A veces, en las olas atroces del insomnio, mientras una intenta controlar los músculos, los movimientos involuntarios de la ansiedad, la mente se llena de recortes, de flashbacks a recuerdos que jamás habían tocado antes la memoria.
Abrí la revista que me alcanzaba mientras me comentaba sobre los contenidos, el diseño, las formas de conseguirla. Hicimos algunas bromas, me dijo que la ojeara tranquila, me quedé sola un instante. De pronto, sin previo aviso, entre las páginas apareció una foto. La típica autofoto, brazos extendidos hacia adelante, sonrisas amplias. Supe que habían sido felices, eran buenos tiempos, al parecer. Tomé la foto y la miré más de cerca, intentando encontrar respuestas para las preguntas de otros en esos ojos, cuestionándome mi estar ahí y en ese momento, mi cruce circunstancial con la fotografía, lo irónico de conocer una historia y ser parte de otra. Pensé en la razón de esa foto entre las páginas de la revista, en la razón de conservarla, y miré de nuevo las sonrisas que hablaban de un tiempo verdaderamente bueno. La puse en su lugar y cerré la revista justo a tiempo. Sonreí al verle ingresar de nuevo en la habitación un tanto en penumbras, cambié de tema en seguida, de pronto me interesaba alguna otra cosa sobre la estantería y hacía algún comentario sobre los fideos sin sal que tendríamos como almuerzo.
El insomnio iba a durar largo rato más. El recuerdo vino y se fue, pero en su estela trajo aparejados otros flashbacks de momentos insignificantes, igualmente nuevos, como de vidas distintas, como si volvieran de un sitio remoto por primera vez.
•••
Lo apodamos "Talibán". En su momento tuvimos nuestras razones. La noche tenía tantos epílogos y, sin saberlo en su momento, abría tantas historias que hoy contamos con euforia e incredulidad... Tuvimos nuestras razones, una esquina tuvo su bautismo de pieles foráneas y tantos pares de ojos se buscaban sin encontrarse del todo.
Aún hoy nos miramos a los ojos con complicidad cuando alguien habla de la memoria de un pez. Sabemos que hay algo escrito e inmortal pero que no guarda demasiada relación con la realidad. Son tantas las historias y complicidades que provienen de ese imaginario interno con referencias cruzadas, que el olvido hace de las suyas.
El encuentro amistoso después de largo tiempo nos devuelve -casi casualmente, pero no- al "Talibán". Nos codeamos y decimos susurrando: Memoria de pez. Y nos reímos más, como un par de adolescentes.
Tuvimos nuestras razones. Hoy no hay razones para cruzar palabra alguna y el solo hecho de pensarlo nos causa aún más risa, mientras sorteamos codos ajenos y transpiramos una música que comenzamos a detestar, cómplices y amigas en una selva demasiado lejos de casa.
Yo miro las luces que alientan una diversión que no entiendo, mientras me quedo inmóvil con la mirada perdida y me digo a mí misma que todo puede pasar. Ahí estamos, mirando desde un rincón un poema creado de la nada, bailando en otra vida, en otras latitudes, tragicómicamente ya inalcanzable y absurdo. No nos importa.
Y huimos de la fiesta.
martes, 22 de junio de 2010
sábado, 19 de junio de 2010
Pesquisas sobre cuerpo y lenguaje I
toda esa fábrica de lenguaje
no es más que un río caudaloso
demasiado igual a mis sábanas.
arrastra la piel a un abismo ficticio
asusta el espabilo en la inercia del día
y enreda maliciosamente
mis piernas.
marzo 2010
Diciembre me talló las alas,
inundó de peces mis acuarios,
me vistió de lenguaje.
Fui ese lenguaje para otra sed
que continuó mi voz
todo lo caliente que duró el verano.
Fui tu lenguaje en horas secas,
cuando dejábamos de nombrar el calor y nombrábamos la lluvia
como ese día amarillo en que me refugié de la tormenta
en la soledad de mi casa y tu voz me llenó los rincones.
Fui el lenguaje que te enseñó
a creer en las rocas junto a ese río del sur
mientras leías el cuento del paseo en ómnibus
y te acordabas de mi ojos desconocidos.
Jamás seré palabras desde ahora.
El lenguaje es una cosa viva,
un juego material donde nos decidimos
o nos mandamos mudar.
junio 2010
no es más que un río caudaloso
demasiado igual a mis sábanas.
arrastra la piel a un abismo ficticio
asusta el espabilo en la inercia del día
y enreda maliciosamente
mis piernas.
marzo 2010
Diciembre me talló las alas,
inundó de peces mis acuarios,
me vistió de lenguaje.
