quiero hacer que antes
se llueva enteramente en cuál comienzo
y en algunos otros finales
acaso este ser es pájaro, es nada
como un ala desprendida de algún cuerpo
tener sólo el verbo entre las plumas
saber que volar se parece a eso
metonimia anclada en el silencio de las cosas.
hacer que antes
sea destino
aparecerme pero nueva
y con remiendos
sin cicatrices
amanecer de gusto, de ganas, de perdidas
incontrolables o enceguecidas ganas
pero nueva.
jueves, 25 de noviembre de 2010
lunes, 22 de noviembre de 2010
Aguas
Alguien siente el agua repicando contra el casco del barco.
Alguien siente el agua contra la escollera esperando que caiga la noche.
Sienten el agua rompiéndose en la orilla de una playa superpoblada mientras enero es bienvenido con sonrisas.
Sienten más agua chocando contra el casco de un barco.
Alguien siente el agua burbujeando ante el primer hervor para el té que curará su malestar.
Alguien siente el agua correr finitamente mientras duerme boca arriba en la oscuridad.
Sienten el agua de la ducha rebotando contra sus cuerpos nuevos, engarzados entre sí, en la duda y un rastro de luz.
Alguien siente el agua en una dársena durante un paseo nocturno.
Presienten el agua agitándose levemente detrás de los mostradores.
Alguien siente el agua regresar y contaminarle el sueño.
martes, 16 de noviembre de 2010
Quietud
"Se tiene el corazón que se trae por defecto"
Jorge Drexler - Aquiles por su talón es Aquiles
A veces ahí hay un gran ventanal, ahí enfrente, sin cristal contra el que estrellarse, con la facilidad y la inmensidad que le aguarda a cualquier pájaro en una rama. Pero no, no es cuestión de andar saltando todos los días, dejar esos desperdicios en la vereda, imaginarse el horror del trayecto.
Las ganas se guardan para una próxima vez. Como las ganas de acariciar aquello que dormía junto a nosotros tiempo atrás. Como las ganas de comprar el libro lleno de láminas con reproducciones de pintura. Como las ganas de James Taylor en el trayecto del puerto a la casa, esa noche de tormenta por rutas de primera vez y ya nunca, en esa Roadmovie que planeamos y nunca tuvimos. Como las ganas de saber más nombres, de tener menos miedos, de ganar más batallas de esas que se acurrucan en el calendario.
Si el primer día del año determinara el destino del mismo, debería llenar cada renglón del almanaque de alegrías, emociones y sonrisas. Pero al cabo, también hay inmensos mares o accidentes geográficos que no salen en las noticias, para vengarse de su suerte maltratándonos la espera.
A veces ahí, en lugar del ventanal, un espejo en el que nos miramos y simplemente nos vemos convertidos en una Penélope atemporal.
Tejemos, esperamos, pero a Ulises en verdad se lo llevaron consigo las sirenas.
Jorge Drexler - Aquiles por su talón es Aquiles
A veces ahí hay un gran ventanal, ahí enfrente, sin cristal contra el que estrellarse, con la facilidad y la inmensidad que le aguarda a cualquier pájaro en una rama. Pero no, no es cuestión de andar saltando todos los días, dejar esos desperdicios en la vereda, imaginarse el horror del trayecto.
Las ganas se guardan para una próxima vez. Como las ganas de acariciar aquello que dormía junto a nosotros tiempo atrás. Como las ganas de comprar el libro lleno de láminas con reproducciones de pintura. Como las ganas de James Taylor en el trayecto del puerto a la casa, esa noche de tormenta por rutas de primera vez y ya nunca, en esa Roadmovie que planeamos y nunca tuvimos. Como las ganas de saber más nombres, de tener menos miedos, de ganar más batallas de esas que se acurrucan en el calendario.
Si el primer día del año determinara el destino del mismo, debería llenar cada renglón del almanaque de alegrías, emociones y sonrisas. Pero al cabo, también hay inmensos mares o accidentes geográficos que no salen en las noticias, para vengarse de su suerte maltratándonos la espera.
A veces ahí, en lugar del ventanal, un espejo en el que nos miramos y simplemente nos vemos convertidos en una Penélope atemporal.
Tejemos, esperamos, pero a Ulises en verdad se lo llevaron consigo las sirenas.
lunes, 8 de noviembre de 2010
Día de campo
Hace un año esta canción era una cosa totalmente diferente. Hablaba inevitablemente de los viajes no hechos y daba pie para escribir sobre ellos, sobre alguno en particular, con compañías precisas, con metas claras.
Hace ya demasiado tiempo de esto y parte de esos viajes, uno en particular, no se realizó nunca. Los viajes pendientes siempre son una especie de picazón ineludible.
Hoy la misma canción se cuela en un día de sol increíble, la paz de un parque muy muy lejano, la compañía de tíos, primos, hermanos con los que no nos unen lazos de sangre sino de compartir la vida desde hace muchísimos años.
Los árboles y los mosquitos, los juegos que desatamos con gritos después de comer, las guerrillas de agua, las charlas interminables, la siesta, las caminatas en solitario, los libros que intercambiamos, la música en los auriculares, los pies descalzos sobre el pasto, los mates, la comida, los silencios, la infinidad de insectos que nos rodean, las risas y los chistes, las hamacas, los juegos de niños poblados por adultos, el tobogán rojo, la media hora de soledad bajo los pinos, la ruta de ida y la de vuelta, la luna nueva enrojecida asomando por el horizonte, las estrellas en el cielo y en el pasto esas estrellas móviles, al costado de la carretera; la música fuerte, las despedidas transitorias al final de la jornada.
El pasto y el sol. Y ser libre. Y no pensar en el lunes, no pensar en que hay otra vida aparte de una vida en la tranquilidad de uno mismo.
El sueño, el cansancio por tanto descansar.
La incapacidad de imaginar pesadillas.
El sol, el pasto y el sol, el agua fresca...
Y yo... me voy...
explicado por
Eclipse
a las
5:57 p.m.
y tiene connotación de
diarios de viaje,
música,
personal,
prosa
jueves, 21 de octubre de 2010
Atropelladamente algo
Porque a veces un poco o no queda nada, pero siempre algo, creo que sí, que me nace, el avión gastado de mis siete años, que aparecía siempre, juro que era el mismo, cuando almorzaba, apurada para ir a la escuela, en el porche del fondo, mi abuela alimentando la vagancia que seguramente deje en herencia a quién sabe si generaciones. Aunque a nadie, ya era grande, después, con diecisiete, hablaba de no nacer, de no regalar pares de ojos al mundo, hoy leo letras deformes, que no parecen mías, en cuadernos con olor a humedad, me digo que es demasiado cliché, eso, oler cuadernos con humedad que contienen viejos textos. Pero igual los miro. Y soy demasiadamente otra. Aunque ninguna, una parte, la fiebre de eso que empezó por ser nostalgia, eso que, juro, era mejor que ahora. No de verdad, sino distinto, manteniendo proporciones. Yo creo que porque una sabe más. Cuando nada sabía, cuando tenía diecisiete y escribía poemas demasiado lindos para mi edad (o demasiado terribles, no aptos ni para mí como público) tenía la certeza del camino hacia adelante, la voluntad de recorrerlo, una fina, finitísima certeza de precocidad que alimentaba, inconscientemente, el ego. Hoy veintidós es nada, a veces malgasto tres o cuatro palabras en renglones que no me gustan. Perdí mi libreta, debe estar enterrada entre papeles y cosas que se amontonan sobre el escritorio. No tengo excusas para escribir en los ómnibus y las plazas ahora me miran con cara de pocos amigos. Pero alguna vez fui esas libretas. Tuve veinte, diecinueve, después veintiúno y quizás por algún tiempo, después, unos breves dieciocho repetidos. Fui enteramente sabia, como son sabias en algún punto las personas que ignoran todo. El pronóstico me anunciaba grandiosa, probablemente con el pelo largo y una sonrisa Colgate.
Yo fui uno a uno desatando los nuditos, pelando cables de teléfono, levantándome más y más tarde hasta atrasar completamente los relojes. No hay pronósticos y densamente nublado. Probabilidad de precipitaciones. Aguanieve. Cara al sol con vientos huracanados que ya no me despeinarán porque no tengo el pelo por las rodillas.
