La tarde pidió algunos vasos a la miseria del olvido. Porque decir no y que sea un sí, es cotidiano, parece.
Indecisión en las puertas del infierno que vengo presintiendo. Indecisión y más frases que escapan de mi recetario.
No hace frío, un pequeño viento como el susurro de un árbol corre afuera y es bienvenido.
Adentro, más adentro de este juego están los saludos de siempre y más palabras que tragamos en los vasos del olvido.
Es hora. Es tiempo límite, cosas que salen de mi boca y no sé si llamarles palabras, o sonidos, o ruegos silenciosos camuflados de "chau, hasta luego".
Torcer un no, hacer que el sí me invite la última vuelta del baile que jamás pensé bailaría. Ahora queda esperar por una claridad, que entre la bruma de estos días parece no alcanzar nunca su destino de luz.
Ahora queda esperar por el final del juego, que no necesariamente será un desenlace. Quizás gane la razón algún día. Quizás nos demos cuenta de la incompetencia del corazón mientras hace que pulsa dentro del pecho.
domingo, 8 de marzo de 2009
sábado, 28 de febrero de 2009
Agorafobia
A todos les gusta el mar y yo
nomás
prefiero ver
las olas
rompiendo sus flemas
en alguna orilla
y no meter
ni un pie.
Pero todos
todos ellos
aman el mar
el mar abierto.
Y yo cambiaría mi seguridad de arena
por una agorafobia continua
si pudiera tenerlos.
nomás
prefiero ver
las olas
rompiendo sus flemas
en alguna orilla
y no meter
ni un pie.
Pero todos
todos ellos
aman el mar
el mar abierto.
Y yo cambiaría mi seguridad de arena
por una agorafobia continua
si pudiera tenerlos.
miércoles, 18 de febrero de 2009
Outside the wall
All alone, or in two's,
The ones who really love you
Walk up and down outside the wall.
Some hand in hand
And some gathered together in bands.
The bleeding hearts and artists
Make their stand.
- Outside the wall - Pink Floyd
tanto silencio después de tantas palabras. tanta vereda angosta en la sutilidad de mis fracasos. tanta noche, madrugada a las cuatro, tanta promesa desterrada de su caliente selva de reprobaciones.
puse sobre la mesa mis conjeturas, mi perfil en el espejo, mis palabras se acomodaron en tus dudas, las tomaste, te acariciaste con ellas, te hicieron bien y pasé a ser solo eso.
tanto silencio después de tantas palabras. por ahí me acostumbro y dejo que la noche muda me revuelque de buena manera entre sus piernas de estrellas. mis piernas blancas se enrollan para que duerma mejor.
there's nobody outside the wall for me. all alone, not in two's, gotta say goodbye to this lonely you.
(años sin estar tan bilingüe)
(y baaaaasta de lamentaciones; ya volveré a aburrirlos con poesía)
The ones who really love you
Walk up and down outside the wall.
Some hand in hand
And some gathered together in bands.
The bleeding hearts and artists
Make their stand.
- Outside the wall - Pink Floyd
tanto silencio después de tantas palabras. tanta vereda angosta en la sutilidad de mis fracasos. tanta noche, madrugada a las cuatro, tanta promesa desterrada de su caliente selva de reprobaciones.
puse sobre la mesa mis conjeturas, mi perfil en el espejo, mis palabras se acomodaron en tus dudas, las tomaste, te acariciaste con ellas, te hicieron bien y pasé a ser solo eso.
tanto silencio después de tantas palabras. por ahí me acostumbro y dejo que la noche muda me revuelque de buena manera entre sus piernas de estrellas. mis piernas blancas se enrollan para que duerma mejor.
there's nobody outside the wall for me. all alone, not in two's, gotta say goodbye to this lonely you.
(años sin estar tan bilingüe)
(y baaaaasta de lamentaciones; ya volveré a aburrirlos con poesía)
lunes, 16 de febrero de 2009
El tipo que canta II

la noche terminó muy temprano. todavía estoy linda, no sé para qué. miedo de la calle oscura y el poco frío, miedo, correr las cuadras peligrosamente agazapadas, alejándome el portón. la noche demasiado temprano y todavía estoy linda, con mi escogido outfit de ocasión, sencillo y personal.
los teléfonos me hacen zancadillas, la timidez me acorta la noche, me deja con palabras en la punta de la lengua y me aleja las posibilidades.
girar y girar con la pollera liviana blanca de noche, ser una luna así grandota a causa de la revolución sobre el eje de mi cuerpo.
y el tipo que canta, el cuello que canta, agota lo suave en dos o tres notas. él tímido también. ojos cerrados también, sostiene la música mientras toma algo, agradece como disculpándose, sonríe tímidamente, pocas palabras, manos ágiles, voz sencilla. el tipo que canta no me canta, pero me encanta.
demasiada poca noche. aunque la soledad se entibia con dos estrellas que se suman a la danza nocturna. se ríe, la noche se ríe.
yo no quería reir hoy, no podía, pero las estrellas...
brindo por un tacho de basura (mis estrellas de hoy)
por si alguien se lo pregunta... El tipo que canta I, es una entrada del 24 de julio de 2008, pueden buscarla ahí. este es otro "tipo que canta", distinto del mencionado aquella vez (si acaso fueran reales)
explicado por
Eclipse
a las
12:44 a.m.
y tiene connotación de
ciudad,
el tipo que canta,
música,
prosa
lunes, 9 de febrero de 2009
Sala de espera
Me espera, ancha y tibia, para que espere, entre en el trance de quienes están paso pero se estacionan en un pedacito de vida.
Otros respiran conmigo, dormidos en el calor indeciso de la noche, amarrados a una esperanza, interrogados de cerca por la oscuridad leve del recinto.
Muevo, me muevo, no puedo estar quieta. La sala de espera es tanto silencio entrecortado por comentarios profesionales y conversaciones cotidianas, es tanto silencio de abrir ascensor, de escuchar chusmeríos parciales, es mirar las lucecitas oscilando entre el SS y el 5, de arriba a abajo, toda la noche, las páginas del libro de toda la noche en ascensor, el libro leer, levantar la vista, el ascensor, la noche.