Fui ese lenguaje para otra sed
que continuó mi voz
todo lo caliente que duró el verano.
Fui tu lenguaje en horas secas,
cuando dejábamos de nombrar el calor y nombrábamos la lluvia
como ese día amarillo en que me refugié de la tormenta
en la soledad de mi casa y tu voz me llenó los rincones.
Fui el lenguaje que te enseñó
a creer en las rocas junto a ese río del sur
mientras leías el cuento del paseo en ómnibus
y te acordabas de mi ojos desconocidos.
Jamás seré palabras desde ahora.
El lenguaje es una cosa viva,
un juego material donde nos decidimos
o nos mandamos mudar.
junio 2010
lunes, 14 de junio de 2010
Decepciones y despedidas
"Sos más linda de lo que pensaba"
Diálogos con un hombre de metal.
Diario de viaje VI
6.06.10
El domingo visualmente siempre fue un pozo oscuro. Se puede rellenar de colores como a un osito viejo y rearmado una y otra vez por mero afecto, pero siempre será un pozo oscuro, con monstruos y cosas feas acechando cualquier debilidad.
El banco de madera fue la salvación perfecta. Las puertas abarrotadas de gente habían quitado las ganas y las esperanzas de volver a ingresar.
Mientras tanto, un hombre de metal buscaba decir adiós de varias formas y dos ojos se anegaban con lágrimas por otros motivos.
Ella intercaló sus risas características con un pequeño abrazo. Miró fijamente con sus ojos claros y soltó palabras hermosamente sinceras, con la intención de sanar. Las palabras provocaban más lágrimas porque las sabía ciertas, perfectas, abarcando una realidad inevitable que causaba dolor.
Desde su fragilidad, miró esos ojos claros, se armó de coraje y se secó las lágrimas. Había pasado el tiempo y las puertas estaban descongestionadas. Juntas intentaron nuevamente el ingreso, como una metáfora de valentía y perseverancia, del ánimo transmitido en los minutos de llanto, procurando engañar el vacío.
El domingo seguía siendo un pozo oscuro. Un hombre de metal se despedía definitivamente por mensajes de texto, con la misma sonrisa y calidez regalada minutos atrás en el breve cruce de palabras y abrazos tímidos.
Tenían las horas contadas y alguien tenía hambre de pizza.
Caminaron, ahora de a tres, cada una con una femineidad distinta, desparejas, desconocidas, insolentes pero perfectas a su modo.
El pozo oscuro se disipó un poco entre una bebida analcohólica, el estómago lleno y la certeza de estar siendo querida. Muy a pesar de los otros, de las terceras partes que la ignoraban, de los que se prestaban a los márgenes y no respondían nunca, habían otros con su sencillez de risas y constancia que eran los que valían la pena.
La última caminata con ese par de ojos claros que ya se advertían distantes. Un último abrazo, monedas, colectivo. Así de rápido, asi de simple.
Y una conversación cualquiera hasta el 109 para tapar la angustia.
explicado por
Eclipse
a las
6:00 p.m.
y tiene connotación de
ciudad,
diarios de viaje,
personal,
prosa
viernes, 11 de junio de 2010
Accidentes
Diario de viaje IV
4.06.10 - 00.20 hs
Hospital Velez Sarsfield
Miro hacia arriba. Las paredes no son blancas, el techo no es blanco. Las sábanas no son blancas y el piso definitivamente no es blanco, las enfermeras no visten de blanco. Nada es blanco, excepto la soledad que me invade las venas, en gotas apenas dispensadas de suero, que caen lentamente, como los minutos, como las esferas de agua que no pueden salir de los ojos pero de todas formas caen y pesan.
Todo es lento. Estoy inmóvil y pienso en el poema de Plath, siento ir y venir personas que no distingo entre enfermeras, parteras, ginecólogas u operarias.
Escucho a Tinelli, me río un poco hacia mis adentros pensando en que es el colmo, como si me faltasen torturas esta noche. Escucho el noticiero, el apagón en el barrio de Flores, a donde tendrá que volver mi amiga en quién sabe cuántas horas. Me preocupo. Les digo a ellas que coman, pienso en sus cuerpos distintos pero iguales al mío, cansados, con necesidades horizontales, con hambre, algo de nervios. Coman, por favor coman que yo tengo para rato.
Y ese líquido transparente en que pongo mi confianza para levantarme y pasar la noche. Cada tanto cierro los ojos y siento la vergüenza, los ojos de muchos otros clavados en mí, en los rastros que fui dejando, en mi cara pálida.
