viernes, 31 de octubre de 2008

Infecciones [ haberes II ]

Hay un vacío infectado en la extirpación de la euforia.
Un anagrama sin uñas con qué despellejarse,
sin dientes para sacarse las espinas,
totalmente indefenso y caduco y blando, deforme, solitario.


Hay un vacío infectado con mis ojos, con mis lagañas de alcohol,
con las palabras que se escapan por mis poros, que se transforman en agua
veneno, salobre oscuro y caprichoso.
Hay un vacío con canciones podridas, canciones que evitarán
de ahora en más
los oídos,
recuerdos manchados con sangre dormida,
vacíos llenos, llenos de todo lo que fue mío
y perdí.


Hay una luz infectada por mis huesos,
inservible, maculada, espesa.
Detrás de la luz, una garganta,
supurando euforias en invierno,
transpirando las pelusas de los plátanos, las palabras enganchadas en un hilo.


Vacíos secuestrando insomnios
señalando, con los dedos infectos, la sangre que todavía
pasadas las horas como muchas cosas juntas
como hermanas desnudas en cola para el baño,
sigue omitiendo apariciones
serenatas voraces.
Vacíos que te llenan los pulmones,
que escriben con el frío
en los cajones.

lunes, 27 de octubre de 2008

Acumulados

cositas acumuladas en las semanas pasadas.

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El amor de la azafata es diferente al placer del marinero, me dice.

En la ducha, él pensará en cuándo podrá bajar nuevamente del barco.
Ella llorará procurando olvidar al amor de turno y preparará su corazón para el siguiente.

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Buenos Aires me sonaba a rock, casi como Montevideo podría sonarme a Jaime o La Vela.
Pero ahora escucho una zamba y pienso en vos, en tu amistad de colores y en Buenos Aires...

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"olisquearte
olisquearnos
dulcemente, tanteando
con la nariz
los abismos del aroma."

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Ya no puedo darme el lujo de necesitar que agiten mis rulos. Si la dulzura ocre de una mirada no viene a buscarme, es que tengo planes, en realidad es que tengo mucha suerte.

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Hace noche, las puertas de las casas se cierran igual sin mí, se acaban los tickets para pernoctar, las ganas de regresar también. Una queda en el medio. A medio camino de la salida y la llegada. Pienso en veinte mil canciones, alguien me contagia esa manía de vivir cada situación con música. Y pienso, elijo, descuido el recetario de una vez por todas, descuido las opciones, las listas que debo corroborar. No es demasiado, aprendí que nunca es demasiado.
Las selvas frías me amparan los tobillos. Esos que te dejé en un poema, que te expliqué antes de que siguieras adelante con los trucos que todos, ingenuamente, siguen al pie de la letra.
No se dan cuenta de que nos damos cuenta. Y parecer inocentes es sólo parte de nuestros ases bajo las mangas, que jamás llegan a descifrar.

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Me gustan las casualidades. La gente se empeña en cambiar el orden a las letras (caUSalidad) para dejar moralejas. Me gusta ese misterio de que nos junte el destino. Y que pueda leer esas palabras y por mero azar escucharlas de una voz finita al mismo tiempo, con el universo de mi parte. Y que pueda sentir gotas de lluvia imaginarias bautizando mis pecas.
Me gustan las casualidades. No quiero que me expliques, no quiero saber por qué pasan esas coincidencias. Me basta con que sucedan y yo pueda asombrarme como una niña que descubre que el cuchillo tiene serrucho.

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Esta semana te perdiste mis uñas nuevas. Como nunca. Mis uñas oscuras. Besando la claridad azul de mis falanges.

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"(...)Y estar cansados sin haber hecho nada
como solo se puede estar en Montevideo
en tu piecita de veinte por veinte
de parquet levantado
y manchas de humedad que juegan
a darnos formas
e inventarnos caras."