El mobiliario no puede ser movido, ordenan prolijísimos carteles que no huelen a hospital. El mobiliario es cómodo e inapropiado, es de color, es suficiente y un poco cómodo. La sala es una habitación, ni grande, ni chica, la vista la abraza cansinamente, la estudia como una actividad más después del desgano para leer o escuchar música. A simple vista es un lugar, pero si los ojos miran hacia arriba, se posan en la franja vacía previa al techo, en el techo mismo, ese rectángulo blanco y limpio... es espacio. Arriba espacio, espacio contra lugar, lo definido por el mobiliario, los bultos que respiran en la penumbra, las sombras, la luz del escensor, la música tenue que viene de algún sitio, las voces hechas susurro. Todo lugar. Arriba, espacio, blanco, donde el aire puede dar piruetas a su antojo, puede moverse libre entre blanco, techo, pared, al límite de los primeros carteles y los marcos superiores de las puertas.
Y afuera, también esperando, el árbol parece un ser animado más, la copa desde arriba, una masa verde, músculos recubiertos de piel verde, articulaciones, algo que respira bajo la luz de sodio. Espera en la calle, acompaña el silencio de la sala, respira como los bultos, que son personas que duermen. Respira como respiro, confundida, pensando, pensando sin poder dormir, pensando demasiado, pensando distraidamente, por vicio, por necesidad, por complicación, por manía.
Espero. Parece que siempre estuviera esperando el relevo.
Otros respiran conmigo, dormidos en el calor indeciso de la noche, amarrados a una esperanza, interrogados de cerca por la oscuridad leve del recinto.
Muevo, me muevo, no puedo estar quieta. La sala de espera es tanto silencio entrecortado por comentarios profesionales y conversaciones cotidianas, es tanto silencio de abrir ascensor, de escuchar chusmeríos parciales, es mirar las lucecitas oscilando entre el SS y el 5, de arriba a abajo, toda la noche, las páginas del libro de toda la noche en ascensor, el libro leer, levantar la vista, el ascensor, la noche.
El mobiliario no puede ser movido, ordenan prolijísimos carteles que no huelen a hospital. El mobiliario es cómodo e inapropiado, es de color, es suficiente y un poco cómodo. La sala es una habitación, ni grande, ni chica, la vista la abraza cansinamente, la estudia como una actividad más después del desgano para leer o escuchar música. A simple vista es un lugar, pero si los ojos miran hacia arriba, se posan en la franja vacía previa al techo, en el techo mismo, ese rectángulo blanco y limpio... es espacio. Arriba espacio, espacio contra lugar, lo definido por el mobiliario, los bultos que respiran en la penumbra, las sombras, la luz del escensor, la música tenue que viene de algún sitio, las voces hechas susurro. Todo lugar. Arriba, espacio, blanco, donde el aire puede dar piruetas a su antojo, puede moverse libre entre blanco, techo, pared, al límite de los primeros carteles y los marcos superiores de las puertas.
Y afuera, también esperando, el árbol parece un ser animado más, la copa desde arriba, una masa verde, músculos recubiertos de piel verde, articulaciones, algo que respira bajo la luz de sodio. Espera en la calle, acompaña el silencio de la sala, respira como los bultos, que son personas que duermen. Respira como respiro, confundida, pensando, pensando sin poder dormir, pensando demasiado, pensando distraidamente, por vicio, por necesidad, por complicación, por manía.
Espero. Parece que siempre estuviera esperando el relevo.
sábado, 31 de enero de 2009
de West Virginia a la Patagonia...
...pero yo llego de acá nomás
Una bolsita hermética encierra unos poemas. Recortados, diminutos, fragmentados y unidos, mezclados, sin orden, en una bolsita hermética de nylon. No es a propósito, pero ahora se me hace un gesto solidario, casi condescendiente de preservación, un mimo material a esos serios y usados pedazos de una misma; transportables, atreviéndose poco a poco a ser públicos, como nunca.
La bolsita reposa en un bolsillo de la mochila, se acomoda pese al calor y los sacudones, acompaña silenciosamente un éxodo premeditado, siendo parte, sin saberlo, de un todo de pertenencias inexactas y casi prescindibles desde el punto objetivo del asunto, pero ínfimamente necesarias por esas vueltas de la sinrazón humana.
Es confuso sentirse demasiado normal, con el presentimiento del anonimato golpeando a cada instante las puertas camufladas del futuro inmediato y del lejano.
Ambos se ríen un poquito de su ingenuidad suicida, le tocan (¿le besan?) la frente blanca por las noches, donde el sueño apenas perturba su claridad de mujer simple, su apariencia de parapeto infranqueable. Dormida, nomás parece una muchacha frágil y compleja, como toda esa red de venas y arterias que graciosamente tornasolan distintas partes de su cuerpo.
Despierta, se endereza con una calma insospechada. Se mira las uñas de los pies, recuerda el ocio de esa tarde en que casi jugando, se las pintó de marrón oscuro. Anónima, todavía anónimamente clara y dulce, sin saberlo.
Cada tanto anota algo o presiente lo que vendrá luego del descanso después del "volver", aunque esa palabra siempre le haya parecido extraña y tan cambiante de sentido (irse para regresar, decía, tener un lugar al que regresar, inventaba que él decía). Volver era algo de antes, cuando se rendía a las consecuencias de volver a empezar. Volver ahora era un lastre que de alguna manera le impedía, justamente, planear nuevos comienzos.
Pero empecemos por algo, dice en un rincón, con kilómetros de papel en la falda, con los pies descalzamente infantiles (las uñas de marrón oscuro), los brazos tapizados de venitas azules, la cara algo indecisa a jugar el juego. Empecemos por burlar la geografía (burlar la geografía, repite para adentro), por ejemplo. Y señala puntos aleatorios en un mapa: West Virginia, lee en voz alta, como si a alguien le importara. Georgia (y el azar le trae ese lugar donde alguien alguna vez quiso esperarla, blondas amistades de antaño), Colorado, dice hacia adentro, con la pronunciación que emplean sus habitantes y no la original (y ríe al darse cuenta), mientras sigue con el dedo en el mapa y abandona el azar para repetir, ahora en voz alta y solemnemente: Michigan, señalarlo, mirar arriba, abajo, intentar ubicar ciudades, aeropuertos y carreteras, mientras se le cuelan las palabras del poema reciente y ese verso que tanto le gusta: "Glittering dreams over the horizon". Un poema bilingüe bastante malo pero cargado de inside-jokes (blondas amistades de antaño).
Retoma el azar, ve puntos en un mapa siniestro y de nuevo burlar la geografía, se dice, se predica, se autocompadece señalando abiertamente Córdoba, Varsovia, Bucarest, la Patagonia... y casi queriendo cruzar, como si dar un saltito y estar Antártidamente fría... y al mismísimo fin del mundo y qué lindo llegar.