Nada es blanco. Necesito blanco, desinfección visual, asepsia, necesito blanco y sequia, ausencia completa de fluidos.
Estoy boca arriba y solo pienso en el blanco, comparando las vigas del techo con mi ideal de habitación. Trago y vuelvo a tragar nervios, dudas, miedo.
Cada tanto sabemos si calificamos o no para una maratón de fortaleza. Yo creo que sí. Acostada boca arriba con una aguja que ocupa un tercio de mi antebrazo y sobresale como si fuese un tendón más, creo que sí. Sobrevivo el instante, agradezco mi costumbre de soledad que me ha enseñado a ser sola conmigo.
Sobrevivo el instante, luego vivo.
Diario de viaje V
5.06.10
2:13 am
Lucía:
La buena noticia es que creo que la medicación empezó a hacer algo de efecto. La mala es que al pasar todo el día sola, me bajoneé muchisimo, pero ahora creo estar mejor, al menos ya me voy a dormir. Esperé hasta ahora para tomar la pastilla.
Fui al lavadero e hice algunas compras. Traje papel higiénico, pan, queso, suplementos para mi mal y alguna otra cosa de comer. Así que estamos cubiertas para atrincherarnos este finde.
Me pasó algo muy extraño... ¡creo que se me voló la toalla! fui a buscarla esta noche para bañarme y no estaba, tuve que fijarme si tenías una que pudiera usar. ¡Qué vergüenza!
Espero haya estado genial la noche y estar yo mejor mañana. Dejo la cartita al cuidado de pie grande, me voy a dormir porque no doy más de sueño.
C.
[mail posterior de Lucía:]
Esto me hizo acordar a tu episodio con la toalla, aunque odio al puto de Liniers.
4.06.10 - 00.20 hs
Hospital Velez Sarsfield
Miro hacia arriba. Las paredes no son blancas, el techo no es blanco. Las sábanas no son blancas y el piso definitivamente no es blanco, las enfermeras no visten de blanco. Nada es blanco, excepto la soledad que me invade las venas, en gotas apenas dispensadas de suero, que caen lentamente, como los minutos, como las esferas de agua que no pueden salir de los ojos pero de todas formas caen y pesan.
Todo es lento. Estoy inmóvil y pienso en el poema de Plath, siento ir y venir personas que no distingo entre enfermeras, parteras, ginecólogas u operarias.
Escucho a Tinelli, me río un poco hacia mis adentros pensando en que es el colmo, como si me faltasen torturas esta noche. Escucho el noticiero, el apagón en el barrio de Flores, a donde tendrá que volver mi amiga en quién sabe cuántas horas. Me preocupo. Les digo a ellas que coman, pienso en sus cuerpos distintos pero iguales al mío, cansados, con necesidades horizontales, con hambre, algo de nervios. Coman, por favor coman que yo tengo para rato.
Y ese líquido transparente en que pongo mi confianza para levantarme y pasar la noche. Cada tanto cierro los ojos y siento la vergüenza, los ojos de muchos otros clavados en mí, en los rastros que fui dejando, en mi cara pálida.
Nada es blanco. Necesito blanco, desinfección visual, asepsia, necesito blanco y sequia, ausencia completa de fluidos.
Estoy boca arriba y solo pienso en el blanco, comparando las vigas del techo con mi ideal de habitación. Trago y vuelvo a tragar nervios, dudas, miedo.
Cada tanto sabemos si calificamos o no para una maratón de fortaleza. Yo creo que sí. Acostada boca arriba con una aguja que ocupa un tercio de mi antebrazo y sobresale como si fuese un tendón más, creo que sí. Sobrevivo el instante, agradezco mi costumbre de soledad que me ha enseñado a ser sola conmigo.
Sobrevivo el instante, luego vivo.
Diario de viaje V
5.06.10
2:13 am
Lucía:
La buena noticia es que creo que la medicación empezó a hacer algo de efecto. La mala es que al pasar todo el día sola, me bajoneé muchisimo, pero ahora creo estar mejor, al menos ya me voy a dormir. Esperé hasta ahora para tomar la pastilla.
Fui al lavadero e hice algunas compras. Traje papel higiénico, pan, queso, suplementos para mi mal y alguna otra cosa de comer. Así que estamos cubiertas para atrincherarnos este finde.
Me pasó algo muy extraño... ¡creo que se me voló la toalla! fui a buscarla esta noche para bañarme y no estaba, tuve que fijarme si tenías una que pudiera usar. ¡Qué vergüenza!