Yo fui uno a uno desatando los nuditos, pelando cables de teléfono, levantándome más y más tarde hasta atrasar completamente los relojes. No hay pronósticos y densamente nublado. Probabilidad de precipitaciones. Aguanieve. Cara al sol con vientos huracanados que ya no me despeinarán porque no tengo el pelo por las rodillas.
explicado por
Eclipse
a las
10:47 p.m.
y tiene connotación de
ciudad,
fotografía,
personal,
pires,
prosa,
reflexión
jueves, 14 de octubre de 2010
Mariposas y cometas
El domingo hubo sol. Hubo mariposas en algún lugar en que no estuve y también cometas que no vi.
Aún así, todo eso se intuía.
Caminaba adjunta a las condiciones atmosféricas, los últimos momentos de una feria que me hace descubrir un libro hermoso y regordete, "se lo dejo en 160", pagar y seguir, mirar, ejercer el ritual del almuerzo comprado en el mismo lugar cada vez que una anda por allí.
El domingo hubo sol adentro de los arrolladitos primavera, de los cereales dulces, de las pocas palabras relojeadas entre las hojas, en la plaza de los 33...
Otro lugar lleno de libros me hace levantar la cabeza y lo veo. Sonrío. Un enorme libro reposa en la estantería más alta de un puesto que engaña diciendo que todo son ofertas.
Freud. No el psicoanalista, el otro.
La gente interrumpe el paso, apenas una puede preguntar el precio, pero la masa también ofrece abrigo, hace pasar desapercibidos los ojos que amenazan con anegarse, taladrados por recuerdos en cascadas.
Freud. El otro. La misma época, la primavera de otro año visita ese instante y se llena de una mezcla de nostalgia y paz, una recuerda el encantamiento por ese pintor que alguien supo darle a conocer, en una primavera en que todo era detalle, mimo y canción.
La calle principal, en domingo, me hace respirar hondo. No es la avenida alienante de los días de semana.
Bajo al subte, miro fotos y siento escaparse la primavera allá arriba. Salgo encandilada por un sol que me susurra al oído que aún queda día por delante y algo, sin saber por qué, me recuerda el sabor a los muffins de Great Harvest que llevan (y suspiro al sacar la cuenta) siete años sin visitar mi boca.
El día se puebla de largas caminatas. Freud, el otro, sigue en mi cabeza. No es el mismo libro que vi por fotos, con una recomendación emocionada, en aquella otra primavera. Maldigo no haberlo ojeado.
Recuerdo las cosas que me gustan de él, las perspectivas forzadas, el realismo combinado con una antinaturalidad casi caprichosa, los rostros y cuerpos hechos de pinceladas, los retratos inquietantes. Las cosas que me gustan de él, de Freud, el otro Freud. Y también, despacio y con serenidad, se cuelan las cosas que supieron gustarme de él, del otro.
Sonrío... es como las mariposas y las cometas que no veo, pero intuyo.
Aún así, todo eso se intuía.
Caminaba adjunta a las condiciones atmosféricas, los últimos momentos de una feria que me hace descubrir un libro hermoso y regordete, "se lo dejo en 160", pagar y seguir, mirar, ejercer el ritual del almuerzo comprado en el mismo lugar cada vez que una anda por allí.
El domingo hubo sol adentro de los arrolladitos primavera, de los cereales dulces, de las pocas palabras relojeadas entre las hojas, en la plaza de los 33...
Otro lugar lleno de libros me hace levantar la cabeza y lo veo. Sonrío. Un enorme libro reposa en la estantería más alta de un puesto que engaña diciendo que todo son ofertas.
Freud. No el psicoanalista, el otro.
La gente interrumpe el paso, apenas una puede preguntar el precio, pero la masa también ofrece abrigo, hace pasar desapercibidos los ojos que amenazan con anegarse, taladrados por recuerdos en cascadas.
Freud. El otro. La misma época, la primavera de otro año visita ese instante y se llena de una mezcla de nostalgia y paz, una recuerda el encantamiento por ese pintor que alguien supo darle a conocer, en una primavera en que todo era detalle, mimo y canción.
La calle principal, en domingo, me hace respirar hondo. No es la avenida alienante de los días de semana.
Bajo al subte, miro fotos y siento escaparse la primavera allá arriba. Salgo encandilada por un sol que me susurra al oído que aún queda día por delante y algo, sin saber por qué, me recuerda el sabor a los muffins de Great Harvest que llevan (y suspiro al sacar la cuenta) siete años sin visitar mi boca.
El día se puebla de largas caminatas. Freud, el otro, sigue en mi cabeza. No es el mismo libro que vi por fotos, con una recomendación emocionada, en aquella otra primavera. Maldigo no haberlo ojeado.
Recuerdo las cosas que me gustan de él, las perspectivas forzadas, el realismo combinado con una antinaturalidad casi caprichosa, los rostros y cuerpos hechos de pinceladas, los retratos inquietantes. Las cosas que me gustan de él, de Freud, el otro Freud. Y también, despacio y con serenidad, se cuelan las cosas que supieron gustarme de él, del otro.
Sonrío... es como las mariposas y las cometas que no veo, pero intuyo.
sábado, 9 de octubre de 2010
Café con leche (parte 3)
Tenía una suerte de mitología personal en la que se permitía ciertas máximas excéntricas o risiblemente categóricas.
“Días raros, los nublados”, se dijo, al salir esa mañana. No estaba elaborando un pensamiento sino repitiéndose una frase, construida dentro de esa mitología, que ya daba por hecha. Miró el cielo con un desencanto aumentado, adquirido por la noche, propulsado por el extraño comienzo del día y potenciado nuevamente con la contemplación del firmamento.
Pensar el cielo como “firmamento” le llevaba a asociar, inexplicablemente, una relación similar entre “tela” y “lienzo”. Reconocía la deformación profesional, pero devenir más de una vez en esta conclusión le hacía creer que la comparación estaba resguardada a salvo en alguna parte de su cerebro y que no era un mero accidente o una construcción poética momentánea.
Cielo-tela, lienzo-firmamento… Y aunque no lograba conectar del todo esto con la idea que tenía sobre dicha comparación, le parecía de una lógica obvia, pero inexplicable por él.
Ahora esto se sumaba a su estado de las últimas horas. Las conexiones que le parecían imposibles de explicar le sobrevenían una y otra vez, como una fuerza brutal desconocida atentando contra las últimas barreras de cordura que por entonces gobernaban algunos episodios de su vida.
No sabía cómo plasmar un color que tenía clarísimo en todos sus sentidos, no podía explicar la relación doble entre cielo-firmamento y lienzo-tela, aunque le parecía adecuada y convergía en un montón de aspectos que desde su trabajo solía abordar. Sin dudas el cielo encapotado le turbaba también las ideas.
Quizás la noche anterior ya estuviese así de nublado y era allí donde había comenzado la neblina en su percepción. Este último pensamiento le hizo sonreír de costado, en medio de la caminata rutinaria hacia el supermercado; le daba cierta esperanza, que su espíritu pesimista se encargó de despejar.
Se aprovisionó de cosas importantes sin dejar de meditar que le esperaba un día raro, complicado, apelando a un paralelismo psicocósmico de pacotilla, mezclando lo más banal y lo tangible, con sus devenires existenciales.
El día se hacía insolentemente visible para él. Sin dudas prefería la noche.
Acostumbraba disfrutar secretamente los días de trabajo, casi sin confesárselo a sí mismo, pero no se comparaban a la encantadora potencia de la noche. Para comprobar esa máxima sobre los días nublados, estaba siendo un día raro desde que algo le había hecho levantarse a la mañana. Generalmente dormía hasta tarde, como haciendo ruido para el día, intoxicándose de sol perdido, de los beneficios, que le propinaban las horas antes de las tres, desperdiciados. Dormir poco, además, lo involucraba en situaciones de malhumor que sólo sufría él para consigo mismo.
Pasó por un bar en que el pizarrón con el menú le hizo recordar en qué día vivía, pero luego de reaccionar ante el descubrimiento de que lo ignoraba hasta el momento, decidió que no era para nada importante. Uno más.
“Pero no uno menos”, se dijo a sí mismo, sin saber mucho qué significaba aquello.
La noche también estaba nublada, pero hacía calor y a través de la ventana abierta olía la luna oculta, imaginándola hermosa pero con un gesto desconocido, por encima del vagón de nubes que todavía marchaba a paso lento por la ciudad. La sabía luminosa, por un instante quiso que lo sorprendiera algún rayo poderoso, capaz de atravesar la espesura de algodones y bañarlo hondamente. Jugaba con la idea de un baño lunar que pudiera curarle aquella apestosa languidez creativa.