(fragmento rescatado de un poema con meses de olvido)

lunes, 20 de octubre de 2008

Memoria de pez [ haberes I ]

Hay demasiada necesidad
de registrar los volúmenes, los líquidos, los orificios
de empeñar los olores, las espinas que la calle hunde
sin piedad
en la piel usada.
Hay demasiada espuma de secretos
demasiada necesidad
de registrar vacíos
primaveras que no llegan
o acaso manos esculpidas en arena.
Hay demasiado valor para perderse
entre las piernas de la tarde
demasiada vanidad en los cajones
esperando que otros se devoren sus virutas.
Hay demasiada historia no contada
que no importa en las fiestas, que no importa
en la playa que las lenguas zigzaguean llenas de espuma
de sal de olas.
Y hay como una luz voyeur que nos despierta
que nos arranca los imanes
que censura.
Hay la paradoja del firme recuerdo
de un hombre con memoria de pez.

lunes, 13 de octubre de 2008

je danse

No solo no he tenido segundos para arrepentirme, he tenido mucho más, tengo ahora miles, infinitas palabras que me sonríen, prontas para ser transformadas en poemas.
Nada del viaje puede pagarse. Nada de este viaje puede decirse con palabras.
Entre esa ambigüedad que se me clava en el costado está la maravilla de unos ojos acostumbrados a calles iguales, angostas, amarronadas.
El infierno baja en formas arabescas, el cielo como una libélula, el purgatorio se apiada de mí y me da más de una oportunidad para desbordar el Leteo a costas de Silvio, Ismael, Sabina o zambas desconocidas.
Je, Astride, danse; aprovechando los últimos minutos y un escenario improvisado, con espectadores ocasionales, con risas, abrazos, qué bien que lo hayan pasado rico.
Tanta música y tantas sonrisas y tantas alitas de libélula que llenan el corazón. Por allá me acuerdo de un par de frasecitas de "Quién sabe" que calzan perfecto, sonrío, me acuerdo luego de 'C' emocionada porque pudiera vivir una canción.
Gracias por ser cobarde y por ser valiente, querida ciudad. Una noche te quise por no animarte, otra noche te quise por animarte demasiado. Estás tan borracha y hermosa.
Y en una de esas, Buenos Aires, me mirás con una locura que asusta y me decís (cobardemente): boluda, sos tan cuidable.
Y Solís tiene una reja con las manchas de mi espalda.

sábado, 4 de octubre de 2008

Ni un segundo de qué arrepentirme

Es lindo hacer el bolso para partir y regresar.
Hay una emoción y un par de certezas impagables, pero más que nada está la incógnita de la aventura, esa que nosotros mismos elegimos vivir, esa que procuramos y armamos con cada paso y a cada segundo, más allá de los planes y los itinerarios.
Armar el bolso es, de alguna forma, agradecer, poner intenciones, cargar pilas, planificar un poco, soñar. Es ese cosquilleo en la panza, el miedito por los posibles olvidos, el vértigo de las futuras citas y los parques ajenos que nos revolverán el pelo con su viento. Es consultar frenéticamente los pronósticos, cruzar los dedos por suerte y al fin, al dar la última vuelta al cierre, abandonarse a la paz o resignación del destino.
Me voy. Cuento los días, miro impaciente los relojes (empeñados en girar hacia la derecha) y sufro como nunca las horas que parecen atarme.
Armar el bolso es poner peso a algo que luego no pesará.
Me encantaría que este pequeñísimo viaje me llevara a ver más rostros amigos, a cumplir más sueños, a llevar parte de lo que soy más allá de las fronteras de un papel en mis cajones. Pero es imposible. Y no puedo quejarme.
Quiero no tener ni un segundo de qué arrepentirme, ni un minuto desperdiciado en vano. Mientras escribo me acuerdo de un cuento que hablaba de la gente de un pueblo que anotaba los buenos momentos de la vida y en sus lápidas ponían solo los años, días, horas y minutos que realmente habían vivido, tomando el vivir como un disfrute a pleno del tiempo que les había tocado.
Espero que estos cuatro días se sumen, con todas sus horas, minutos y segundos, a mi lista.
Llevaré poemas, versos y canciones de regalo. Capaz me da la loca y los suelto por alguna plaza.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Descalza por la casa

*
Solté, tiré el hilo
y diste a parar, rodando,
hasta la puerta contraria
la que te empuñaba el alma como aguja para colchón
penetrando una seda.

**
Anocheció la noche inmóvil
anochecida te acurrucaste sin suspiros
ahorrando aire de copas de vino
anocheciendo cabizbajo
te dormiste
desbordando tu vientre de noches con sangre.