Espero haya estado genial la noche y estar yo mejor mañana. Dejo la cartita al cuidado de pie grande, me voy a dormir porque no doy más de sueño.
C.
[mail posterior de Lucía:]
Esto me hizo acordar a tu episodio con la toalla, aunque odio al puto de Liniers.
miércoles, 9 de junio de 2010
Antes del miedo
Diario de viaje I
1.06.10
En la misma libreta que inicié el último diario de viaje y que luego albergó mis letras con otros fines, inicio una incierta travesía de páginas en blanco.
A la desaparición de toda euforia ahora se le agrega una víspera llena de corridas, arreglos de último momento y despistes varios.
Y de repente me encuentro sola conmigo misma en una terminal, sin nadie a quien abrazar ni que me regale un "buen viaje", más allá de los deseos fríos y mecánicos de los empleados encargados del check in.
La mayoría de las despedidas fueron por teléfono o con un beso apurado entre otros quehaceres.
Sin embargo, esta soledad de valijas me hace sonreír, se siente como algo casi clandestino, una huida llena de expectativas.
A las corridas ultimamos detalles de locación y encuentros.
Me hace reír una loca linda que me envía mails desde hace tiempo con cada cosa que descubre hay para hacer en la semana. Sabemos de la imposibilidad de abarcar todo y aún así superponemos planes, con un placer legítimo y mutuo.
Última llamada. El mar se abre en esa boca ancha que comparte con la noche.
Diario de viaje II
2.06.10
La mañana llena de contratiempos me deja el nudo extraño en la garganta, pero la tarde, el almuerzo entre amigas, la verborragia, la felicidad de los encuentros, alivia por un rato la mala jugada de la suerte.
De noche todo tiene un sabor extraño, una sala oscura, dos personajes a los que accedemos a través de palabras dichas por otros, un espejo reflejando el espejo del espejo de algo que fue. Y nosotros tan condenados a la nada pero también a la risa, haciendo planes para un otro día que nunca vendría, mirando por última vez en quién sabe cuánto tiempo, sin saber que los miraba por última vez.
El frío no mata, se derrite.
TEXTOS PROFÉTICOS
Diario de viaje III
3.06.10 (horas antes de una desgracia, ignorando el futuro, prediciendo anónimamente)
Detrás de todo _ cuelgo el mundo _ detrás _ de una puerta boca arriba.
Voy a mirar entre la nada _ el color de un frío que tuvo otro nombre _ para qué habitarme _ para qué _ tener que huir _ para qué _ venderme las cenizas.
----
Voy a encontrarme rota y de costado. Con los hombros aletargados en un encuentro infame.
"¿Qué haré con el miedo?"
1.06.10
En la misma libreta que inicié el último diario de viaje y que luego albergó mis letras con otros fines, inicio una incierta travesía de páginas en blanco.
A la desaparición de toda euforia ahora se le agrega una víspera llena de corridas, arreglos de último momento y despistes varios.
Y de repente me encuentro sola conmigo misma en una terminal, sin nadie a quien abrazar ni que me regale un "buen viaje", más allá de los deseos fríos y mecánicos de los empleados encargados del check in.
La mayoría de las despedidas fueron por teléfono o con un beso apurado entre otros quehaceres.
Sin embargo, esta soledad de valijas me hace sonreír, se siente como algo casi clandestino, una huida llena de expectativas.
A las corridas ultimamos detalles de locación y encuentros.
Me hace reír una loca linda que me envía mails desde hace tiempo con cada cosa que descubre hay para hacer en la semana. Sabemos de la imposibilidad de abarcar todo y aún así superponemos planes, con un placer legítimo y mutuo.
Última llamada. El mar se abre en esa boca ancha que comparte con la noche.
Diario de viaje II
2.06.10
La mañana llena de contratiempos me deja el nudo extraño en la garganta, pero la tarde, el almuerzo entre amigas, la verborragia, la felicidad de los encuentros, alivia por un rato la mala jugada de la suerte.
De noche todo tiene un sabor extraño, una sala oscura, dos personajes a los que accedemos a través de palabras dichas por otros, un espejo reflejando el espejo del espejo de algo que fue. Y nosotros tan condenados a la nada pero también a la risa, haciendo planes para un otro día que nunca vendría, mirando por última vez en quién sabe cuánto tiempo, sin saber que los miraba por última vez.
El frío no mata, se derrite.