De West Virginia a la Patagonia, piensa, raros destinos, azar, inhóspito azar, serían otros "sueños brillantes sobre el horizonte" y de nuevo anónima, pero de nuevo blanca la frente y de nuevo bilingüe y de nuevo las ganas de burlar la geografía y de nuevo las ganas...
Bajamos, Rivadavia, recordando la mitad del nombre del bar que podría salvarnos la noche. Las mesas nos ofrecen excusa de distracción, leyendas, fechas y marcas vetustas, históricas. Sorteamos la tentación de acariciar las mesas, de ofrecerles la visión inversa de nuestros escotes y aceptamos otras cervezas. Una vez más burlando la geografía, una vez más dejo ganar al azar la posesión de un recuerdo.
De West Virginia a la Patagonia. Recorta las palabritas del mapa. La bolsa hermética de nylon. Junto a los otros papeles. Parece el preámbulo de un sorteo. Pero no. Espera secretamente que los destinos al azar le digan algo. Los revuelve con ojos de niña. Pero callan.
Una bolsita hermética encierra unos poemas. Recortados, diminutos, fragmentados y unidos, mezclados, sin orden, en una bolsita hermética de nylon. No es a propósito, pero ahora se me hace un gesto solidario, casi condescendiente de preservación, un mimo material a esos serios y usados pedazos de una misma; transportables, atreviéndose poco a poco a ser públicos, como nunca.
La bolsita reposa en un bolsillo de la mochila, se acomoda pese al calor y los sacudones, acompaña silenciosamente un éxodo premeditado, siendo parte, sin saberlo, de un todo de pertenencias inexactas y casi prescindibles desde el punto objetivo del asunto, pero ínfimamente necesarias por esas vueltas de la sinrazón humana.
Es confuso sentirse demasiado normal, con el presentimiento del anonimato golpeando a cada instante las puertas camufladas del futuro inmediato y del lejano.
Ambos se ríen un poquito de su ingenuidad suicida, le tocan (¿le besan?) la frente blanca por las noches, donde el sueño apenas perturba su claridad de mujer simple, su apariencia de parapeto infranqueable. Dormida, nomás parece una muchacha frágil y compleja, como toda esa red de venas y arterias que graciosamente tornasolan distintas partes de su cuerpo.
Despierta, se endereza con una calma insospechada. Se mira las uñas de los pies, recuerda el ocio de esa tarde en que casi jugando, se las pintó de marrón oscuro. Anónima, todavía anónimamente clara y dulce, sin saberlo.
Cada tanto anota algo o presiente lo que vendrá luego del descanso después del "volver", aunque esa palabra siempre le haya parecido extraña y tan cambiante de sentido (irse para regresar, decía, tener un lugar al que regresar, inventaba que él decía). Volver era algo de antes, cuando se rendía a las consecuencias de volver a empezar. Volver ahora era un lastre que de alguna manera le impedía, justamente, planear nuevos comienzos.
Pero empecemos por algo, dice en un rincón, con kilómetros de papel en la falda, con los pies descalzamente infantiles (las uñas de marrón oscuro), los brazos tapizados de venitas azules, la cara algo indecisa a jugar el juego. Empecemos por burlar la geografía (burlar la geografía, repite para adentro), por ejemplo. Y señala puntos aleatorios en un mapa: West Virginia, lee en voz alta, como si a alguien le importara. Georgia (y el azar le trae ese lugar donde alguien alguna vez quiso esperarla, blondas amistades de antaño), Colorado, dice hacia adentro, con la pronunciación que emplean sus habitantes y no la original (y ríe al darse cuenta), mientras sigue con el dedo en el mapa y abandona el azar para repetir, ahora en voz alta y solemnemente: Michigan, señalarlo, mirar arriba, abajo, intentar ubicar ciudades, aeropuertos y carreteras, mientras se le cuelan las palabras del poema reciente y ese verso que tanto le gusta: "Glittering dreams over the horizon". Un poema bilingüe bastante malo pero cargado de inside-jokes (blondas amistades de antaño).
Retoma el azar, ve puntos en un mapa siniestro y de nuevo burlar la geografía, se dice, se predica, se autocompadece señalando abiertamente Córdoba, Varsovia, Bucarest, la Patagonia... y casi queriendo cruzar, como si dar un saltito y estar Antártidamente fría... y al mismísimo fin del mundo y qué lindo llegar.
De West Virginia a la Patagonia, piensa, raros destinos, azar, inhóspito azar, serían otros "sueños brillantes sobre el horizonte" y de nuevo anónima, pero de nuevo blanca la frente y de nuevo bilingüe y de nuevo las ganas de burlar la geografía y de nuevo las ganas...
Bajamos, Rivadavia, recordando la mitad del nombre del bar que podría salvarnos la noche. Las mesas nos ofrecen excusa de distracción, leyendas, fechas y marcas vetustas, históricas. Sorteamos la tentación de acariciar las mesas, de ofrecerles la visión inversa de nuestros escotes y aceptamos otras cervezas. Una vez más burlando la geografía, una vez más dejo ganar al azar la posesión de un recuerdo.
De West Virginia a la Patagonia. Recorta las palabritas del mapa. La bolsa hermética de nylon. Junto a los otros papeles. Parece el preámbulo de un sorteo. Pero no. Espera secretamente que los destinos al azar le digan algo. Los revuelve con ojos de niña. Pero callan.
viernes, 16 de enero de 2009
Conveniencia
Hay una gotera sobre el techo de confortable soledad. No puedo dejar que vengas y dejarte entrar y dejarte endulzarme con gestitos ubicuos, tiernos, masticables, aparentemente inofensivos, dignos de una decisión impetuosa por atravesar el mundo... y que nada más sea una chispa momentánea de cariño exaltado.
La tela ardiente en la playa salta montoncitos negos de preocupaciones, ata los cables de alta tensión que amontonás bajo la cama, pierde la confianza del reloj de arena, abraza cardos de forma esperanzadora.
Harta de histeriqueos comprados en los chinos, busca el renglón donde pifió la mala suerte, hunde el cuchillo en una noche cualquiera, mientras la luna se suicida de golpe y porrazo entre las piernas de una vecina perversa.
Abre el pecho, flores color piel se mojan en la lluvia con pasaporte vencido. Pegás la vuelta, niño, pero te refugiás como un perro perdido en la primera falda que te mira con ojos compasivos. Ya basta de cuentos en noches de calor. Tus dientes de perro desafilado, de perro con collar de plata, rascan los huesos de la pobre dueña que se cree la sinceridad del mover la cola. Finalmente, te parecés más a un gato, con casa pero sin dueño, volviendo siempre a los mismos ratones, a las mismas esquinas de barrios linderos, pero al final del día, amontonás tus bolas de pelo en la playa hospitalaria de una ama rota.