La luz del contestador parpadeaba desde que tenía recuerdos de ese día…
“Días raros, los nublados”, se dijo, al salir esa mañana. No estaba elaborando un pensamiento sino repitiéndose una frase, construida dentro de esa mitología, que ya daba por hecha. Miró el cielo con un desencanto aumentado, adquirido por la noche, propulsado por el extraño comienzo del día y potenciado nuevamente con la contemplación del firmamento.
Pensar el cielo como “firmamento” le llevaba a asociar, inexplicablemente, una relación similar entre “tela” y “lienzo”. Reconocía la deformación profesional, pero devenir más de una vez en esta conclusión le hacía creer que la comparación estaba resguardada a salvo en alguna parte de su cerebro y que no era un mero accidente o una construcción poética momentánea.
Cielo-tela, lienzo-firmamento… Y aunque no lograba conectar del todo esto con la idea que tenía sobre dicha comparación, le parecía de una lógica obvia, pero inexplicable por él.
Ahora esto se sumaba a su estado de las últimas horas. Las conexiones que le parecían imposibles de explicar le sobrevenían una y otra vez, como una fuerza brutal desconocida atentando contra las últimas barreras de cordura que por entonces gobernaban algunos episodios de su vida.
No sabía cómo plasmar un color que tenía clarísimo en todos sus sentidos, no podía explicar la relación doble entre cielo-firmamento y lienzo-tela, aunque le parecía adecuada y convergía en un montón de aspectos que desde su trabajo solía abordar. Sin dudas el cielo encapotado le turbaba también las ideas.
Quizás la noche anterior ya estuviese así de nublado y era allí donde había comenzado la neblina en su percepción. Este último pensamiento le hizo sonreír de costado, en medio de la caminata rutinaria hacia el supermercado; le daba cierta esperanza, que su espíritu pesimista se encargó de despejar.
Se aprovisionó de cosas importantes sin dejar de meditar que le esperaba un día raro, complicado, apelando a un paralelismo psicocósmico de pacotilla, mezclando lo más banal y lo tangible, con sus devenires existenciales.
El día se hacía insolentemente visible para él. Sin dudas prefería la noche.
Acostumbraba disfrutar secretamente los días de trabajo, casi sin confesárselo a sí mismo, pero no se comparaban a la encantadora potencia de la noche. Para comprobar esa máxima sobre los días nublados, estaba siendo un día raro desde que algo le había hecho levantarse a la mañana. Generalmente dormía hasta tarde, como haciendo ruido para el día, intoxicándose de sol perdido, de los beneficios, que le propinaban las horas antes de las tres, desperdiciados. Dormir poco, además, lo involucraba en situaciones de malhumor que sólo sufría él para consigo mismo.
Pasó por un bar en que el pizarrón con el menú le hizo recordar en qué día vivía, pero luego de reaccionar ante el descubrimiento de que lo ignoraba hasta el momento, decidió que no era para nada importante. Uno más.
“Pero no uno menos”, se dijo a sí mismo, sin saber mucho qué significaba aquello.
La noche también estaba nublada, pero hacía calor y a través de la ventana abierta olía la luna oculta, imaginándola hermosa pero con un gesto desconocido, por encima del vagón de nubes que todavía marchaba a paso lento por la ciudad. La sabía luminosa, por un instante quiso que lo sorprendiera algún rayo poderoso, capaz de atravesar la espesura de algodones y bañarlo hondamente. Jugaba con la idea de un baño lunar que pudiera curarle aquella apestosa languidez creativa.
La luz del contestador parpadeaba desde que tenía recuerdos de ese día…
lunes, 4 de octubre de 2010
Café con leche (parte 2)
El suelo estaba frío, pero agradable. La sensación táctil en ese extremo de su cuerpo lo llevó a pensar que no recordaba cuándo ni cómo se había quitado los zapatos y las medias. Se miró el resto del cuerpo: seguía vestido.
A veces pensaba su vida en tercera persona, relatando los momentos -por más intrascendentes que fueran- como si estuviese escribiendo su propia historia: cada tanto algún capítulo suelto que se perdía entre marañas de pensamiento y cosas que ocupaban su mente a diario.
Entonces prefería no empezar los capítulos pensando (hablando en silencio) que el despertador sonaba y volvía a la vigilia, porque le parecía cliché. Prefería identificar cosas más particulares de su comienzo del día y empezar a relatarse a sí mismo alguna sensación física que le trajera pensamientos de otro orden, alguna anotación mental sobre lo primero que pensó al clarificar su mente, algún resto de sueño del día anterior, pero evitando, nuevamente, caer en lugares comunes. No se permitía "despertar sudoroso luego de una pesadilla", aunque efectivamente a veces le sucediera eso, ni tampoco comenzar a relatarse mudamente todo un sueño y luego darse cuenta, para sí mismo, que en realidad estaba despertando a otra cosa.
Se levantó y fue directo a la cocina, tenía una molestia en el estómago. Sentía una especie de abismo en las entrañas, como si algo le faltara, que no era exactamente una sensación de hambre -aunque no recordaba la última vez que había ingerido algo que no fuera alcohol-. Abrió un armario y sacó algo de pan, pensando inmediatamente en que debía comprar más y buscando en la heladera algo untable con que acompañar esa pobreza matinal.
Instintivamente, más por algo adquirido desde la infancia que por planear un desayuno, decidió curar esa especie de inanición con algo que le llenaba el estómago, según recordaba, y lo engañaba por un rato.
Revolvió el café con el azúcar, con unas gotas de agua, lo batió, miró esa sustancia amarga y dulce a la vez, que siempre -seguía con recuerdos de la infancia- le daba ganas de ingerir en ese estado casi sólido. Vertió la leche, revolvió, puso la taza en el microondas, esperó.
No fue sino hasta que se sentó en un sillón incómodo que constantemente le hacía pensar en que debía conseguir uno nuevo, hasta el momento en que terminaba de tragar el pan con mermelada y se disponía a reposar en el sillón y a beber el contenido de esa taza, en que comenzó la cascada de recuerdos de la noche anterior.
Una angustia le revolvió el estómago, que giraba como el café con leche de la taza al que recién había sacado la cuchara después de revolverlo por inercia durante unos minutos. El color imperfecto del café con leche hacía estragos en los principios de esa obsesión que sospechaba. La solución más fácil que se le vino a la mente (aunque pintoresca, no podía negarlo) era muy tonta: pintar con eso mismo, con el café con leche de esa mañana, pero ni bien concibió la idea, la descartó con un bufido y una sensación de rechazo hacia sí mismo. No sería la primera vez que alguien pintara con café, tampoco que alguien lo hiciera con una sustancia diferente a los pigmentos convencionales, justamente su pretensión no era la de trasgredir en los medios sino curarse a sí mismo de la pavorosa sensación de inutilidad que estos le daban, a los efectos de lo que se proponía.
La empresa lo obsesionaba, como ya había predicho. Recordaba, mantenía en su retina todos los rasgos de esa mujer de sonrisa imperfecta y linda, la forma en que las partes de su cara combinaban a la perfección a pesar de parecer tomadas de diferentes personas. También recordaba a la perfección su piel y su color, pero no era capaz de concebirlo empíricamente como lo era para él.
Se quedó mirando el café con leche hasta que pasaron quién sabe cuántos minutos en que la superficie ya no giraba, la espuma casi no existía y quizás estuviese un poco frío. No pudo tomarlo, se paró de golpe y fue a tirarlo a la pileta de la cocina, dejándolo caer al azar.
No podía ser, pensaba, mientras recibía nuevas sensaciones punzantes en alguna parte de su cuerpo parecida al estómago o la cabeza, mientras veía cómo esa sustancia se desplegaba mágicamente sobre el plateado oscuro de la superficie de la pileta, alcanzando tonalidades fluctuantes que -se juraba y perjuraba- sólo había visto aquella noche y una vez más se le escapaban, se iban, literalmente, por el caño.
A veces pensaba su vida en tercera persona, relatando los momentos -por más intrascendentes que fueran- como si estuviese escribiendo su propia historia: cada tanto algún capítulo suelto que se perdía entre marañas de pensamiento y cosas que ocupaban su mente a diario.
Entonces prefería no empezar los capítulos pensando (hablando en silencio) que el despertador sonaba y volvía a la vigilia, porque le parecía cliché. Prefería identificar cosas más particulares de su comienzo del día y empezar a relatarse a sí mismo alguna sensación física que le trajera pensamientos de otro orden, alguna anotación mental sobre lo primero que pensó al clarificar su mente, algún resto de sueño del día anterior, pero evitando, nuevamente, caer en lugares comunes. No se permitía "despertar sudoroso luego de una pesadilla", aunque efectivamente a veces le sucediera eso, ni tampoco comenzar a relatarse mudamente todo un sueño y luego darse cuenta, para sí mismo, que en realidad estaba despertando a otra cosa.
