yumager" ha adquirido su apodo (y lo escribo mal a propósito) por estar siempre, siempre, con un volante de algún auto quién sabe de qué año y pretendiendo manejar un auto, corriendo o caminando, según el caso, haciendo los ruidos pertinentes y conversando acerca de las cualidades de su vehículo imaginario.
"Yumager" es gracioso y melancólico. Es un tipo inofensivo, ya conocido en el barrio, hasta querido, pero en cierta forma distante...
Su "locura" interpela a conocidos y desconocidos, siempre genera algo en el otro, nunca la pasividad, nunca la asimilación como algo normal y corriente. Aún aquellos acostumbrados a verlo cada día en distintos lugares de la zona, con una nueva sonrisa, siempre con sus ruidos de vehículo y su soliloquio, no pueden evitar sentir ¿compasión? ¿lástima? ¿diversión? frente a la figura constante de "Yumager".
Y es lo que tiene, su constancia, su presencia casi impasible frente a las condiciones climáticas o a los humores tan cambiantes de los cuerdos.
Y a mí la tristeza que me produjo "Yumager" vino de más adentro, de otra cosa... vino de esa sonrisa con que celebra lo que para nosotros puede ser hasta un juego infantil, viene de esa felicidad de convencerse de su tarea, de creerse lo que hace, de estar en coherencia con su mundo y ser tan otro para los de afuera.
Él, en su condición de minoría, no nos juzga, no nos ve como anormales, comparte su formidable máquina y sus triunfos deportivos con una sonrisa.
No dudo que si le pidiéramos una vuelta, nos pasee por todo el Cerrito de la Victoria o quizás nos haga un tour por Montevideo, con la mejor voluntad y siempre, siempre, con una sonrisa al volante.
Hoy justamente pensaba en demasiadas cosas relacionadas con ver al otro, con recuperar cierta sensibilidad que creo he perdido o al menos se ha atenuado en mí y que no quiero perder.
"Yumager" estaba en la parada de Gral. Flores y Propios (sí, aunque esa calle en verdad se llame José Battle y Ordóñez), hablaba al vacío y luego con alguien que se cruzó en su camino.
Con su remera de todos los días y su pelo lleno de canas frágiles, "Yumager" ha adquirido su apodo (y lo escribo mal a propósito) por estar siempre, siempre, con un volante de algún auto quién sabe de qué año y pretendiendo manejar un auto, corriendo o caminando, según el caso, haciendo los ruidos pertinentes y conversando acerca de las cualidades de su vehículo imaginario.
"Yumager" es gracioso y melancólico. Es un tipo inofensivo, ya conocido en el barrio, hasta querido, pero en cierta forma distante...
Su "locura" interpela a conocidos y desconocidos, siempre genera algo en el otro, nunca la pasividad, nunca la asimilación como algo normal y corriente. Aún aquellos acostumbrados a verlo cada día en distintos lugares de la zona, con una nueva sonrisa, siempre con sus ruidos de vehículo y su soliloquio, no pueden evitar sentir ¿compasión? ¿lástima? ¿diversión? frente a la figura constante de "Yumager".
Y es lo que tiene, su constancia, su presencia casi impasible frente a las condiciones climáticas o a los humores tan cambiantes de los cuerdos.
Y a mí la tristeza que me produjo "Yumager" vino de más adentro, de otra cosa... vino de esa sonrisa con que celebra lo que para nosotros puede ser hasta un juego infantil, viene de esa felicidad de convencerse de su tarea, de creerse lo que hace, de estar en coherencia con su mundo y ser tan otro para los de afuera.
Él, en su condición de minoría, no nos juzga, no nos ve como anormales, comparte su formidable máquina y sus triunfos deportivos con una sonrisa.
No dudo que si le pidiéramos una vuelta, nos pasee por todo el Cerrito de la Victoria o quizás nos haga un tour por Montevideo, con la mejor voluntad y siempre, siempre, con una sonrisa al volante.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