***
“No quiero que tengas una forma, que seas
precisamente lo que viene detrás de tu mano,”
sino una paz de orígenes
un ojo por el que miro y no que mira
una promesa de papel
lanzada a la verdad resbalosa
del chorrito de agua bajo el cordón.

****
Luego cuento las formas de tus manos
una esquina repetida
y un lápiz ausente.
Luego callo la forma de tus manos.
Y luego cuento.

*****
Si hubiese dormido ladrillos
sumas
gaviotas volviendo
si hubiese probado las espinas de esta fiebre
si hubiese dolido…

******
Ahora puedo elegirme entre las góndolas
comprarme, almacenarme
hasta próximo uso.
Ahora puedo destaparme, cerrarme, rasgarme con ansiedad, desecharme.
Ahora puedo probarme entera
no compartirme.

*******
Un día más acaba en que tengo que elegir:
ladridos o bostezos.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Lazos

Mensaje desde muy lejos, cientos de momentos que se agolpan en la mente con solo un mensaje de texto.
La desconocida Italia me manda saludos emigrantes con su verano que se acaba.
Y caigo una vez más en la cuenta de la suerte de tener dos mamás.
Nosotras cuatro vamos a ser siempre "las nenas", así pasemos los veinte, los treinta...
Seremos "las nenas" para todo aquel adulto que nos haya conocido de pequeñas y nos quiera de una forma especial. Seremos "las nenas" para todo adulto que nos vea como ese grupo compacto unido por la sangre y algo más.
Seremos "las nenas", tendremos dos o más mamás y lloraremos cada día las distancias.
Creo que siempre lo supe, pero hoy la certeza me golpeó aún más fuerte: los lazos de sangre son relativos.
Mensaje desde muy lejos, mi segunda mamá que me dice que me extraña y que cada día le cuenta a alguien alguna historia de "las nenas" de "allá de Uruguay"

lunes, 8 de septiembre de 2008

Handwriting4

viernes, 29 de agosto de 2008

¿Qué nos pasa, muchachas?

¿Por qué será que está lleno de blogs de hombres que atraen a las minas como moscas, y escasos blogs de mujeres con seguidores hombres?

¿qué nos pasa, muchachas?

A mi me da igual que me comenten hombres o mujeres, porque nunca tuve intención de atraer gente a mis comentarios, pero este fenómeno que veo por ahí me inquieta.

¿qué nos pasa, muchachas?

¿Somos fáciles de persuadir, de enloquecer con unas pocas palabras?

Quisiera creer que nuestras entradas superan las capacidades de alguna gente y que por eso no se aparecen en los comentarios.

Pensar que aún hoy hay minas que se derriten ante los versos de Gustavo Adolfo y, si no me equivoco, el pobre era un desdichado, insatisfecho al que ninguna le dio bola.

¿qué nos pasa, muchachas?

Pasa también que a veces nos subimos a la calecita sin medir de antemano las consecuencias y después nos sentimos culpables al vernos formar parte de toda esa masa de muejres como moscas atraídas a un plato con azúcar.

¿qué nos pasa, muchachas?

viernes, 22 de agosto de 2008

Si tuviera que odiar a mi tía... sería por mirar 'El Show del Mediodía'