La tela ardiente en la playa salta montoncitos negos de preocupaciones, ata los cables de alta tensión que amontonás bajo la cama, pierde la confianza del reloj de arena, abraza cardos de forma esperanzadora.
Harta de histeriqueos comprados en los chinos, busca el renglón donde pifió la mala suerte, hunde el cuchillo en una noche cualquiera, mientras la luna se suicida de golpe y porrazo entre las piernas de una vecina perversa.
Abre el pecho, flores color piel se mojan en la lluvia con pasaporte vencido. Pegás la vuelta, niño, pero te refugiás como un perro perdido en la primera falda que te mira con ojos compasivos. Ya basta de cuentos en noches de calor. Tus dientes de perro desafilado, de perro con collar de plata, rascan los huesos de la pobre dueña que se cree la sinceridad del mover la cola. Finalmente, te parecés más a un gato, con casa pero sin dueño, volviendo siempre a los mismos ratones, a las mismas esquinas de barrios linderos, pero al final del día, amontonás tus bolas de pelo en la playa hospitalaria de una ama rota.
sábado, 3 de enero de 2009
Yo, tú, ella, él ¿quiénes?
Ella escribe sobre ella misma. Supongo. Intuyo. Sospecho. Ella, la mujer, la otra, escribe, se describe, o quizás escribe sobre una desconocida que conoció y que es un poco ella. Dolores, búsquedas, escribe. Y esta otra piensa que la mujer, la otra, escribe sobre ella misma, porque no puede llenarse.
Y es todo tan raro, se dice, ella, leyendo a la mujer, a la otra, él leyéndola en una charla aparentemente normal, pero a su vez leyendo a la mujer, comprendiéndola y queriéndola. Callándola.
El cuarto tibio. Un cuarto tibio cualquiera, replegándose en la memoria de un invierno nevado. El cuarto tibio, piensa, sopesa entre las dudas y las rarezas del paralelismo que lee. Descubre que puede recordar sensaciones. No sólo las imágenes de un pasado lejano sino olores, temperaturas. La cama ancha, inabarcable. Fría e inabarcable. La cama para ella sola. Y el levantarse, cruzar al baño, la casa tibia. El cuarto tibio.
Lee: "el cuarto tibio" en alguna parte espera por una inmensidad que no es la suya. Espera, y relee, y lo lee a él, casi flotando, casi deseando que las palabras sean manos.
Las manos.
Las estaciones se repiten en ramitos de geranios y jazmines. Lo lee, quiere decirle tantas cosas. Él lee a la otra, la abraza con halagos y la comparte, la ofrece, deliciosamente la saborea en los ojos de otros, aunque secretamente es suya, la otra, no ella.
La otra escribe sobre ella misma en un libro desordenado, la divierte y se palpa la cara, deja el libro reposando en su pecho, pensando. La otra, la mujer, la hace pensar en él que se arrima, pero que siempre lejos. Pero que siempre arde en la piel sin ser tocado. Y ella, con sus manos, con su nada incandescente, sonríe con palabras.
Las estaciones se repiten. Ya sabés la historia. Ella, la otra, te la contó. Y más, sabés qué fue ficción y qué no de aquella historia, sabés por qué hay un libro dentro de otro.
Y yo pienso en la nieve. En los recuerdos tan ajenos a la nieve que me trae la nieve. Es raro. Tan raro como que yo piense en ella, y ella piense que la otra, la mujer, escribe sobre sí misma, para que al fin piense yo en él. O ella, que piense en él que no le entrega las palabras que necesita oír, pero que sigue, en su parapeto blindado, regalando soles.
Las manos.
Y la nieve.
Y tener que partir (sólo, a veces, para tener que regresar)
Es así, le dice ella. A veces lo que importa es el regreso y uno parte, con todo lo que implica, para hacer algo con el viaje. Y luego la celebración o la culpa o la nostalgia del regreso. Me pone incómoda que importe más el regreso. El viaje a veces solo importa si hay lugar a dónde regresar, le dice él. En realidad no le dice nada, ella se imagina. Sería una buena respuesta, probablemente él la daría.
La nieve.
Las manos.
El viaje.
Y se olvida del piano en que le enseñaron unos pocos compases, se olvida, pero ahora recuerda. Y recuerda que le dijeron que a veces no es cuestión de la cantidad de tiempo, sino de la intensidad con que se viven los momentos. Y piensa en ella, en la otra, la mujer, de alguna forma siempre la hará pensar en él de esa forma. Debe buscar otra. Saber que la mujer escribe sobre sí misma (o intuirlo, o sospecharlo) y que él lee en vivo a la mujer, la lee a ella y nada más espera.
¿Y a quién espera?
Y es todo tan raro, se dice, ella, leyendo a la mujer, a la otra, él leyéndola en una charla aparentemente normal, pero a su vez leyendo a la mujer, comprendiéndola y queriéndola. Callándola.
El cuarto tibio. Un cuarto tibio cualquiera, replegándose en la memoria de un invierno nevado. El cuarto tibio, piensa, sopesa entre las dudas y las rarezas del paralelismo que lee. Descubre que puede recordar sensaciones. No sólo las imágenes de un pasado lejano sino olores, temperaturas. La cama ancha, inabarcable. Fría e inabarcable. La cama para ella sola. Y el levantarse, cruzar al baño, la casa tibia. El cuarto tibio.
Lee: "el cuarto tibio" en alguna parte espera por una inmensidad que no es la suya. Espera, y relee, y lo lee a él, casi flotando, casi deseando que las palabras sean manos.
Las manos.
Las estaciones se repiten en ramitos de geranios y jazmines. Lo lee, quiere decirle tantas cosas. Él lee a la otra, la abraza con halagos y la comparte, la ofrece, deliciosamente la saborea en los ojos de otros, aunque secretamente es suya, la otra, no ella.
La otra escribe sobre ella misma en un libro desordenado, la divierte y se palpa la cara, deja el libro reposando en su pecho, pensando. La otra, la mujer, la hace pensar en él que se arrima, pero que siempre lejos. Pero que siempre arde en la piel sin ser tocado. Y ella, con sus manos, con su nada incandescente, sonríe con palabras.
