algo totalmente esperado que sucede siempre
que no lastima, no hiere el equilibrio del universo.
los senos abiertos a un deseo premeditado
y la lengua azul de la mañana
que ya tiene canas de tanto ser agua que corre por la orilla.
como un amor inocuo, va bebiendo
sorbos de leche estancada en cada mano
que resuelve escatimar una caricia.
se me revuelven los ojos
las entrañas dilatan sus pupilas de engullida noche
y destilan un olor fatal.
como si fuera noche
poco a poco los cuerpos se quedan dormidos
siendo eso, nada más, cuerpos. blancos y verdes y grises
y de todos los colores que los tiñó una herida.
como un amor inocuo
la tristeza corre por la orilla y no hace espuma.
Julio, 2010
«M,
Ya no sé si querida M, apreciada, M, o M, letra hermosa mía. Prefiero simplemente decir tu inicial -ya he hablado demasiado sobre mi limitado conocimiento sobre tu nombre- y quedarme en el principio de algo.
La fragilidad golpea el mediterráneo, hay zumbidos que pasan desapercibidos para algunos ojos, pero otros procuramos esquivarlos cada día yendo al trabajo o preparándonos para nuestras horas de sueño.
Y la fragilidad en tus cartas sin ese sueño del que puedo disfrutar, se me hace hasta dulce, letras imborrables en el estandarte de un monitor, pero que parecieran caerse en cualquier momento de los renglones, quebrarse como se quiebran las hojas secas de los árboles que seguro ves camino a clase, como se quiebran los cristales del barrio que recuerdo de niño, con todos los purretes levantando polvareda con pelotas hechas de lo primero que uno encontrara.
La fragilidad sí que no tine nombre, ni siquiera puedo ponerle una inicial. Quizás rostros, M, como vos le ponés rostros a las canciones, a los libros, a las películas, a las esquinas o a las baldosas del centro.
Pero los rostros, como decías en tu última carta, parecen dibujados en tiza y el viento los vuela, los deforma, la lluvia los decolora. "Ver un rostro no es lo mismo que tocar un rostro", y quizás lo soñé, pero una especie de deja-vu, me llevó a pensar que yo dije exactamente esa misma frase a otra persona.
Estamos llenos de fragilidades. Tu soledad me asusta, pero a vos te llena ese rostro intocable de una pureza que tiene hasta luz -mirá las cosas que digo- y vale mucho más que ponerte un nombre.
Recopilo tus cartas, en archivos a los que asigno nombres aleatorios. Porque quiero conservarlos pero que a la vez tengan tu esencia de Proteo, tu cambiar de forma constante, tu azar, tu necesidad de iniciales en las anécdotas, la fragilidad que implica no poder asignarles fechas, orden o momentos.
Quizás haya algo de mágico en todo y quede algo de la ubicuidad de que hablábamos. Quizás yo me repita en otro universo con archivos ordenados por fecha y alfabéticamente. Y entonces tengas nombre y rostro y una fortaleza que mueva montañas. Y pueda hablar sin mirar una pantalla.»
Miranda no tiene sueño y escribe cartas