Tras el cantito típico del "qué será será / la vida te lo dirá", prosigue el circo del juego.
- ¿Quiere lo que hay en la puerta número 1, número 2, número 3 o número 4?
Piensa cuidadosamente frente a un Cacho de la Cruz que hace caras a la cámara o bromea con algún chiste viejo y maloliente.
Decide, aún dudando y dice: la número 1.
- ¡Pero bueeeno! veamos qué te perdiste por no elegir la puerta númerooo... ¡cuatro!
Se pierde al morocho demasiado paternal con la alemana de dieciséis que vive al lado.
Le imagina las posturitas, los abrazos con segundas y esas incipientes entradas que pronto serán prematura calvicie.
Sonríe pero intenta no parecer contenta, se dispone a pensar nuevamente.
- Y ahora.... ¿se queda con la puerta número 1... o prefiere cambiarla por lo que hay en la puerta número 3?
El 3 siempre fue su número favorito, pero no cede.
- ¿Y por la puerta número 2?
Le da lástima Cacho, su necesidad de hacer el ridículo y el triste hecho de mantenerse en ese programa en el que lo han visto pasar cientos de generaciones. El inmortal y odianiños Cacho de la Cruz.
Esta vez cede.
- Ok - dice sin ganas. - Me quedo con la 2.
- Veamos qué se perdió tras la puerta núuumero uuuuunooooooo... ¡Opalalá!
Se pierde al pendejo que le manda mensajes de texto que la hacen caer de la silla, ese que le pone temitas cursis para que escuche y después le sopla el cuello como solo él sabe.
Sonríe molesta, incómoda. Pone cara de resignación. De todas formas no le sirve.
Queda una sola chance y ya tiene que volver a elegir. Esta vez se deja convencer de una y apuesta firme a la puerta número 3, diciéndose a sí misma que confiará en sus instintos.
Tras un nuevo cantito del "qué será será" de parte del público y más tonterías propias del show... se abre, rodeado de todo el misterio hipócrita posible, la nueva puerta, la 2, dejando ver lo que se pierde.
Se pierde al rubiecito más lindo y más complicado del planeta, la persona que uno ama odiar pero odia amar, aunque le es imposible. Ahora ríe, sintiéndose presa de una ironía de la vida o de ese juego estúpido.
- ¿Sabés qué, Cacho? Ni abras la 3, me quedo con el chancho.


[post muy uruguayo. 'el show del mediodía' es un programa que dieron por siglos y duraba eternamente todos los domingos. un programa 'para toda la familia', con un conductor desagradable y caduco. el juego de las puertas es lo más típico del show. los premios generalmente oscilaban entre electrodomésticos de regulares a buenos y un chancho. el misterio se alimentaba con un ruido de chancho de fondo.
perdón la falta de inspiración, esta idea prometía un mejor post pero se quedó por el camino.
por ahora me salvan los tréboles de cuatro hojas regalados con un: 'cuando menos lo esperes, tu corazón va a sanar']

domingo, 10 de agosto de 2008

Señales

Quién me manda a mí a darme cuenta de que, en menos de una semana, todas las cosas hablen de 'el Loco'. Será que hay algo en el aire que me trae esos días de regreso... Ni idea.
Ayer me leí 'El perseguidor' de Córtazar. No me gusta putear en el blog... pero bien se merecería esta entrada una puteada comparable a lo que sentí mientras devoraba las hojas chiquitas del libro.
Con mucho menos talento (apenas toca el piano decorosamente) y otras pequeñas diferencias, el Loco es otro del que conocemos, conocimos... tal como en la descripción que a veces se hace de Johnny Carter en el libro.
Lo peor es que las alucinaciones eran sin droga, sin absolutamente ninguna droga... y en vez de ponerse verborrágico vivía en silencio, ese silencio que no podía ser otra cosa que sus más interesantes discursos pero que nunca pude descifrar. Igual entablábamos muchas conversaciones en silencio, intercalados por frases sueltas, invitaciones absurdas y su empecinada memoria para los detalles que tanto me conmovía.
Leí ese libro y fue en lo único que pensé de principio a fin.

"(...)Me ha empezado a inquietar la cara de Johnny, su excitación. Cada vez resulta más difícil hacerlo hablar de jazz, de sus recuerdos, de sus planes, traerlo a la realidad. (A la realidad: apenas lo escribo me da asco. Johnny tiene razón, la realidad no puede ser esto (...) Pero al mismo tiempo a Johnny no se le puede seguir así la corriente porque vamos a acabar todos locos.)
(...) Otra vez me doy cuenta de lo difícil que resulta saber qué es lo que está haciendo Johnny. (...) Uno está mucho más fuera de Johnny que de cualquier otro amigo."

"(...)En cambio la diferencia de Johnny es secreta, irritante por lo misteriosa, porque no tiene ninguna explicación."