Se levantó y fue directo a la cocina, tenía una molestia en el estómago. Sentía una especie de abismo en las entrañas, como si algo le faltara, que no era exactamente una sensación de hambre -aunque no recordaba la última vez que había ingerido algo que no fuera alcohol-. Abrió un armario y sacó algo de pan, pensando inmediatamente en que debía comprar más y buscando en la heladera algo untable con que acompañar esa pobreza matinal.
Instintivamente, más por algo adquirido desde la infancia que por planear un desayuno, decidió curar esa especie de inanición con algo que le llenaba el estómago, según recordaba, y lo engañaba por un rato.
Revolvió el café con el azúcar, con unas gotas de agua, lo batió, miró esa sustancia amarga y dulce a la vez, que siempre -seguía con recuerdos de la infancia- le daba ganas de ingerir en ese estado casi sólido. Vertió la leche, revolvió, puso la taza en el microondas, esperó.
No fue sino hasta que se sentó en un sillón incómodo que constantemente le hacía pensar en que debía conseguir uno nuevo, hasta el momento en que terminaba de tragar el pan con mermelada y se disponía a reposar en el sillón y a beber el contenido de esa taza, en que comenzó la cascada de recuerdos de la noche anterior.
Una angustia le revolvió el estómago, que giraba como el café con leche de la taza al que recién había sacado la cuchara después de revolverlo por inercia durante unos minutos. El color imperfecto del café con leche hacía estragos en los principios de esa obsesión que sospechaba. La solución más fácil que se le vino a la mente (aunque pintoresca, no podía negarlo) era muy tonta: pintar con eso mismo, con el café con leche de esa mañana, pero ni bien concibió la idea, la descartó con un bufido y una sensación de rechazo hacia sí mismo. No sería la primera vez que alguien pintara con café, tampoco que alguien lo hiciera con una sustancia diferente a los pigmentos convencionales, justamente su pretensión no era la de trasgredir en los medios sino curarse a sí mismo de la pavorosa sensación de inutilidad que estos le daban, a los efectos de lo que se proponía.
La empresa lo obsesionaba, como ya había predicho. Recordaba, mantenía en su retina todos los rasgos de esa mujer de sonrisa imperfecta y linda, la forma en que las partes de su cara combinaban a la perfección a pesar de parecer tomadas de diferentes personas. También recordaba a la perfección su piel y su color, pero no era capaz de concebirlo empíricamente como lo era para él.
Se quedó mirando el café con leche hasta que pasaron quién sabe cuántos minutos en que la superficie ya no giraba, la espuma casi no existía y quizás estuviese un poco frío. No pudo tomarlo, se paró de golpe y fue a tirarlo a la pileta de la cocina, dejándolo caer al azar.
No podía ser, pensaba, mientras recibía nuevas sensaciones punzantes en alguna parte de su cuerpo parecida al estómago o la cabeza, mientras veía cómo esa sustancia se desplegaba mágicamente sobre el plateado oscuro de la superficie de la pileta, alcanzando tonalidades fluctuantes que -se juraba y perjuraba- sólo había visto aquella noche y una vez más se le escapaban, se iban, literalmente, por el caño.
jueves, 30 de septiembre de 2010
Café con leche
Le encantó, sobre todo, su piel desprolijamente oscura. No mucho, apenas un tono más oscuro que lo normal pero como si estuviese pintada de ese color, el pelo enmarcándole la cara en ese corte negro y desparejo, sin entender mucho qué era flequillo y qué no en su cara, que le sonreía desde el comienzo como si le hubiese hecho un regalo hermoso.
La película estuvo bien, todas las charlas estuvieron bien, pero no dejaba de sonreír ante su cuello café con leche, con manchas de a ratos más oscuras, que en el interior de algún bar del después y tras evidentes efectos de algo de alcohol, empezaron a bailar por propia voluntad.
La sonrisa sacudida por el corte de pelo, el escote que esta vez sólo le interesaba por un color al que no podía definir, la nariz perfecta y unos ojos tan pero tan normales, que no podían ser más hermosos.
Sabía lo que le esperaría al regreso, sabía que no podría con su obsesión e intentaría pintar ese color en vano. Le saldría de maravillas dibujar cientos de caras que se parecieran a ella, aún si sólo la hubiese visto por algunos segundos, sin tener su perfume floral durante las dos horas de película atentando contra sus instintos y su perfil iluminado de a ratos a unos centímetros de distancia. Pero no ese color, nunca lograría dar con el tono, con la ridiculez ingeniosa de esas imperfectas manchas, que no parecían manchas sino un capricho de la piel, pero hermosa, de un color mutante y anestésico, aunque a la vez inquietante.
Sabía que no podría, que lo atormentaría ese hecho más que el pensar en una segunda salida, en una demostración de interés de su parte, en los mails o mensajes de texto respondidos. La obsesión continuaría y mientras ella ampliaba aún más su sonrisa antes de cada nuevo trago de cerveza, maquinaba formas extravagantes de capturar aquel color que pese a la luz tenue del bar, conseguía ver como la primera vez que brilló en la calle, bajo el sol, en un encuentro temprano que parecía no haber sucedido ese mismo día sino meses atrás.
Noche eterna, se dijo. No pensaba llevarla a la cama, tener sexo hasta hartarse, ni siquiera dormir junto a ella, sólo quería absorber, de alguna manera, ese color, tragárselo, bebérselo o inyectárselo para luego volcarlo sobre la tela, riéndose de las manchas que jugarían solas sobre el lienzo virgen.
Hablaba, no sabía de qué hablaba, se dejaba llevar por conversaciones que apenas comprendía, mientras su mente trabajaba a mil por encontrar el método, la forma de capturar ese tono particular y hermoso que hacía juego con sus caravanas extrañas y pendulares.
Se despidieron en una esquina, cuando ella se subió a un taxi, previo beso en la mejilla y quizás eso fue un pequeño tizne de esperanza. Su mejilla, con la barba de días sintió por primera vez el roce de esa piel que contenía todo el color que le había fascinado. Como un niño, quedó tomándose la mejilla con la mano, mientras veía el taxi subir por la avenida y doblar en una calle de nombre que desconocía, hacia la dirección que ella le hubiera dado al chofer y también desconocía.
Así caminó las veintipico de cuadras hasta su casa; así, vestido, se durmió, con la esperanza de tener en ese lado de la cara el futuro para la perfección de su obra. Aún sentía su olor y al cerrar los ojos tenía pegado su rostro en la retina...
(continuará) (o no)
La película estuvo bien, todas las charlas estuvieron bien, pero no dejaba de sonreír ante su cuello café con leche, con manchas de a ratos más oscuras, que en el interior de algún bar del después y tras evidentes efectos de algo de alcohol, empezaron a bailar por propia voluntad.
La sonrisa sacudida por el corte de pelo, el escote que esta vez sólo le interesaba por un color al que no podía definir, la nariz perfecta y unos ojos tan pero tan normales, que no podían ser más hermosos.
Sabía lo que le esperaría al regreso, sabía que no podría con su obsesión e intentaría pintar ese color en vano. Le saldría de maravillas dibujar cientos de caras que se parecieran a ella, aún si sólo la hubiese visto por algunos segundos, sin tener su perfume floral durante las dos horas de película atentando contra sus instintos y su perfil iluminado de a ratos a unos centímetros de distancia. Pero no ese color, nunca lograría dar con el tono, con la ridiculez ingeniosa de esas imperfectas manchas, que no parecían manchas sino un capricho de la piel, pero hermosa, de un color mutante y anestésico, aunque a la vez inquietante.
Sabía que no podría, que lo atormentaría ese hecho más que el pensar en una segunda salida, en una demostración de interés de su parte, en los mails o mensajes de texto respondidos. La obsesión continuaría y mientras ella ampliaba aún más su sonrisa antes de cada nuevo trago de cerveza, maquinaba formas extravagantes de capturar aquel color que pese a la luz tenue del bar, conseguía ver como la primera vez que brilló en la calle, bajo el sol, en un encuentro temprano que parecía no haber sucedido ese mismo día sino meses atrás.
Noche eterna, se dijo. No pensaba llevarla a la cama, tener sexo hasta hartarse, ni siquiera dormir junto a ella, sólo quería absorber, de alguna manera, ese color, tragárselo, bebérselo o inyectárselo para luego volcarlo sobre la tela, riéndose de las manchas que jugarían solas sobre el lienzo virgen.