TEXTOS PROFÉTICOS
Diario de viaje III
3.06.10 (horas antes de una desgracia, ignorando el futuro, prediciendo anónimamente)
Detrás de todo _ cuelgo el mundo _ detrás _ de una puerta boca arriba.
Voy a mirar entre la nada _ el color de un frío que tuvo otro nombre _ para qué habitarme _ para qué _ tener que huir _ para qué _ venderme las cenizas.
----
Voy a encontrarme rota y de costado. Con los hombros aletargados en un encuentro infame.
"¿Qué haré con el miedo?"
viernes, 4 de junio de 2010
Paréntesis
Abro un paréntesis en estos días de un viaje planeado. Lo planeado es tan estúpido. No solo nunca sale así, sino que a veces se vuelve en contra de uno mismo. No tengo ganas de escribir, no tengo ganas de ser Eclipse, de Connotaciones, escribir como siempre, contar las cosas de alguna forma especial, usar elipsis, eufemismos y palabritas lindas.
Me siento terriblemente, el viaje se me escapa de las manos y estoy atada a un lugar del que no puedo salir por complicaciones de salud, pasé la noche en una guardia ginecológica, estoy sola y deprimida.
Estoy siendo odiosamente explícita y voy a odiar este post, que probablemente elimine cuando mejoren mis ánimos. Ahora mismo lo único que quiero es dejar de ser yo y vivir todo lo que tenía pensado vivir de alguna forma. Lo único que necesito es un abrazo silencioso (que espero toque el timbre pronto) y pensar en algo más que una felicidad efímera frustrada.
Agradezco infinitamente a mis amigos en este lugar que se han preocupado por mí. A los desconocidos que me ayudaron en horas desfavorables, a quienes me atendieron en un hospital, a quienes se quedaron conmigo el tiempo necesario.
Pensé que podría hacer de esto algún motivo para escribir, pero no, estoy siendo tan coloquial, explícita y burda...
Anoche, boca arriba en la cama del hospital, en la sala desierta y oscura, mientras trataba de no pensar en la vía que me estaba haciendo doler muchísimo el brazo, me acordé de aquel primer poema de Plath que leí: Tulips. Los imaginé ahí, al costado, en la mesa al lado de la cama. Aunque no estaban, entré en una especie de comunión con esas palabras leídas y releídas en la adolescencia y hasta el día de hoy.
"I am learning peacefulness, lying by myself quietly
As the light lies on these white walls, this bed, these hands.
I am nobody; I have nothing to do with explosions.
I have given my name and my day-clothes up to the nurses
(...)
The nurses pass and pass, they are no trouble,
They pass the way gulls pass inland in their white caps,
Doing things with their hands, one just the same as another,
So it is impossible to tell how many there are."
Nada puedo hacer, simplemente ver la ropa que no se seca por la humedad, colgando como seres inertes con lástima de sí mismos. Nada puedo hacer, solo ver cómo se escapan los días que pretendían ser maravillosos en un torbellino de llamadas apuradas, cancelaciones de último momento y una tristeza que se apodera de este monoambiente vacío.
No soy yo, no quiero ser yo. No estoy.
Me siento terriblemente, el viaje se me escapa de las manos y estoy atada a un lugar del que no puedo salir por complicaciones de salud, pasé la noche en una guardia ginecológica, estoy sola y deprimida.
Estoy siendo odiosamente explícita y voy a odiar este post, que probablemente elimine cuando mejoren mis ánimos. Ahora mismo lo único que quiero es dejar de ser yo y vivir todo lo que tenía pensado vivir de alguna forma. Lo único que necesito es un abrazo silencioso (que espero toque el timbre pronto) y pensar en algo más que una felicidad efímera frustrada.
Agradezco infinitamente a mis amigos en este lugar que se han preocupado por mí. A los desconocidos que me ayudaron en horas desfavorables, a quienes me atendieron en un hospital, a quienes se quedaron conmigo el tiempo necesario.
Pensé que podría hacer de esto algún motivo para escribir, pero no, estoy siendo tan coloquial, explícita y burda...
Anoche, boca arriba en la cama del hospital, en la sala desierta y oscura, mientras trataba de no pensar en la vía que me estaba haciendo doler muchísimo el brazo, me acordé de aquel primer poema de Plath que leí: Tulips. Los imaginé ahí, al costado, en la mesa al lado de la cama. Aunque no estaban, entré en una especie de comunión con esas palabras leídas y releídas en la adolescencia y hasta el día de hoy.
"I am learning peacefulness, lying by myself quietly
As the light lies on these white walls, this bed, these hands.
I am nobody; I have nothing to do with explosions.
I have given my name and my day-clothes up to the nurses
(...)