No podría haberlo descrito mejor. Nunca.
Ahora que he encontrado alguien más que puede poner en palabras esa realación extraña con 'un loco', ese personaje que, único a su modo, tiene su par por algún sitio, puedo quedarme más tranquila.
Y prefiero entonces pensar en las cosas buenas, en la tardecita aquella en el patio, tirados al sol entre nuestras cosas en que les leí el primer poema de mi nueva etapa, aunque ahora me parezca una cosa adolescente, insignificante y descartable. El Loco lo celebró abriendo sus ojos y murmurando palabras ininteligibles, quizás citando alguna cosa para enmudecer luego ante mis preguntas.
Recuerdo sus maravillosos escritos sin sentido, los estúpidos intentando encontrar mensajes subliminales y su cara de ternero degollado esperando paciente la hora de marchar, acaso mirándome cómplicemente sabiendo que aunque no entendía, comprendía.
Me quedo también en la tarde de martes en que con un entusiasmo nuevo me acercó "The dark side of the moon" diciéndome que me habían hecho una canción a mí, con mi nombre elegido. Y luego la sorpresa de encontrar allí mismo la canción hecha para él ("Brain damage", sin exagerar).
Y cómo todo se celebraba/agradecía/concluía con mi manía de la merienda a las 4.
Y su último halago, casi lo último que le oí decirme.
Y la casa con recovecos y el extraño jarrón del baño.
Y la madrugada roja con intravenosas de Tiersen en su piano, lo ojos desde la penumbra que me dicen: esta es para vos, mientras deja a Tiersen y se desangra con "Hello" y yo canto gritando hacia adentro... "don't try to fix me I'm not broken / hello, I'm the lie / living for you so you can hide".
Y pienso, cada vez, que algunas anécdotas las decoro o las invento (ya ni sé, me preocupa) porque todo se me empieza a hacer borroso, como si él mismo quisiera ser olvidado o la memoria me jugara una mala pasada y quisiera acercarme más a su condición, haciéndome creer que recuerdo a alguien que nunca existió.
Quizás las señales digan que es hora de cerrar este capítulo.
No prometo nada, por las dudas.

viernes, 1 de agosto de 2008

Desajustes

Estoy hecha un desastre, desajustada. Paso 28 horas sin dormir, me acuesto a las cuatro de la tarde, duermo hasta las diez, me levanto, como, me vuelvo a acostar a las cinco de la mañana y me levanto a las cinco de la tarde... de ahí en más es como un... elija usted mismo a qué hora acostarse, que puede ser una hora totalmente disparatada. Y las horas regulares, normales para irse a la cama, suenan también como disparatadas. Estoy de vacaciones.
Y salgo, disfruto el "no hacer nada" casi con culpa, exigiéndome a mí misma sucesos dignos de grandes relatos, pero nada. No puedo comparar al gordito que me vende el carnet para los boletos con "el tipo que canta", ni la concurrencia de la mediahoradecola frente al local, como los asistentes a una función cautivadora. Las vacaciones me banalizan.
Resulta que dejo de buscarle la quinta pata al gato, suspendo las lecturas (aún más, porque antes leía entrecortadamente debido a las obligaciones) y casi únicamente dedico mis días a dormir. Y esto, en mí, se debe tomar al pie de la letra: duermo mucho.
A la noche me desvelo, pienso en todas las cosas que podría haber hecho, pero resulta que parezco ser la única persona libre en todo mi círculo social. No tengo quién me acompañe a las huidas que planeo.
Pero qué diablos. ¡Estoy de vacaciones! Y eso me da un poquito de paz entre todo el desánimo y la náusea fatal del deterioro. Miro para atrás y descubro que no he parado ni por un segundo desde marzo. Agosto me recibe con un guiño, con una sonrisa casi perversa, como susurrándome... te tengo solo para mí por dos semanas, y acaso le sonrío y asiento, porque no tengo nadie más que me lo diga.
No me voy a ningún lado. Son de esas vacaciones para quedarse en casa mirando el fuego difícil de la estufa, sentada en el sillón en penumbras, acaso leyendo algún libro que aún no he adquirido. Me merezco las vacaciones, de eso estoy segura. Aunque los resultados no digan lo mismo, trabajé muchísimo este semestre... definitivamente me las merezco.
Y a las noches... James Taylor, el señor que me bautizó con su segunda canción del disco Greatest Hits de 1976. El disco pasa tres veces sus doce canciones antes de que el insomnio sucumba...