Hablaba, no sabía de qué hablaba, se dejaba llevar por conversaciones que apenas comprendía, mientras su mente trabajaba a mil por encontrar el método, la forma de capturar ese tono particular y hermoso que hacía juego con sus caravanas extrañas y pendulares.
Se despidieron en una esquina, cuando ella se subió a un taxi, previo beso en la mejilla y quizás eso fue un pequeño tizne de esperanza. Su mejilla, con la barba de días sintió por primera vez el roce de esa piel que contenía todo el color que le había fascinado. Como un niño, quedó tomándose la mejilla con la mano, mientras veía el taxi subir por la avenida y doblar en una calle de nombre que desconocía, hacia la dirección que ella le hubiera dado al chofer y también desconocía.
Así caminó las veintipico de cuadras hasta su casa; así, vestido, se durmió, con la esperanza de tener en ese lado de la cara el futuro para la perfección de su obra. Aún sentía su olor y al cerrar los ojos tenía pegado su rostro en la retina...
(continuará) (o no)
viernes, 24 de septiembre de 2010
Algo de lo que una hace...
Proyecto de investigación fotográfica con fines académicos. No suelo mostrar mi producción académica por acá, pero hoy me dieron ganas y además prometí a cierta gente compartírsela.
Las fotos llevan un texto explicativo que va más abajo. El texto suena un poco grandilocuente para lo que fue la investigación (tiempos, motivaciones, etc.), pero es un terreno que continúo explorando, por otros lados.
Es largo, aviso.

“La diferencia entre la belleza de expresión y el poder de la expresión es la función. La primera aspira a complacer los sentidos; la segunda tiene la vitalidad espiritual que es mucho más conmovedora y va más allá de los sentidos.”
Henry Moore
Mi investigación fotográfica comenzó fuera del obturador, con el ojo lejos de la cámara en el sentido físico, pero no en un sentido más metafórico. El proyecto de investigación tuvo diferentes procesos que constituyeron una investigación en sí misma.
La elección de un “tema” era algo que me preocupaba y hacía que abriera mis ojos, como decía antes, a lo que me rodeaba, ni siquiera para encontrarlo en el sentido de hilo conductor estético o narrativo, sino para encontrar lo que fuera que necesitara para el proyecto de investigación o una foto particular.
Después de recorrer lugares geográficos, mentales, textuales y espaciales, varias ideas acudieron y también la necesidad de elegir una. De allí devino mi intención temática, no como un punto de partida sino como una revelación después de ver una gran cantidad de fotos sacadas con la consigna de “lo que me atrajera”.
Constituida esta parte del proceso, vino la temática, la indagación bibliográfica (que no expondré aquí) y personal, dentro de mi poco o mucho bagaje cultural.
¡Enmarquemos! Hay tanta cosa enmarcada por ahí. El marco, históricamente, ha tenido una función desde el arte que, aunque me parece prescindible desarrollar ahora, no deja de ser importante.
El marco me sugirió el tema de la museificación y decidí tomarlo de manera, podría decirse, irónica. El marco como adorno, como encuadre de elementos a resaltar, implica una intención de museificación que me gusta cuestionar. Históricamente el marco, en determinadas épocas, no era cuestión de azar, sino algo a elegir, algo a diseñar, a tener en cuenta, tanto o más que lo que esto enmarcaría, o “llevaría dentro”.
La idea de museificación me cuestionó el hecho de que actualmente todo es museificado, resaltado. Tanto de ida como de vuelta, hay una diégesis museica en que, desde lo más marginal, obsceno, banal o “antiestético” se lleva al museo; lo mismo de la manera opuesta.
“Museo no designa aquí un lugar o un espacio físico determinado, sino la dimensión separada a la que se transfiere aquello que en el pasado fue percibido como verdadero y decisivo, y ya no lo es. El Museo puede coincidir, en este sentido, con una ciudad (…) e incluso con un grupo de individuos (…). En términos generales, hoy todo puede volverse Museo, porque éste denomina simplemente la exposición de una imposibilidad de usar, de habitar, de experimentar.” 1
La relación museo-cuadro me parecía algo inevitable, pero también pretendía tomar la museificación en el sentido en que señala Agamben.
Bajtin también hablaba sobre la desmuseificación, en tanto el museo se convertía en una ritualización del mercado, y la constitución de las reproducciones como parte de la cultura popular.
Es así que decidí presentar el “enmarcar” fuera de toda museificación, con cosas al azar. Fotografías que tienen fragmentos de muchas cosas, fotografías donde el marco es protagonista y a la vez no, dependiendo de la mirada del espectador, pero que pretende (quizás de forma demasiado ambiciosa) generar el cuestionamiento de si lo “enmarcado” debe ser mirado o no, o de si “lo de adentro” es lo que realmente hay que mirar.
El tratamiento de postproducción fotográfico pretendía generar una coincidencia estética a través del color, partiendo de una elección personal, que forma parte de los procesos de los que hablaba al comienzo.
La existencia en la serie de una fotografía (foto 4) que no participa del concepto más estricto de marco no es casual, pero, personalmente, sí constituye una forma de enmarcar porque se trata, por qué no, de mirar y ser mirado a través de algo.
1 Giorgio Agamben: Profanaciones, Ed. Anagrama, Barcelona, 2005, p. 111.
explicado por
Eclipse
a las
11:11 p.m.
y tiene connotación de
ciudad,
fotografía,
frases,
mis trabajos,
personal,
preguntas,
proceso,
reflexión
miércoles, 22 de septiembre de 2010
Postales de principio de semana
• Un hombre vende, canjea y compra monedas, pero apenas aprecia la numismática.
"Son tipos raros, los coleccionistas", dice, y ambos reímos (yo pienso en los coleccionistas, en los tocs, en un hombre al que raramente le descubrí el gusto por la numismática), mientras sobre su mesa improvisada se acumulan monedas hermosas, que brillan con el sol del domingo.
• Una chica-niña se arrodilla en el suelo, por rato, a ojear fotos eróticas antiguas, de una belleza con olor a humedad e innombrable, y un número fantástico (pero caro, dice) de la revista Sur (y quizás recuerda a alguien que en la lejanía, extraña, para amar juntas escenarios y caserones históricos)
• Un hombre se persigna al pasar frente al hipódromo.
Me llama la atención no saber si es un culto de burrero o demencia senil.
• Té de tres yuyos para dos
• Un hombre de edad lee un cartel en la cinemateca. Una chica se detiene a hacer lo mismo y el hombre cambia su vista hacia ella, extrañado, como si fuese más interesante que la información que le propiciaba el cartel. La chica se va. El hombre vuelve al cartel pero ya no puede concentrarse. Ni siquiera recuerda el rostro o una belleza fugaz. Solo la juventud apócrifa en su mundo snob.
• Alguien se sube al ómnibus y canta Jacinta, luego Garota de Ipanema, ambas con una gracia y una belleza que dan gusto. Una chica debe bajarse antes y no sabe qué hacer con las monedas que quiere darle. Cuando finalmente se decide por dejárselas a una señora con indicaciones de que son para el cantor, él detiene su canto y le dice, sonriente: muito brigado.
Ella voltea, sonriendo (como venía haciendo desde los primeros acordes de Jacinta) pero con las mejillas rojas. Todo el ómnibus la miraba y sonreía en su paso hacia la puerta del fondo.
• Nadie mira hacia arriba en la ciudad. Nadie no. De pronto, en una esquina, alguien nota que el casino tiene en su noble balcón, tras las banderas, a un hombre pelado, de traje, apoyado en la baranda, mirando la ciudad. En frente, un friso enorme, una figura imponente con un tinte a deidad, lo mira casi acusándolo. Casualmente el edificio es una iglesia de Dios es Amor, pero antiguamente el casino no era casino y la Iglesia, con ese friso, era un simple cine.
• Un muchacho saca una foto a una muñeca pintada de payaso.
Una muchacha saca una foto a un muchacho que saca una foto a una muñeca pintada de payaso
• "Acababa de descubrir, frente a Pellerin vencedor, que su propia vida era gris. Acababa sobre todo de descubrir que él, Robineau, a pesar de su título de inspector y de su autoridad, valía menos que ese hombre quebrantado por la fatiga, acurrucado en el ángulo del coche, con los ojos cerrados y las manos negras de aceite. Por primera vez Robineau admiraba. Necesitaba decirlo, necesitaba, sobre todo, ganarse una amistad"
Vuelo Nocturno - Antoine de Saint-Exupery
• Abría los regalos como niña en el día de navidad. La emoción no se le iba nunca. Después se los mostraba a todo el mundo. Su niñez encadenada con papel salía a flote con las cosas más simples.
explicado por
Eclipse
a las
7:50 p.m.