The nurses pass and pass, they are no trouble,
They pass the way gulls pass inland in their white caps,
Doing things with their hands, one just the same as another,
So it is impossible to tell how many there are."
Nada puedo hacer, simplemente ver la ropa que no se seca por la humedad, colgando como seres inertes con lástima de sí mismos. Nada puedo hacer, solo ver cómo se escapan los días que pretendían ser maravillosos en un torbellino de llamadas apuradas, cancelaciones de último momento y una tristeza que se apodera de este monoambiente vacío.
No soy yo, no quiero ser yo. No estoy.
martes, 1 de junio de 2010
Antes de
"¿Por qué verborragia? Ya sé, el sufijo que denota algo incontrolable, excesivo... Pero yo quiero hablar sobre la rapidez. Soy controlable, ahora, pero rapidito, como un ave. Entonces, soy verbodinámico."
Diálogos con un hombre de metal
A veces pienso que es un mal familiar. Todo viaje me mantiene en una expectativa constante y antes de partir las ganas se disipan. Hay un desánimo general y sin razón aparente, una procrastinación de los preparativos y cierta angustia, inevitables en la víspera. A todos nos pasa eso, quizás sea un poco genético.
Una vez se lo comenté a alguien, en vísperas de un viaje. Rato después, en la feria de Tristán Narvaja, tomó el libro de Levrero que yo le había regalado y se repetía en una mesa de venta y lo abrió en determinada página. Me hizo leer la oración que describía perfectamente mi sentimiento. Nos miramos y sonreímos, quizás sintiendo cosas que hace demasiado tiempo no me pasan.
El curso de los días ha cambiado demasiado desde la última vez que partí hacia algún sitio. Partir, partirme en dos, en varios pedazos, muy justo. Partir ciñéndome a pocos planes, rezagando los análisis y las nostalgias, armando agendas.
Con un pie a cada lado y temiéndole a ciertos fantasmas, apuro el paso y trato de no pensar más allá del aquí y ahora. Hago lugar para los regalos que preparé con mucho cariño, hago lugar para papeles y lápices, para sacudones del alma y risas.
Recuerdo las palabras de cierto hombre de metal, quiero mudarme a verbodinámica, quiero estrenar mi cuerpo de arena en otra ciudad. Me visto, entonces, de mujer nueva, limpio las telarañas, soplo el polvo de mis zapatos y me zambullo en la niebla del después.
explicado por
Eclipse
a las
1:08 a.m.
y tiene connotación de
diálogos con un hombre de metal,
diarios de viaje,
personal,
prosa,
reflexión
domingo, 30 de mayo de 2010
El tipo que canta IX...
...o cómo vivir una semana de cumpleaños
(advertencia: este post promete aburrir)
•
Los cumpleaños me gustaban cuando era chica. Amigos, regalos, ser el centro de atención, todo ese circo del protagonismo que parte de mi personalidad ya dejada atrás hace tiempo disfrutaba alegremente. Creo que fue después de los quince o dieciséis que el cumplir años se convirtió en una certeza inexorable del paso del tiempo, algo obvio pero que no dejaba de amargarme.
Cumplir veinte fue duro, fue bastante cuestionador, estuvo lleno de pequeñas crisis y gasté muchas palabras en torno a mis frustraciones por esa época.
Nunca sentí que mi edad coincidiera con lo que sentía, con lo que vivía, con mis relaciones, mis amigos o mis cursos académicos; porque desde el vamos, no coincidió nunca.
Suelo sentirme encerrada en una polaridad exquisita, tanto una anciana atrapada en el cuerpo de una joven, como una niña a la que le crecen años cual si fuera pelo.
Los días de mi cumpleaños tengo la sensación de que debería ser un día muy especial y, sin embargo, nunca terminan de serlo. Ya porque mis expectativas son demasiado altas o porque realmente son días aburridos, sin mucho para hacer, sin nada que me conmueva o con episodios que me hacen plantearme cosas.
Sin embargo, este año, el cumpleaños empezaba temprano y distinto.
••
La tarde había comenzado fría, faltaban dos días para migrar a la otra cifra y yo estaba a punto de disfrutar uno de mis regalos. Después de oscurecer, el frío se disipó un poco. En clase el ejercicio manual me hizo entrar aún más en calor y después vino una larga caminata, ida y vuelta, con mi pollera gris agitándose tras mis zancadas, más trabajo en clase, cuidar la ropa, contener la emoción y finalmente partir para ver al Tipo que canta.