Acepto recomendaciones literarias... y les dejo algo que he hecho y me ha costado la vida (bueno, muchas muchas horas) pero que me ha gustado bastante: este video
(esperar que abra la ventanita y cargue bien)

jueves, 24 de julio de 2008

El tipo que canta

"Hoy tocan Jazz en aquel bar
donde no pude soportar
la quemadura que en mi boca hizo una verdad"

- La primera vez que lo vi sonreír, me pareció que tenía la sonrisa de un tipo difícil, sabés a lo que me refiero, de esos tipos complicados con los que después tenés más dolores de cabeza que navidades. Pero bueno, aún así la sonrisa era divina, cautivadora, ya sabés cuánto me atrajeron siempre los complicados.
La otra la mira sobre el borde del vaso, lo apoya sobre la mesa y se acomoda en la silla sin decir palabra, esperando el resto del relato que prometía ser, como siempre en esos casos, una descripción minuciosa y enérgica.
- Y esa voz... cantaba, canta, tan bien, lástima no pude quedarme después para decirle algo... aunque no hubiera sabido qué decirle. Esa manía de imitar los vientos con la voz... ah, me enloquecía, y los movimientos compulsos cuando sigue el ritmo de la música. No miraba nunca un lugar fijo, ni siquiera a alguna persona de las que allí estaban; cada tanto algún comentario a algún conocido, un guiño de ojo a la banda, pero nada más, pura concentración de ojos cerrados. Unos ojos casi sin pestañas, que abiertos eran dos puntitos negros brillando bajo la luz tenue del sótano. Cerrados, las pestañas cortitas dibujaban una línea casi recta al final de los párpados, que en varias canciones se mantenían cerrados por largo rato.
- Pero no me digas que todo esto lo sacaste de verlo el otro día en el toque...
- ¡Claro! ¿cuándo más? No te voy a decir que me enamoré pero...
- Pero sí, conociéndote...
Sin ánimos de retrucar tal afirmación, toma un sorbo de su bebida y continúa lo que parece ser un interminable relato de todas sus observaciones.
- Y esa barba de algunos días... en principio parecía nomás una suciedad en la cara, pero a contraluz... ¡ay! a contraluz era más un detalle sexy, cautivador, que invitaba a una caricia a pesar de las alergias y las cosquillas.
Su amiga pone los ojos en blanco y sonríe, resignada al hecho de que su interlocutora seguirá con las descripciones febriles.
- Qué más decirte, que esa pequeña porción de noche en este sótano fue solo eso, yo mirando al tipo que canta, imaginándolo en cualquier otro lado menos rodeado de paredes de piedra y minitas cool.
- Pero ¿era de esa onda...?
- No. Incluso creo que está casado, al menos luce sin vergüenza un anillo, por lo que pude ver...
- Como si el resto fuera poco...
Callan. El sótano esa noche espera música tranqui y ellas están nomás de paso para tomar algo.
- Yo no sé por qué me seguís dando pelota y esuchando estas cosas.
- Porque soy tu amiga, capaz.
- Sí, pero no lo hacés como una obligación, es como si lo disfrutaras a pesar de que siempre es lo mismo.
La otra la mira con algo de vergüenza, como si hubiera sido descubierta.
- Capaz porque está bueno lo que contás, no sé, historias que nunca son pero que vos vivís como lo más carnal y apasionado del mundo.
- No me queda otra...
- Tenés un amor en cada bar.
- Y vos uno en cada puerto, no te podés quejar...

domingo, 20 de julio de 2008

Retrato de un inmortal (parte I)

El Negro pasa el mate, amarguísimo, con espumita, delicioso, como siempre que se ocupa de la ronda. Tiene los dedos un poco ásperos por el trabajo pero la sonrisa firme y atenta al definir las vueltas, las cebadas pacientes que procuran conservar la compostura del brebaje.
El Negro solía ser algo tímido. Digo solía porque todos debemos saber de alguien que nos parecía tímido pero al conocerlo mejor nos damos cuenta de que solo era apariencia. Y las apariencias con él se han ido sorteando con los años.
Hace una pausa, apoya el mate en el termo y escucha atento a quien tiene la palabra en la ronda. Vuelve a su humilde rol de cebador.
El Negro es de esas personas amables y compañeras, que siempre están pensando en detalles que a otros pueden pasarles desapercibidos. Siempre se ofrece para dar una mano, siempre de voluntario para algo, siempre promete hasta lo que duda en poder cumplir, mientras sea para ayudar a otro.
Y se manda macanas, como todos, se desubica con sus expresiones de barrio, sus comentarios de calle, sus malas palabras. Queda pegado, no pierde ocasión de quedar pegado.
Y ahora, mientras me pasa otra vez el mate y le sonrío en vez de decir gracias (si se dice 'gracias' significa que ya no querés tomar más), lo veo con sus manos sacrificadas, su boca ancha y sus cejas extrañamente pobladas, lo veo casi a través del tiempo, comprendiendo con cada sorbo exquisitamente amargo del mate, cayendo en la cuenta de esa era de inmortalidad que hemos tenido hace unos años; todos nosotros.
Y aunque esa especie de escudo contra el mundo pasó de largo y nos dejó nada más que rutina, días y horarios apretados y poco tiempo para lo que verdaderamente importa, queda una estela del ser inmortales en el mate del Negro, en los ojos de cada persona en la ronda que espera su turno para hablar, que comparte codazos y risitas sofocadas y miradas que dicen más que cualquier palabra.
Quizás después de todo seamos algo inmortales todavía.