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fotografía,
frases,
libros,
microrrelatos,
música,
personal,
prosa
miércoles, 15 de septiembre de 2010
Gorrión
"Escuché esto y me acordé de vos. Sos una mujer-gorrión"
Diálogos con un hombre de metal
Nacer libre como el viento, moviéndose por instinto.
En el día más Darno de todo el año, acalorada a pesar del frío, alguien erraba por las calles de un Montevideo que hace rato la echó de la habitación.
"Y le da pena el canario, pero no envidia el halcón", además de tutearse con las nubes, a las que le encuentra siempre una forma distinta, hasta en sueños, corriendo por la montañita de césped que, en su sueño, también es la cabeza de una mujer-niña que a su vez sueña con ser gorrión.
Pajarillo errante, la noche juega al dominó y hace trampa, guardando copias de las fichas codiciadas bajo una manga de besos y arroz.
¿Alguna vez pintaron en su lecho nombres? ¿Alguna vez, en su cuarto, ojos?
Y sin embargo la noche sigue fría y ella con toda la nostalgia darnauchanesca, hasta pararse en una esquina y sentir que otro hombre le habla desde los auriculares. Pero el llanto, pero ahí no, porque en la calle no se puede.
Pajarillo errante, se volará esa noche enferma. Terminará en la misma rama, en la misma ciega sed de piernas.
A veces tiembla, tras la tormenta, pareciendo un friso, contra un nido que encontró. El gorrión se amura hasta en los pedales de las bicicletas que miran el sol.
explicado por
Eclipse
a las
10:30 p.m.
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ciudad,
diálogos con un hombre de metal,
ficciones,
música,
prosa
martes, 7 de septiembre de 2010
La escuela de niños simples
Los niños de la vieja escuela solían sentarse en el suelo por Juan Carlos Gómez, con la espalda apoyada al Cabildo, mientras copiaban en sus cuadernos las burbujas de jabón que un mimo hacía de manera increíble y sin parar.
Hacían burbujas de todos los colores y a veces el mimo les prestaba sus artefactos para que ellos pudieran fabricarlas y sus compañeros seguirlas dibujando.
Había burbujas de todos colores, cada uno tenía una destreza especial para captar la imagen de aquellas efímeras y frágiles criaturas con brillo en la mañana soleada.
También contaban los adoquines. Cuántos había en cada fila desde el muro hasta el comienzo de la plaza Constitución. Anotaban los números, hacían la tarea y después podían ir a saltar la cuerda.
A la hora del recreo el profesor ciruela se repartía entre todos porque, de todas maneras, siempre volvía a crecerle una nueva cabeza. Algunos traían pan dulce de maíz para compartir, mientras el profesor miraba los dibujos de las pompas de jabón.
Al caer la tarde, antes de terminar la jornada, el que quería, podía bajar hasta la Rambla Francia y escribir una oración o un pequeño párrafo sobre el mar.
Sin que los niños supieran, el maestro los guardaba todos y un día, cuando fue demasiado mayor para continuar con su escuela de niños sonrientes, armó un libro con todas esas frases y lo lanzó, con cariño, al mar, desde la Rambla sur.
"Fuimos felices", recuerdan algunos de esos niños, ahora ya adultos.
"Comíamos ciruela y pan con maíz y dibujábamos burbujas de jabón, que era lo que más nos gustaba."
No Pueden caminar ya por la calle Sarandí sin sentir unos gramos de nostalgia y mucho menos, ver el cabildo o la Plaza Constitución sin que se les estruje un poco el pecho. Y algunos, al oír las campanadas de la catedral, lloran un poquito, entre sus carpetas de oficinistas, que levantan unos centímetros para ocultar sus rostros.
=)
Hacían burbujas de todos los colores y a veces el mimo les prestaba sus artefactos para que ellos pudieran fabricarlas y sus compañeros seguirlas dibujando.
Había burbujas de todos colores, cada uno tenía una destreza especial para captar la imagen de aquellas efímeras y frágiles criaturas con brillo en la mañana soleada.
También contaban los adoquines. Cuántos había en cada fila desde el muro hasta el comienzo de la plaza Constitución. Anotaban los números, hacían la tarea y después podían ir a saltar la cuerda.
A la hora del recreo el profesor ciruela se repartía entre todos porque, de todas maneras, siempre volvía a crecerle una nueva cabeza. Algunos traían pan dulce de maíz para compartir, mientras el profesor miraba los dibujos de las pompas de jabón.
Al caer la tarde, antes de terminar la jornada, el que quería, podía bajar hasta la Rambla Francia y escribir una oración o un pequeño párrafo sobre el mar.
Sin que los niños supieran, el maestro los guardaba todos y un día, cuando fue demasiado mayor para continuar con su escuela de niños sonrientes, armó un libro con todas esas frases y lo lanzó, con cariño, al mar, desde la Rambla sur.
"Fuimos felices", recuerdan algunos de esos niños, ahora ya adultos.
"Comíamos ciruela y pan con maíz y dibujábamos burbujas de jabón, que era lo que más nos gustaba."
No Pueden caminar ya por la calle Sarandí sin sentir unos gramos de nostalgia y mucho menos, ver el cabildo o la Plaza Constitución sin que se les estruje un poco el pecho. Y algunos, al oír las campanadas de la catedral, lloran un poquito, entre sus carpetas de oficinistas, que levantan unos centímetros para ocultar sus rostros.
=)
explicado por
Eclipse
a las
6:01 a.m.
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prosa
sábado, 28 de agosto de 2010
Matter of fact, it's all dark
Le das vueltas al sueño, tratando de arrancarlo, mientras la espalda se enfrenta a la luz de ese cuarto que apenas aclara el día se llena de sol. Te tapás con las frazadas, a tientas buscás cierto aparato y ponés de corrido ese disco que te gusta. El mejor disco de la historia, pensás para adentro, sin importar caer en clichés o redundancias, sabiéndolo cierto aunque haya tantos otros que te gusten.
Empieza en silencio, va llenando de a poco el aire con los sonidos para estrujarte el corazón un par de veces y hacerte sentir nostalgia con las últimas canciones.
La espalda boca arriba, el mejor disco de la historia sonando a tu lado, los pies estirados en la cama enorme. Al sueño le va a costar despedirse, o al menos a la pereza. Y sin embargo no es día para salir del cuerpo, para inventar un nuevo lenguaje o escribir garabatos en los márgenes de un cuaderno. No es día para andar espiando al sol que otros sienten como augurio de la despedida del frío.
Tomás la cama como los griegos las playas de una amurallada Troya, olvidándote de Argos, pensando simplemente en la batalla.
La batalla contra la caja de cristal que alguien se empeñó en fabricar para mantenerte a salvo y nunca quisiste.
Pero ahora se rompe. Y el mejor disco de la historia y reconocerte aún con sueño.
En el final, la última canción, dice tu nombre. Sonreís pensando en tres o cuatro personas que dicen que se acuerdan de vos cuando la escuchan.
Y no pensás en Argos ni en cajas de cristal cuando termina el disco con esa sentencia rotunda. Te das vuelta y seguís durmiendo.
Empieza en silencio, va llenando de a poco el aire con los sonidos para estrujarte el corazón un par de veces y hacerte sentir nostalgia con las últimas canciones.
La espalda boca arriba, el mejor disco de la historia sonando a tu lado, los pies estirados en la cama enorme. Al sueño le va a costar despedirse, o al menos a la pereza. Y sin embargo no es día para salir del cuerpo, para inventar un nuevo lenguaje o escribir garabatos en los márgenes de un cuaderno. No es día para andar espiando al sol que otros sienten como augurio de la despedida del frío.
Tomás la cama como los griegos las playas de una amurallada Troya, olvidándote de Argos, pensando simplemente en la batalla.
La batalla contra la caja de cristal que alguien se empeñó en fabricar para mantenerte a salvo y nunca quisiste.
Pero ahora se rompe. Y el mejor disco de la historia y reconocerte aún con sueño.
En el final, la última canción, dice tu nombre. Sonreís pensando en tres o cuatro personas que dicen que se acuerdan de vos cuando la escuchan.
Y no pensás en Argos ni en cajas de cristal cuando termina el disco con esa sentencia rotunda. Te das vuelta y seguís durmiendo.
lunes, 23 de agosto de 2010
Monocromo
Los primarios y secundarios nunca fueron lo suyo.
En monocromo.
Cantar, bailar con polleras enormes y cantar con voz de papagayito frágil.