Las estaciones se repiten. Ya sabés la historia. Ella, la otra, te la contó. Y más, sabés qué fue ficción y qué no de aquella historia, sabés por qué hay un libro dentro de otro.
Y yo pienso en la nieve. En los recuerdos tan ajenos a la nieve que me trae la nieve. Es raro. Tan raro como que yo piense en ella, y ella piense que la otra, la mujer, escribe sobre sí misma, para que al fin piense yo en él. O ella, que piense en él que no le entrega las palabras que necesita oír, pero que sigue, en su parapeto blindado, regalando soles.
Las manos.
Y la nieve.
Y tener que partir (sólo, a veces, para tener que regresar)
Es así, le dice ella. A veces lo que importa es el regreso y uno parte, con todo lo que implica, para hacer algo con el viaje. Y luego la celebración o la culpa o la nostalgia del regreso. Me pone incómoda que importe más el regreso. El viaje a veces solo importa si hay lugar a dónde regresar, le dice él. En realidad no le dice nada, ella se imagina. Sería una buena respuesta, probablemente él la daría.
La nieve.
Las manos.
El viaje.
Y se olvida del piano en que le enseñaron unos pocos compases, se olvida, pero ahora recuerda. Y recuerda que le dijeron que a veces no es cuestión de la cantidad de tiempo, sino de la intensidad con que se viven los momentos. Y piensa en ella, en la otra, la mujer, de alguna forma siempre la hará pensar en él de esa forma. Debe buscar otra. Saber que la mujer escribe sobre sí misma (o intuirlo, o sospecharlo) y que él lee en vivo a la mujer, la lee a ella y nada más espera.
¿Y a quién espera?
miércoles, 31 de diciembre de 2008
Re-su-miendo (si, en tonito sabinero)
Un verano tardío | Guazuvirá | Plazas que no me ven tan seguido | Santa Ana y sangría y tortas fritas y superbaile de club | Pastillas musicales | Superbajón traumático por abandonar cosas | Nuevas ideas y colores | Concursos | Música | Voces del otro lado del charco | Infinitas horas compartidas | Amigos nuevos | mucho James Taylor (dunno why) | Chococumple | Partyliving | 3 segundos lugares (premios al fin) | Un viaje (superviaje), un encuentro, un finde inolvidable | Dori | Tricky night | Plaza San Martín | Santelmeadas nocturnas y EL Domingo mañanero | Hombres que les cantan a otras mujeres | Esas charlas salvadoras de a tres | Persuasión de los días (cómo te amo, Oliverio) | Feria del libro | Muchos libros | Enes | Juntadas de viernes | Working | Grupo de lectura | Planes | Bloggeritos fantásticos (y más planes) | Casualidades con música y plazas | Infaltable plaza de los bomberos y banco de siempre | Vino en plástico (soy demasiado consentida) | Más planes...
Faltan cosas, el año fue, se va, se termina. 'C' siempre me recuerda que fue un año casi perfecto para mí. CASI. No sé si tanto, pero fue un lindo año. Si el que viene fuera mejor, estaría en la gloria.
Que lo sea para ustedes!!
Faltan cosas, el año fue, se va, se termina. 'C' siempre me recuerda que fue un año casi perfecto para mí. CASI. No sé si tanto, pero fue un lindo año. Si el que viene fuera mejor, estaría en la gloria.
Que lo sea para ustedes!!
sábado, 27 de diciembre de 2008
regalitos

Acá van regalitos personales para quienes más se pasan por Connotaciones o lo hacen desde más tiempo y se ha generado cierta relación blog a blog. No están todos, quizás, pero ya habrá tiempo para compartir más cosas con quienes se acercan desde hace poquito tiempo.
Los mejores deseos para todos.
Es muy sencilllo lo que les dejo, disculpen que algunos no quedaron tan lindos como otros, pero no era la intención (tampoco hay un orden específico, están alfabéticamente al revés)
Hagan lo que quieran con ellos, cuélguenlos en su blog, guárdenlos o simplemente déjenlos por acá y los miran cuando quieren.
(y no dejen de comentar la entrada anterior que realmene me gusta y me gustaría conocer sus opiniones al respecto)
Gracias por hacer ustedes también Connotaciones, no sería lo mismo sin sus comentarios y sus presencias.
Buen 2009!













martes, 23 de diciembre de 2008
Foto mental
"tengo una foto mental /que no quiero ver, que no quiero ver"
Quiso averiguar qué se sentía al ver la calle desde adentro, tener el pelo revuelto por el viento de la rambla, los pies fríos y entumecidos por una caminata, las palabras saliendo calentitas y casi espontáneas de un par de bocas.
Repartió los sorbos de café en un tiempo bastante largo, para dejar escurrirse las horas, mientras alentaba a sus sentidos a ponerse a trabajar como equipo.
El ruido de la cucharita, el olor de la canela, la espuma del café, el calor de la taza y finalmente el sabor a la bebida, loca excusa de una tarde.
Ahí se quedó, mirando la azul extravagancia del ambiente, mientras los temas de conversación iban y venían, andaban montados en bicicleta, emparentados con la risa, sobre los hombros de las confesiones, rozándose las manos con los futuros planes.
Vos no sabías demasiado, ni siquiera estabas seguro de cómo al final habían quedado en verse, después de encontrarse en el centro unas mañanas atrás. Ibas perdido en cualquier cavilación y ella, con el mismo apurado paso de siempre, su bolsito de turno y su pelo agitándose, te había mirado con los ojos muy abiertos y gritado tu nombre, pero no tanto como para llamar tu atención sino como un grito para sí misma, involuntaria reacción por la sorpresa.
La miraste y sonreíste, no la abrazaste con desesperación ni le dijiste ninguna palabra efusiva, simplemente te brillaron los ojos como nunca y mientras ella acometía con toda clase de preguntas, frases de admiración por la casualidad del destino e incalculables gestos con las manos y la cara, iba reconociendo en el brillo de tus ojos, lo que sabía no ibas a decirle pero estaba ahí.
Así que preguntó, aceptaste, suspiró con alivio, aunque no se alivió del todo. Si habías sido capaz de dejar colgado a alguien durante quince minutos en un teléfono sin decir nada, perfectamente podrías pasar por alto la cita. Ella igual confiaba, seguía confiando, buscando rastros de esperanza donde quizás otros ya habían bajado los brazos hacía tiempo.
Ahora miraba hacia la calle, un poco perdida. Sonrió amargamente por lo estúpido de imaginarse una conversación con todo lo que ello implicaba, cuando en realidad ella siempre monologaba y vos asentías o le decías frases sacadas cada vez más de un mundo al que quizás en un tiempo pudo acceder, pero ahora no.