martes, 15 de julio de 2008

Mutis por el foro

No hay hombres a los que hacerle poemas. No importa. No hay ciudad que me acueste en sus letras. No importa. No hay canciones ya que me calmen, ni teléfonos sonando, ni gramitos de memoria para nimiedades cotidianas. ¿No importa?
Esta tregua que nos da el invierno sirve para que todo huela más a vacaciones, unas vacaciones que no tengo. Aún así, respiro el sol que entibia mi ropa las pocas horas que puedo alejarme de casa rumbo al sur, para que, durante el viaje, me deshabite la culpa y la radio me ocupe los rincones. Pero una radio llena de música y extravagancias. No tengo noticias del mundo.
No importa.
Y como estoy aislada, estresada, dolida, shockeada, conmovida, perdida, anestesiada, enloquecida, confundida.... y muchos etcéteras, no tengo mucho para escribir.
Por ahora me salvan esos viajes que planeamos, las huidas caprichosas con desconocidos y los futuros encuentros.




si quieren, pasen por acá

sábado, 5 de julio de 2008

Como vos...

.


¿Puedo usar tus pinturitas? Porque yo quiero ser artista como vos...

Sabrina (4 años)


miércoles, 2 de julio de 2008

Anónima

El invierno se llena de pronósticos. Es la estación donde una voz a la mañana puede alegrarnos o arruinarnos el día. Pero en estos días me parece que los pronósticos no solo fueran importantes para el estado del tiempo, para acordarme de llevar paraguas por si llueve o decidir entre un ligero abrigo y campera-gorro-bufanda.
Hay que andarse con cuidado, no sé decidir si los pronósticos determinarán en algo o no mi vida. Ese es el gran dilema. Puede que los pronósticos ayuden en las decisiones, pero no sé si en verdad solo hacen eso o determinan el día o los días sucesivos. Cuesta saberlo.
Pronóstico de estas noches: Invariablemente sola con inestabilidades, mejorando hacia las 4 que es cuando pica el sueño.
Pronóstico para cuando hablo con ellas: Soleado, cielo despejado, desmejorando hacia la despedida.
Pronóstico de fin de semana: Tormentoso, con precipitaciones, desmejorando considerablemente hacia el domingo. Temperaturas bajas y viento huracanado.
Pronóstico para el futuro: Densamente nublado.
Y esa certeza de estar siempre "como esperando abril", aunque caminar por Montevideo se parezca más a dar vueltas en círculos que a pasear por la ciudad. Me salvan esta vez las tazas de café y la lectura, que he retomado con un entusiasmo bipolar.
Pero la certeza se disuelve por ríos de cordura, de sentido común, se apiña en las venas de la realidad y me devuelve una imagen distorsionada de mis planes.
La certeza de ser hoy y por siempre anónima.

sábado, 28 de junio de 2008

Olorcito

Inspirado por Jor

Pasás, la mayoría de las veces con la guardia baja, y, quién sabe cuándo, te sorprende ese olorcito. Llega lejano al principio, te da tiempo a pensar que te lo estás imaginando, que es otro de esos recuerdos que te asaltan cuando menos lo esperás, pero no, después se empieza a sentir más cerca y buscás apresurada de dónde proviene.
Capaz te das cuenta de que sale del cuello del que va adelante, sin rumbo en particular, sin más apuro que vos.
No es olor a perfume, es el olor del abrazo, el olor rico de buena gente o, en el peor de los casos, de otro hombre.
Y girás la cabeza, procurás huir, sobrepasarlo, pero la masa informe de gente que tapia la avenida te lo impide y suspirás suspirás suspirás, mirás hacia arriba, más que siempre. Suspirás un suspiro que no pensabas que tenías.