Todo en monocromo. Brillando de blancura y en contraste, con formas que se rebelan contra todo imaginario.
Y ser monocromo le encandiló los pies, detuvo las piernas, puso lastre a las almohadas.
miércoles, 11 de agosto de 2010
Espuma frágil
como un amor inocuo, agua en la orilla,
algo totalmente esperado que sucede siempre
que no lastima, no hiere el equilibrio del universo.
los senos abiertos a un deseo premeditado
y la lengua azul de la mañana
que ya tiene canas de tanto ser agua que corre por la orilla.
como un amor inocuo, va bebiendo
sorbos de leche estancada en cada mano
que resuelve escatimar una caricia.
se me revuelven los ojos
las entrañas dilatan sus pupilas de engullida noche
y destilan un olor fatal.
como si fuera noche
poco a poco los cuerpos se quedan dormidos
siendo eso, nada más, cuerpos. blancos y verdes y grises
y de todos los colores que los tiñó una herida.
como un amor inocuo
la tristeza corre por la orilla y no hace espuma.
Julio, 2010
«M,
Ya no sé si querida M, apreciada, M, o M, letra hermosa mía. Prefiero simplemente decir tu inicial -ya he hablado demasiado sobre mi limitado conocimiento sobre tu nombre- y quedarme en el principio de algo.
La fragilidad golpea el mediterráneo, hay zumbidos que pasan desapercibidos para algunos ojos, pero otros procuramos esquivarlos cada día yendo al trabajo o preparándonos para nuestras horas de sueño.
Y la fragilidad en tus cartas sin ese sueño del que puedo disfrutar, se me hace hasta dulce, letras imborrables en el estandarte de un monitor, pero que parecieran caerse en cualquier momento de los renglones, quebrarse como se quiebran las hojas secas de los árboles que seguro ves camino a clase, como se quiebran los cristales del barrio que recuerdo de niño, con todos los purretes levantando polvareda con pelotas hechas de lo primero que uno encontrara.
La fragilidad sí que no tine nombre, ni siquiera puedo ponerle una inicial. Quizás rostros, M, como vos le ponés rostros a las canciones, a los libros, a las películas, a las esquinas o a las baldosas del centro.
Pero los rostros, como decías en tu última carta, parecen dibujados en tiza y el viento los vuela, los deforma, la lluvia los decolora. "Ver un rostro no es lo mismo que tocar un rostro", y quizás lo soñé, pero una especie de deja-vu, me llevó a pensar que yo dije exactamente esa misma frase a otra persona.
Estamos llenos de fragilidades. Tu soledad me asusta, pero a vos te llena ese rostro intocable de una pureza que tiene hasta luz -mirá las cosas que digo- y vale mucho más que ponerte un nombre.
Recopilo tus cartas, en archivos a los que asigno nombres aleatorios. Porque quiero conservarlos pero que a la vez tengan tu esencia de Proteo, tu cambiar de forma constante, tu azar, tu necesidad de iniciales en las anécdotas, la fragilidad que implica no poder asignarles fechas, orden o momentos.
Quizás haya algo de mágico en todo y quede algo de la ubicuidad de que hablábamos. Quizás yo me repita en otro universo con archivos ordenados por fecha y alfabéticamente. Y entonces tengas nombre y rostro y una fortaleza que mueva montañas. Y pueda hablar sin mirar una pantalla.»
algo totalmente esperado que sucede siempre
que no lastima, no hiere el equilibrio del universo.
los senos abiertos a un deseo premeditado
y la lengua azul de la mañana
que ya tiene canas de tanto ser agua que corre por la orilla.
como un amor inocuo, va bebiendo
sorbos de leche estancada en cada mano
que resuelve escatimar una caricia.
se me revuelven los ojos
las entrañas dilatan sus pupilas de engullida noche
y destilan un olor fatal.
como si fuera noche
poco a poco los cuerpos se quedan dormidos
siendo eso, nada más, cuerpos. blancos y verdes y grises
y de todos los colores que los tiñó una herida.
como un amor inocuo
la tristeza corre por la orilla y no hace espuma.
Julio, 2010
«M,
Ya no sé si querida M, apreciada, M, o M, letra hermosa mía. Prefiero simplemente decir tu inicial -ya he hablado demasiado sobre mi limitado conocimiento sobre tu nombre- y quedarme en el principio de algo.
La fragilidad golpea el mediterráneo, hay zumbidos que pasan desapercibidos para algunos ojos, pero otros procuramos esquivarlos cada día yendo al trabajo o preparándonos para nuestras horas de sueño.
Y la fragilidad en tus cartas sin ese sueño del que puedo disfrutar, se me hace hasta dulce, letras imborrables en el estandarte de un monitor, pero que parecieran caerse en cualquier momento de los renglones, quebrarse como se quiebran las hojas secas de los árboles que seguro ves camino a clase, como se quiebran los cristales del barrio que recuerdo de niño, con todos los purretes levantando polvareda con pelotas hechas de lo primero que uno encontrara.
La fragilidad sí que no tine nombre, ni siquiera puedo ponerle una inicial. Quizás rostros, M, como vos le ponés rostros a las canciones, a los libros, a las películas, a las esquinas o a las baldosas del centro.
Pero los rostros, como decías en tu última carta, parecen dibujados en tiza y el viento los vuela, los deforma, la lluvia los decolora. "Ver un rostro no es lo mismo que tocar un rostro", y quizás lo soñé, pero una especie de deja-vu, me llevó a pensar que yo dije exactamente esa misma frase a otra persona.
Estamos llenos de fragilidades. Tu soledad me asusta, pero a vos te llena ese rostro intocable de una pureza que tiene hasta luz -mirá las cosas que digo- y vale mucho más que ponerte un nombre.
Recopilo tus cartas, en archivos a los que asigno nombres aleatorios. Porque quiero conservarlos pero que a la vez tengan tu esencia de Proteo, tu cambiar de forma constante, tu azar, tu necesidad de iniciales en las anécdotas, la fragilidad que implica no poder asignarles fechas, orden o momentos.
Quizás haya algo de mágico en todo y quede algo de la ubicuidad de que hablábamos. Quizás yo me repita en otro universo con archivos ordenados por fecha y alfabéticamente. Y entonces tengas nombre y rostro y una fortaleza que mueva montañas. Y pueda hablar sin mirar una pantalla.»
Miranda no tiene sueño y escribe cartas
viernes, 6 de agosto de 2010
Ubicuidad
"¿Acaso tener una vena más grande que la otra les da el derecho a planificar con dientes el corte de todos los limones? Ah, recuerdo el cuento del ciego que mataba ogros cortando un limón. Van a buscar una fruta en la que tengan trono las hadas, para pelarla y así despellejar despacito sus cuerpitos de muñecas con alas. Mejor si se pela de sólo un tirón.
Aprendan, aprendamos a querer los barriletes como quieren los peces una burbuja cualquiera. Hay que aprovechar el barro, mecerlo en la cuna bien calentito hasta que se duerma entrecerrando las linternas, cabeceando como un iris de domingo.
Y crecer, eso sí. Vomitar después de una fiesta, mejor si se está bajando una escalera y si la fiesta fue en casa de alguien a quien se deberá pedir disculpas. Después envejecer, que es fácil, porque hay mucho tiempo."
(canalla amiga, que te creés surrealista en estos tiempos)
«M:
Breve será mi anestesia a tus insomnios. Cuando hablabas de alter-egos, hablabas con una ubicuidad ingeniosa, desdoblándote en ese metadiscurso. Tus insomnios a veces te hacen bien. Desdoblate, desdoblá las sábanas y reíte del frío (que veo te está costando enfrentar a pesar de tus infusiones obligatorias). Hoy se me ocurrió un nuevo personaje con quien compararte*.
Yo jamás tendré alter egos. La ubicuidad no fue hecha para mí, mis mentiras se descubren, soy demasiado común y corriente.
Pero vos, letra que me gusta imaginar con serifas, letra del Mal pero que hace tan bien, podés ser quién quieras. De hecho lo sos.
Que descanses, querida M. Siempre son bienvenidas tus cartas.»
Miranda no tiene sueño y escribe cartas
*guiño a quien me dijo personajes a los que se asemejaba Miranda. Si lee esto, pregúnteme, el guiño va para usted.
jueves, 29 de julio de 2010
Mitades
La era está pariendo un corazón
no puede más, se muere de dolor
Se para en el centro y coloca una cinta de papel bien pegada al suelo. Levanta la cabeza y dice, para que se escuche bien: "este es el ecuador".