Esta clasificación le queda extraña a este nuevo protagonista de una sección ya vieja y conocida por estos lados. Si bien canta, no lo hace todo el tiempo y no es por lo que más se destaca. Curioso es que el protagonista de la mayoría de mis "Tipos que cantan" fue el aperitivo para este show lleno de energía.
La solitaria emoción de estar frente a eso tan deseado por largo tiempo es lo que más recuerdo. Con los días se fueron apagando ciertos recuerdos nítidos, cual fotos mentales que en su momento deseé retener para luego llevar a palabras.
Lo más sorprendente, lo más destacable, lo que quedó en mi más íntimos sentidos fue la energía que recorría y conectaba a cada una de las personas de una manera que no logro explicar. Pararnos, aplaudir, hacer palmas y bailar de cualquier manera. Hombres y mujeres de distintas edades moviéndose como en un trance ante una música capaz de conmover sin importar las diferencias entre los espectadores, a todos de alguna manera, a todos tocándolos con algo de magia invisible que tiene esa música versátil.
Sola, yo sola con mi ropa holgada, mi pollera amplia, mis ganas casi invencibles de poner todo en palabras de golpe, de grabar mis pensamientos, de tomar instantáneas de esas cosas inexplicables que se me pasaban por la cabeza y cualquier lado sensible de mi humanidad toda.
Yo palabra, verbo, canción remota que imita un sonar de mandolin, de melódica o la energía de un bajista sin nombre que desata un histrionismo completamente atípico. Yo en todo eso, anónima entre la multitud que aplaude y sin embargo tan hermosamente única, sin que nadie lo note.
La felicidad agotada en una hora y media de energía amarilla y violeta, de movimientos involuntarios y el frío rosado en la cara que me acompaña por dieciocho y hacia arriba, chistándole a conocidos en las esquinas.
•••
El día llegó y yo exhausta desde un comienzo. El día estaba casi planificado, la agenda llena de cosas para hacer. La preparación del viaje, los preparativos para cumplir con mis clases, para asistir y ser la buena alumna que estoy pretendiendo ser de manera distendida pero responsable.
Y desde un inicio también las llamadas, los mensajes y las dedicatorias tan variopintas. La gente que piensa en mí y me lo demuestra de maneras simples. Sensible y conmovida, dediqué mi cumpleaños a prestar atención a los detalles, a recibir un perejil con una nota firmada por mis compañeros con una sonrisa inevitable, los preparativos para la cena en familia, los videos con la música que otros saben que me gusta, las palabras de personas que apenas me conocen pero con las que siento que me unen lazos hermosos. Risa, mucha trisa y una felicidad completamente atípica que trastorna los pasados cumpleaños.
••••
Más amigos. Gusto a chocolate y a lluvia, a desencuentros en bares y a comida casera. Festejos y regalos secretos. Toda una nube que me despide por una semana de esta casa y este rincón en el mundo, mientras me abren los ojos y los brazos amistades que disfruto con cuentagotas.
En el medio de la semana, tengo uno o dos pensamientos que me alteran, una o dos cosas que me hacen flaquear. La pregunta de por qué nos hacemos tanto daño cuando nos queremos tanto, el miedo a recorrer ciertos sitios, la nostalgia de presentir la despedida aún antes de toda llegada.
Y también entre todo esto, la espera de una nueva vida que nos tiene en ascuas...
(advertencia: este post promete aburrir)
•
Los cumpleaños me gustaban cuando era chica. Amigos, regalos, ser el centro de atención, todo ese circo del protagonismo que parte de mi personalidad ya dejada atrás hace tiempo disfrutaba alegremente. Creo que fue después de los quince o dieciséis que el cumplir años se convirtió en una certeza inexorable del paso del tiempo, algo obvio pero que no dejaba de amargarme.
Cumplir veinte fue duro, fue bastante cuestionador, estuvo lleno de pequeñas crisis y gasté muchas palabras en torno a mis frustraciones por esa época.
Nunca sentí que mi edad coincidiera con lo que sentía, con lo que vivía, con mis relaciones, mis amigos o mis cursos académicos; porque desde el vamos, no coincidió nunca.
Suelo sentirme encerrada en una polaridad exquisita, tanto una anciana atrapada en el cuerpo de una joven, como una niña a la que le crecen años cual si fuera pelo.
Los días de mi cumpleaños tengo la sensación de que debería ser un día muy especial y, sin embargo, nunca terminan de serlo. Ya porque mis expectativas son demasiado altas o porque realmente son días aburridos, sin mucho para hacer, sin nada que me conmueva o con episodios que me hacen plantearme cosas.