"Mujeres que quizás / hoy no puedas pagar / cuestionan con sus labios la verdad / de que aún seguimos vivos"

Y no hay otra. El dueño del olor sin perfume se te borra de la cabeza pero el aroma queda prendido, como cuando le das ese abrazo al tipo que te arranca el sueño y él suspira frente a tu reloj de arena.

miércoles, 25 de junio de 2008

Estas tardes de frío.

Agujereo gritos que pintan llagas en mi boca. Porque el tiempo duele cuando pasa de una mano fría a otra, cuando se entrevera entre los pelos sucios de esas niñas en edad escolar que no van a la escuela.
Pero así y todo hay que seguir levantándose a una hora decorosa, hacer los mandados, ordenar lo ordenable, cumplir con exigencias domésticas e irse uno mismo domesticando, que de eso se trata la vida, cumplir horarios de clases y dejar tiempo para que luego no nos reclamen los amigos. Hay que hacer un par de llamados telefónicos al mes, revisar el gallito, evaluar las consecuencias de las peleas, las reconciliaciones y la lista de gente a quienes ignorar. Hay que escribr, escribir, tratar de anotar cada idea que viene porque así de frágil se va y se pierde y quién sabe si no la encuentra alguien por ahí y comete malapraxis. Hay que fotografiar cada viaje en ómnibus, cada clase monótona, cada caminata de punta a punta de dieciocho, cada viejito sentado en la plaza, cada paloma y cada bichicome.
Pero de todas formas el viento volará los cartones, despeinará lo indespeinable, matará de hambre y frío a los pobladores de debajo de los puentes.
Cada calle rumiará para sus adentros su mayor o menor desdicha, pero todas serán testigos de una vida encartonada y sola.
Pero así y todo hay que seguir escuchando absurdas propuestas en la tele, sabelotodos en las radios. A veces pienso que me salvan los balcones dentro de los que imagino mi vida a mi manera. Y a veces nada más me dan ganas de acompañarlas hasta la puerta de la escuela.

martes, 17 de junio de 2008

Manías

En clase las mesas son grandes y con una superficie blanca con tramas originalísimas de rayas, producto de los sucesivos cortes con trincheta que propician los alumnos sobre ellas.
Siempre me han parecido un lugar sumamente cómodo para trabajar y piezas codiciadas para mi inventario personal.
A través de estos tres años, he descubierto una manía que tengo con respecto a las mesas de clase. Siempre hago un despliegue excepcional de objetos, independientemente del uso que pueda darles para la asignatura concreta.
Hoy me detuve a pensarlo y contemplé a mi alrededor. En mi correspondiente "sector" de la mesa -en esa clase la compartíamos entre tres personas- estaban: mi pequeño bolso, abierto y un poco gastado, compañero y cómplice de idas y venidas, de glamour, lluvia y encuentros soñados; una enorme cartuchera, un tanto infantil, que quienes me conocen saben reconocer como mía; la agenda, objeto que alberga más manías (las listas de cosas pendientes, las crónicas de diversos sucesos); mi infaltable y casera libretita ovejanegra; dos revistas freeway, primero de estos objetos que tenía que ver con la clase; "Cartas a mi madre", de Sylvia Plath, libro que leo actualmente con estupor y entusiasmo; un gorrito de pana y unas cuantas impresiones de trabajos para otra clase.
Miro todos los objetos y sonrío. ¡Sufro tanto en las clases teóricas con bancos pequeñísimos!
Eso ahí en la mesa soy yo hoy, eso allí es mi estado de ánimo, mi pequeño mundo, mi historia, mi vida, de cierta forma.
Alguna persona observadora sería capaz de aprender y saber muchas cosas sobre mí estudiando esta maniática costumbre de desparramar mi ser en las mesas de la universidad. Imagino a alguno de los que me conoce sonriendo al figurarse que esto es fácilmente comprobable.