Y ella lo sentía, comprobaba a cada minuto que le estaba finalmente vedado el paso hacia la comprensión. Pero no era tu culpa, tampoco.
Sus charlas le seguían pareciendo un esfuerzo físico y mental enorme, pero en el fondo, más allá de la frustración, el cansancio, la tristeza por verte tan lejano, le alegraba lidiar con el personaje que te habitaba, que le servía de consuelo cuando pensaba en aquellos meses en que dejaba la adolescencia y te veía festejando sus versos, recordando citas sobre cerebros y ratones, pianos que sueltan las más hermosas canciones y el invierno compartido a la intemperie en bancos sin nombre.
Entonces sonreíste y sacaste de un bolsillo un sobre pequeño y alargado. Se puso seria de pronto, estiró tímidamente una mano y abrió el sobre, sabiendo lo que había de antemano.
Vio todo un rollo de negativos en blanco y negro, las fotos que nunca habían sido ampliadas pero quedaban como única certeza de quiénes habían sido. Estas solo guardaban un par de poemas retratados por toda la ciudad, puertas, eclipses, flores, cintas y huellas que recreaban su mundo de hace unos años. Sonrió al fin, recordando, además de todo aquello, la última vez que le mostraste los negativos y la foto que le había arrancado un poema del pecho, los dos cielos.
Pero vos tomaste delicadamente los negativos de sus manos, pagaste la cuenta y saliste sin darle tiempo a hablar, derritiendo la película con las yemas encendidas de los dedos.
Quiso averiguar qué se sentía al ver la calle desde adentro, tener el pelo revuelto por el viento de la rambla, los pies fríos y entumecidos por una caminata, las palabras saliendo calentitas y casi espontáneas de un par de bocas.
Repartió los sorbos de café en un tiempo bastante largo, para dejar escurrirse las horas, mientras alentaba a sus sentidos a ponerse a trabajar como equipo.
El ruido de la cucharita, el olor de la canela, la espuma del café, el calor de la taza y finalmente el sabor a la bebida, loca excusa de una tarde.
Ahí se quedó, mirando la azul extravagancia del ambiente, mientras los temas de conversación iban y venían, andaban montados en bicicleta, emparentados con la risa, sobre los hombros de las confesiones, rozándose las manos con los futuros planes.
Vos no sabías demasiado, ni siquiera estabas seguro de cómo al final habían quedado en verse, después de encontrarse en el centro unas mañanas atrás. Ibas perdido en cualquier cavilación y ella, con el mismo apurado paso de siempre, su bolsito de turno y su pelo agitándose, te había mirado con los ojos muy abiertos y gritado tu nombre, pero no tanto como para llamar tu atención sino como un grito para sí misma, involuntaria reacción por la sorpresa.
La miraste y sonreíste, no la abrazaste con desesperación ni le dijiste ninguna palabra efusiva, simplemente te brillaron los ojos como nunca y mientras ella acometía con toda clase de preguntas, frases de admiración por la casualidad del destino e incalculables gestos con las manos y la cara, iba reconociendo en el brillo de tus ojos, lo que sabía no ibas a decirle pero estaba ahí.
Así que preguntó, aceptaste, suspiró con alivio, aunque no se alivió del todo. Si habías sido capaz de dejar colgado a alguien durante quince minutos en un teléfono sin decir nada, perfectamente podrías pasar por alto la cita. Ella igual confiaba, seguía confiando, buscando rastros de esperanza donde quizás otros ya habían bajado los brazos hacía tiempo.
Ahora miraba hacia la calle, un poco perdida. Sonrió amargamente por lo estúpido de imaginarse una conversación con todo lo que ello implicaba, cuando en realidad ella siempre monologaba y vos asentías o le decías frases sacadas cada vez más de un mundo al que quizás en un tiempo pudo acceder, pero ahora no.
Y ella lo sentía, comprobaba a cada minuto que le estaba finalmente vedado el paso hacia la comprensión. Pero no era tu culpa, tampoco.
Sus charlas le seguían pareciendo un esfuerzo físico y mental enorme, pero en el fondo, más allá de la frustración, el cansancio, la tristeza por verte tan lejano, le alegraba lidiar con el personaje que te habitaba, que le servía de consuelo cuando pensaba en aquellos meses en que dejaba la adolescencia y te veía festejando sus versos, recordando citas sobre cerebros y ratones, pianos que sueltan las más hermosas canciones y el invierno compartido a la intemperie en bancos sin nombre.
Entonces sonreíste y sacaste de un bolsillo un sobre pequeño y alargado. Se puso seria de pronto, estiró tímidamente una mano y abrió el sobre, sabiendo lo que había de antemano.
Vio todo un rollo de negativos en blanco y negro, las fotos que nunca habían sido ampliadas pero quedaban como única certeza de quiénes habían sido. Estas solo guardaban un par de poemas retratados por toda la ciudad, puertas, eclipses, flores, cintas y huellas que recreaban su mundo de hace unos años. Sonrió al fin, recordando, además de todo aquello, la última vez que le mostraste los negativos y la foto que le había arrancado un poema del pecho, los dos cielos.
Pero vos tomaste delicadamente los negativos de sus manos, pagaste la cuenta y saliste sin darle tiempo a hablar, derritiendo la película con las yemas encendidas de los dedos.
viernes, 19 de diciembre de 2008
Cobarde
no sé qué rezan las espaldas cuando se van, yo miro al piso, fijamente al piso, hasta que son un punto pequeñito en la llovizna viscosa de las despedidas.
no sé que dicen las arrugas de las camisas, los lunares, las blusas bajas, los hombros huesudos o bonceados, las nucas ocultas o las detalladas por un corte perfecto.
ni idea.
sé que las palabras no son lo último que se dice en una despedida, pero me pierdo el último mensaje y me acuerdo cuando ya es tarde.
no sé que dicen las arrugas de las camisas, los lunares, las blusas bajas, los hombros huesudos o bonceados, las nucas ocultas o las detalladas por un corte perfecto.
ni idea.
sé que las palabras no son lo último que se dice en una despedida, pero me pierdo el último mensaje y me acuerdo cuando ya es tarde.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
lunes, 15 de diciembre de 2008
Casualidad no es posibilidad
"Otro jueves de esos que no se dejan besar"
Las pesadillas salieron de la cárcel, va a haber que andarse con más cuidado, que cerrar por fin los postigos a la noche. La vereda me sonríe sin dientes, me muestra las encías alcohólicas que me invitan una copa, pero claro que no, me les niego, es día de semana. Quién lo diría, rechazando ofertas de olvidos circunstanciales.