Queda de pie a uno de los costados de esa línea que divide el espacio y vuelve a decir algo: "norte" y apenas las palabras salen de su boca, da un pequeño salto, impulsándose infantilmente con las manos, para acabar del otro lado de la línea en el suelo. Ni bien toca el piso con los pies vuelve a hablar, con voz clara: "sur".
Y se detiene un instante. Se acomoda el pelo, mira hacia el frente, sonríe un poco.
Luego de la pequeña pausa, vuelve a tomar ese impulso de niña, con los brazos doblados y levemente hacia atrás, doblando un poco las rodillas y de nuevo salta cruzando la línea para volver a decir: "norte".
Ahora ríe, se le ven los dientes. Salta nuevamente y su pelo lacio dibuja ondas fugaces que acompañan el sutil pero maravilloso vuelo de su pollera celeste. "Sur", y la gravedad le coloca el pelo y la pollera en su lugar.
"Norte", el salto es más alto, parece divertirla. "Sur", comienza a reír desde antes de tomar impulso. "Norte", apenas toca el suelo del otro hemisferio. "Sur", dice entre risas con el pelo revuelto y las manos hacia arriba.
Norte, sur, norte, sur, norte, sur, alternativamente y cada vez acelerando las idas y venidas a uno y otro lado de la línea, que respeta, sin siquiera pisar, como límite sagrado.
Se divierte, se agita, respira entrecortadamente, el pelo comienza a mojarse y la pollera celeste es una nube que corretea en una atmósfera de nortesysures gritados entre risas.
Y en el intercambio de norte a sur, de pronto, luego del salto, cae con los pies apoyados uno a cada lado de la línea.
Da un grito penetrante.
Toda luz se apaga y cae de rodillas.
Un tenue resplandor le alarga la sombra mientras yace en el suelo, con el ecuador en el centro mismo de su centro y se mira las manos manchadas de sangre, la pollera que ya no es celeste, las piernas que no parecen tener más ganas de saltar.
no puede más, se muere de dolor
Se para en el centro y coloca una cinta de papel bien pegada al suelo. Levanta la cabeza y dice, para que se escuche bien: "este es el ecuador".
Queda de pie a uno de los costados de esa línea que divide el espacio y vuelve a decir algo: "norte" y apenas las palabras salen de su boca, da un pequeño salto, impulsándose infantilmente con las manos, para acabar del otro lado de la línea en el suelo. Ni bien toca el piso con los pies vuelve a hablar, con voz clara: "sur".
Y se detiene un instante. Se acomoda el pelo, mira hacia el frente, sonríe un poco.
Luego de la pequeña pausa, vuelve a tomar ese impulso de niña, con los brazos doblados y levemente hacia atrás, doblando un poco las rodillas y de nuevo salta cruzando la línea para volver a decir: "norte".
Ahora ríe, se le ven los dientes. Salta nuevamente y su pelo lacio dibuja ondas fugaces que acompañan el sutil pero maravilloso vuelo de su pollera celeste. "Sur", y la gravedad le coloca el pelo y la pollera en su lugar.
"Norte", el salto es más alto, parece divertirla. "Sur", comienza a reír desde antes de tomar impulso. "Norte", apenas toca el suelo del otro hemisferio. "Sur", dice entre risas con el pelo revuelto y las manos hacia arriba.
Norte, sur, norte, sur, norte, sur, alternativamente y cada vez acelerando las idas y venidas a uno y otro lado de la línea, que respeta, sin siquiera pisar, como límite sagrado.
Se divierte, se agita, respira entrecortadamente, el pelo comienza a mojarse y la pollera celeste es una nube que corretea en una atmósfera de nortesysures gritados entre risas.
Y en el intercambio de norte a sur, de pronto, luego del salto, cae con los pies apoyados uno a cada lado de la línea.
Da un grito penetrante.
Toda luz se apaga y cae de rodillas.
Un tenue resplandor le alarga la sombra mientras yace en el suelo, con el ecuador en el centro mismo de su centro y se mira las manos manchadas de sangre, la pollera que ya no es celeste, las piernas que no parecen tener más ganas de saltar.
viernes, 16 de julio de 2010
"He nombrado los sitios
donde se desparrama la ternura
y estoy solo y conmigo."
Carcanías - J.L.B.
Algo iba a pasar. Cada credo, cada solfeo sin demasiados amigos, de esos que se cuentan con los dedos, después se escupen en una canción y la vida ya tiene testamento barato.
Nombrar, hacer visibles, darle forma, color, sonido y ojos a cada cosa que tiene ganas de explotar.
Pero explota y nos salpica. Aturdidos nos metemos en la cama con las mantas gruesas, que amerita este tiempo de estornudos, y esperamos. Repasamos los equipajes de otros tiempos, mientras hay miel atrapando moscas afuera.
Sorbo a sorbo alguien toma té de menta y piensa en una niña con vestido violeta bailando en la oscuridad y casi sin sonidos, repitiendo un mantra en un lenguaje recién inventado por su cuerpo.
Y cuando algo tiembla, cuando en la oscuridad nacen aullidos o recortes de papel como fantasmas, ahí las puertas son biombos que dejan pasar nuestros gritos de auxilio para que alguien nos consuele con una música perfecta.
Escuchás tu canción favorita, te hace acordar a ese momento en que aquella rubia de cara con poca graacia la puso por primera vez para vos o en cómo la escuchaste hasta el cansancio con amigos al punto de querer organizar un suicidio colectivo. Puede ser cualquiera, cualquier canción, porque ese día todas van a hablar de lo mismo.
Yseguimos sin encontrar esos sitios. Pero estoy sola y conmigo, mientras se engripan las personas con amnesia y los globos de colores que sueltan los niños en el tumultoso Parque Rodó.
donde se desparrama la ternura
y estoy solo y conmigo."
Carcanías - J.L.B.
Algo iba a pasar. Cada credo, cada solfeo sin demasiados amigos, de esos que se cuentan con los dedos, después se escupen en una canción y la vida ya tiene testamento barato.
Nombrar, hacer visibles, darle forma, color, sonido y ojos a cada cosa que tiene ganas de explotar.
Pero explota y nos salpica. Aturdidos nos metemos en la cama con las mantas gruesas, que amerita este tiempo de estornudos, y esperamos. Repasamos los equipajes de otros tiempos, mientras hay miel atrapando moscas afuera.
Sorbo a sorbo alguien toma té de menta y piensa en una niña con vestido violeta bailando en la oscuridad y casi sin sonidos, repitiendo un mantra en un lenguaje recién inventado por su cuerpo.
Y cuando algo tiembla, cuando en la oscuridad nacen aullidos o recortes de papel como fantasmas, ahí las puertas son biombos que dejan pasar nuestros gritos de auxilio para que alguien nos consuele con una música perfecta.
Escuchás tu canción favorita, te hace acordar a ese momento en que aquella rubia de cara con poca graacia la puso por primera vez para vos o en cómo la escuchaste hasta el cansancio con amigos al punto de querer organizar un suicidio colectivo. Puede ser cualquiera, cualquier canción, porque ese día todas van a hablar de lo mismo.
Yseguimos sin encontrar esos sitios. Pero estoy sola y conmigo, mientras se engripan las personas con amnesia y los globos de colores que sueltan los niños en el tumultoso Parque Rodó.
miércoles, 7 de julio de 2010
Pesquisas sobre cuerpo y lenguaje II
vida tras vida avanza la palabra
más fértil que mi hora indicada
con tanta sed de engendrar
que no le dan los orificios.
vida tras vida avanza la palabra
da nombres y cuerpos
latidos que prescinden de ejercicio
voces nuevas sin cópula ni sangre
dedos y ojos y pelos y rodillas.
muerte tras muerte
el insomnio se devora todo credo
cada silencio es un ojo que se cierra
una mano despojada de su pulso.
muerte tras muerte
hay un dorso que sonríe impunemente:
el grito de dolor se hace palabra.
vida tras vida avanza la palabra
asisto a cada nacimiento.
junio 2010
más fértil que mi hora indicada
con tanta sed de engendrar
que no le dan los orificios.
vida tras vida avanza la palabra
da nombres y cuerpos
latidos que prescinden de ejercicio
voces nuevas sin cópula ni sangre
dedos y ojos y pelos y rodillas.
muerte tras muerte
el insomnio se devora todo credo
cada silencio es un ojo que se cierra
una mano despojada de su pulso.
muerte tras muerte
hay un dorso que sonríe impunemente:
el grito de dolor se hace palabra.
vida tras vida avanza la palabra
asisto a cada nacimiento.
junio 2010
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