Es corto el verano, recién amaga a empezar pero pienso en los besos de bronceador y sal que no voy a tener y es como si volviera el invierno. Quizás haya alguna nariz alunada por ahí para besar, pero las resacas de niños lindos hoy en día necesitan demasiadas señales. Demasiadas.
Llegan los bondis, paran, suspiran, tragan conversaciones inútiles y se despiden con los gases de los cuarentaycincominutos del viaje. No me invitan una copa. Esta vez no la rechazaría. Como tantas otras, procuraría el equilibrio sobre el asiento y atinar la parada anterior a arrimarme a los escalones obscenos que miran bajo mi pollera.
No tengo la excusa del frío. Estar aterida es nomás un estado que se perpetua muy a pesar de la voluntad de domingos, del calor de un recinto que albergue una mínima esperanza.
La vida me tira las casualidades como el hueso a un perro. Las mastico ansiosamente pero saben a demasiado poco.
Las pesadillas salieron de la cárcel, va a haber que andarse con más cuidado, que cerrar por fin los postigos a la noche. La vereda me sonríe sin dientes, me muestra las encías alcohólicas que me invitan una copa, pero claro que no, me les niego, es día de semana. Quién lo diría, rechazando ofertas de olvidos circunstanciales.
Es corto el verano, recién amaga a empezar pero pienso en los besos de bronceador y sal que no voy a tener y es como si volviera el invierno. Quizás haya alguna nariz alunada por ahí para besar, pero las resacas de niños lindos hoy en día necesitan demasiadas señales. Demasiadas.
Llegan los bondis, paran, suspiran, tragan conversaciones inútiles y se despiden con los gases de los cuarentaycincominutos del viaje. No me invitan una copa. Esta vez no la rechazaría. Como tantas otras, procuraría el equilibrio sobre el asiento y atinar la parada anterior a arrimarme a los escalones obscenos que miran bajo mi pollera.
No tengo la excusa del frío. Estar aterida es nomás un estado que se perpetua muy a pesar de la voluntad de domingos, del calor de un recinto que albergue una mínima esperanza.
La vida me tira las casualidades como el hueso a un perro. Las mastico ansiosamente pero saben a demasiado poco.
miércoles, 10 de diciembre de 2008
Fin de (LA) semana
Calles que no pisaba desde hacía meses. Demasiados meses. Nuevas fachadas, rejas que cercan las viejas baldosas, las mismas baldosas que han extrañado mis pies.
Viejos amigos y nuevas certezas me derriten las ideas, las frases armadas losfelicescumpleaños prefabricados las anchas verdades que no necesitamos ya respirar.
Está fresco, un lindo fresco de diciembre se acomoda a mi esqueleto siempre igual, luchando por ser un escarbadientes decente más, a falta de algo mejor, parado y frágil en el viento de las cosas.
Tenía tantas ganas de escuchar ciertas voces y oler ciertos rincones y vaciar mi boca de nuevas promesas, de nuevas anécdotas y al fin todo se hace a la vez real e imposible.
Llega a término una porción de día, de vida, losfelicesdias-cumpleaños-etcéteras-misviajes se acaban, el viaje de regreso se parece mucho a volver de clases dos años atrás, cargada de dolor de piernas y amigos nuevos, guitarras y bostezos con dulce sabor a vino.
Luego vienen mis pasos interrumpiendo la siesta de un barrio ajeno. Intrusa, camino dos cuadras bajo la mirada atenta de las sillas plegables y las pelotas de los niños, espabilando el fresco que se respira en la vereda. Tengo una casa vacía en el pecho.
Y vuelvo a las grullas, a mi costumbre de hacer una grulla en cada bar, de parir en papel lo que no me atrevo a decir con palabras.
Y el día termina una semana agitada y confusa, que promete, promete pero no se atreve a cumplir.
Viejos amigos y nuevas certezas me derriten las ideas, las frases armadas losfelicescumpleaños prefabricados las anchas verdades que no necesitamos ya respirar.
Está fresco, un lindo fresco de diciembre se acomoda a mi esqueleto siempre igual, luchando por ser un escarbadientes decente más, a falta de algo mejor, parado y frágil en el viento de las cosas.
Tenía tantas ganas de escuchar ciertas voces y oler ciertos rincones y vaciar mi boca de nuevas promesas, de nuevas anécdotas y al fin todo se hace a la vez real e imposible.
Llega a término una porción de día, de vida, losfelicesdias-cumpleaños-etcéteras-misviajes se acaban, el viaje de regreso se parece mucho a volver de clases dos años atrás, cargada de dolor de piernas y amigos nuevos, guitarras y bostezos con dulce sabor a vino.
Luego vienen mis pasos interrumpiendo la siesta de un barrio ajeno. Intrusa, camino dos cuadras bajo la mirada atenta de las sillas plegables y las pelotas de los niños, espabilando el fresco que se respira en la vereda. Tengo una casa vacía en el pecho.
Y vuelvo a las grullas, a mi costumbre de hacer una grulla en cada bar, de parir en papel lo que no me atrevo a decir con palabras.
Y el día termina una semana agitada y confusa, que promete, promete pero no se atreve a cumplir.
martes, 2 de diciembre de 2008
Otra cosa
cada tanto vuelven las guirnaldas
que decoran el despacho de la burla
llegan piedras recogidas, semiformes,
inundadas de paz, descoloridas.
honran cardos en mi nombre
les plantan frías tardes en las alas
y visten las espinas con latidos
de senos hirviendo y lentos corazones.
riegan con tumultos la sed de las calles
las tardes que abortan un sol en la palma
de la mano verde que tiembla en un sueño
y ya no festejan sus pies minerales.
porque de mi sueño he hecho otra cosa
y cada tanto el ciego me encasilla y cada tanto
caigo en la brevedad de un párpado
que me apresa cual serpiente en un canasto.
y salgo, casi salgo pero no, las hebras
que me dan luz racionada, de a capítulos
se hinchan y me apretan las escamas
mi cuerpo anillos lucha pero muere.
y cada tanto llueve y en mi ausencia
se escriben solas las gotas en palabras
pizarras lentas abren las ventanas
el día es otra cosa, pero llueve.
Noviembre, 2008
(sigo sacando cosas acumuladas, ya escribiré algo más elaborada y retomaré el ritmo de antes, aunque probablemente sea luego de entregas y demás etcéteras)
que decoran el despacho de la burla
llegan piedras recogidas, semiformes,
inundadas de paz, descoloridas.
honran cardos en mi nombre
les plantan frías tardes en las alas
y visten las espinas con latidos
de senos hirviendo y lentos corazones.
riegan con tumultos la sed de las calles
las tardes que abortan un sol en la palma
de la mano verde que tiembla en un sueño
y ya no festejan sus pies minerales.
porque de mi sueño he hecho otra cosa
y cada tanto el ciego me encasilla y cada tanto
caigo en la brevedad de un párpado
que me apresa cual serpiente en un canasto.
y salgo, casi salgo pero no, las hebras
que me dan luz racionada, de a capítulos
se hinchan y me apretan las escamas
mi cuerpo anillos lucha pero muere.
y cada tanto llueve y en mi ausencia
se escriben solas las gotas en palabras
pizarras lentas abren las ventanas
el día es otra cosa, pero llueve.
Noviembre, 2008
(sigo sacando cosas acumuladas, ya escribiré algo más elaborada y retomaré el ritmo de antes, aunque probablemente sea luego de entregas y demás etcéteras)
jueves, 27 de noviembre de 2008
Aliteraciones
Y de cicatriz solo sabía su nombre
solo sabía las pocas
cuatro letras
de sus dedos
las pocas cuatro cosas que sabía
sin sostener más miradas al espejo
sin saborear mis cilindros
celestes.
Saberlo
significaba
ser un síntoma más en la noche
sopesar las pérdidas
y acaso
sanar la enfermedad de dos orillas
que abren una sucursal para el destino.
Sintió que era paciencia
lo que faltaba
y me echó
desconsolada
de su nombre.
De cicatrices mostraba las palabras
las cuatro letras de su nombre
las cuatro verdades de viernes
con la luz de las seis de la mañana.
solo sabía las pocas
cuatro letras
de sus dedos
las pocas cuatro cosas que sabía
sin sostener más miradas al espejo
sin saborear mis cilindros
celestes.
Saberlo
significaba
ser un síntoma más en la noche
sopesar las pérdidas
y acaso
sanar la enfermedad de dos orillas
que abren una sucursal para el destino.
Sintió que era paciencia
lo que faltaba
y me echó
desconsolada
de su nombre.
De cicatrices mostraba las palabras
las cuatro letras de su nombre
las cuatro verdades de viernes
con la luz de las seis de la mañana.
lunes, 24 de noviembre de 2008
A la sombra
Me quedaría allí
donde la parra
da su sombra exacta
su paciencia.
Donde la infancia verde
de su toldo
augura una delicia, una suerte
de tabú redondo
y se esfuerza por ganar
la caricia del suelo.
Bajo la parra
en la mansedad esquiva de sus troncos
donde una luz es parte
del tapiz del patio
y el espiral de los tallitos
quiere enredarse en mi pelo.
Donde crece
la terquedad de la siesta
el calendario vacío
donde la parra
da su sombra exacta
su paciencia.
Donde la infancia verde
de su toldo
augura una delicia, una suerte
de tabú redondo
y se esfuerza por ganar
la caricia del suelo.
Bajo la parra
en la mansedad esquiva de sus troncos
donde una luz es parte
del tapiz del patio
y el espiral de los tallitos
quiere enredarse en mi pelo.
Donde crece
la terquedad de la siesta
el calendario vacío
miércoles, 19 de noviembre de 2008
So this is your maverick
doblando y desdoblando una vida en mil pedazos. atardeciéndome de ganas, trasnochando en frases sin canciones, mudas, que se enroscan en el olor extrañamente familiar de un cuello.
doblando y desdoblando la vida en mil pedazos.
un corazón de papel que entrego, como autorretrato, como una frágil parte de mí, a la nada
doblando y desdoblando la vida en mil pedazos.
un corazón de papel que entrego, como autorretrato, como una frágil parte de mí, a la nada
Esta canción me lleva un par de años atrás, me recuerda a Bonnie, una amiga perdida por redes invisibles de este mundo virtual... siempre que la escucho me llena de paz, de esa nostalgia patológica por lo ajeno. Siempre me parece efectiva, justa, necesaria. Una canción de papel para volar como grulla.
There's really no way to reach me....
lunes, 17 de noviembre de 2008
Resbalo
Por aquel entonces tenía las uñas cortas y el corazón dormido. Así que no tuve demasiadas posibilidades de aferrarme a algo.
Resbalé por la noche, una noche perfecta, resbalé, resbaslé, resbalé... -esa palabra me parece exacta- hasta morir de soledad, desnuda, en una orilla.
A veces se me da por pensar que una noche llena de risas, amigos, canciones y besos, vale más que mil palabras.
Aún hoy pienso en aquella noche como la exacta conjunción de los astros (y conste que no creo en eso) para regalarme una perfección inimaginable.
La ciudad ladraba obscenidades; sin saberlo yo, me advertía del peligro, me repetía que aquello no duraría para siempre, ni siquiera trascendería el humo artificial de las estrellas.
Hoy leo más palabras justas, más frases que me acercan a la perfección de sus silencios, de su carácter de desconocido, de sus preguntas tópicas.
"Soledad, aquí están tus credenciales"
Qué mal me hace pero qué bien... no sé qué pedir, si anular el dolor de no poder volver o la ternura del recuerdo.
Y resbalo, resbalo, resbalo por la claridad imaginada de este silencio que ya nunca volverá a romperse entre nosotros.
Resbalé por la noche, una noche perfecta, resbalé, resbaslé, resbalé... -esa palabra me parece exacta- hasta morir de soledad, desnuda, en una orilla.
A veces se me da por pensar que una noche llena de risas, amigos, canciones y besos, vale más que mil palabras.
Aún hoy pienso en aquella noche como la exacta conjunción de los astros (y conste que no creo en eso) para regalarme una perfección inimaginable.
La ciudad ladraba obscenidades; sin saberlo yo, me advertía del peligro, me repetía que aquello no duraría para siempre, ni siquiera trascendería el humo artificial de las estrellas.
Hoy leo más palabras justas, más frases que me acercan a la perfección de sus silencios, de su carácter de desconocido, de sus preguntas tópicas.
"Soledad, aquí están tus credenciales"
Qué mal me hace pero qué bien... no sé qué pedir, si anular el dolor de no poder volver o la ternura del recuerdo.
Y resbalo, resbalo, resbalo por la claridad imaginada de este silencio que ya nunca volverá a romperse entre nosotros.
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