Sin embargo, este año, el cumpleaños empezaba temprano y distinto.
••
La tarde había comenzado fría, faltaban dos días para migrar a la otra cifra y yo estaba a punto de disfrutar uno de mis regalos. Después de oscurecer, el frío se disipó un poco. En clase el ejercicio manual me hizo entrar aún más en calor y después vino una larga caminata, ida y vuelta, con mi pollera gris agitándose tras mis zancadas, más trabajo en clase, cuidar la ropa, contener la emoción y finalmente partir para ver al Tipo que canta.
Esta clasificación le queda extraña a este nuevo protagonista de una sección ya vieja y conocida por estos lados. Si bien canta, no lo hace todo el tiempo y no es por lo que más se destaca. Curioso es que el protagonista de la mayoría de mis "Tipos que cantan" fue el aperitivo para este show lleno de energía.
La solitaria emoción de estar frente a eso tan deseado por largo tiempo es lo que más recuerdo. Con los días se fueron apagando ciertos recuerdos nítidos, cual fotos mentales que en su momento deseé retener para luego llevar a palabras.
Lo más sorprendente, lo más destacable, lo que quedó en mi más íntimos sentidos fue la energía que recorría y conectaba a cada una de las personas de una manera que no logro explicar. Pararnos, aplaudir, hacer palmas y bailar de cualquier manera. Hombres y mujeres de distintas edades moviéndose como en un trance ante una música capaz de conmover sin importar las diferencias entre los espectadores, a todos de alguna manera, a todos tocándolos con algo de magia invisible que tiene esa música versátil.
Sola, yo sola con mi ropa holgada, mi pollera amplia, mis ganas casi invencibles de poner todo en palabras de golpe, de grabar mis pensamientos, de tomar instantáneas de esas cosas inexplicables que se me pasaban por la cabeza y cualquier lado sensible de mi humanidad toda.
Yo palabra, verbo, canción remota que imita un sonar de mandolin, de melódica o la energía de un bajista sin nombre que desata un histrionismo completamente atípico. Yo en todo eso, anónima entre la multitud que aplaude y sin embargo tan hermosamente única, sin que nadie lo note.
La felicidad agotada en una hora y media de energía amarilla y violeta, de movimientos involuntarios y el frío rosado en la cara que me acompaña por dieciocho y hacia arriba, chistándole a conocidos en las esquinas.
•••
El día llegó y yo exhausta desde un comienzo. El día estaba casi planificado, la agenda llena de cosas para hacer. La preparación del viaje, los preparativos para cumplir con mis clases, para asistir y ser la buena alumna que estoy pretendiendo ser de manera distendida pero responsable.
Y desde un inicio también las llamadas, los mensajes y las dedicatorias tan variopintas. La gente que piensa en mí y me lo demuestra de maneras simples. Sensible y conmovida, dediqué mi cumpleaños a prestar atención a los detalles, a recibir un perejil con una nota firmada por mis compañeros con una sonrisa inevitable, los preparativos para la cena en familia, los videos con la música que otros saben que me gusta, las palabras de personas que apenas me conocen pero con las que siento que me unen lazos hermosos. Risa, mucha trisa y una felicidad completamente atípica que trastorna los pasados cumpleaños.
••••
Más amigos. Gusto a chocolate y a lluvia, a desencuentros en bares y a comida casera. Festejos y regalos secretos. Toda una nube que me despide por una semana de esta casa y este rincón en el mundo, mientras me abren los ojos y los brazos amistades que disfruto con cuentagotas.
En el medio de la semana, tengo uno o dos pensamientos que me alteran, una o dos cosas que me hacen flaquear. La pregunta de por qué nos hacemos tanto daño cuando nos queremos tanto, el miedo a recorrer ciertos sitios, la nostalgia de presentir la despedida aún antes de toda llegada.
Y también entre todo esto, la espera de una nueva vida que nos tiene en ascuas...
martes, 25 de mayo de 2010
"- Decime una cosa, una sola cosa que sea verdad.
- Yo a vos, y todo lo mío con vos, lo uso sólo para escribir."
«M,
¿Ni un té de valeriana de ayuda a dormir? Apenas empiezo mi jornada, bostezo, pienso en que ya es hora de afeitarme, en que olvidé por completo un montón de trámites que tenía que hacer ayer y se van acumulando como pendientes en mis listas (sí, ya sé, a vos te encantan las listas, yo las evito), pero las dejo reposar un rato más. Ahora vengo aquí, cuando tu noche es noche cerrada, madrugada pero aún oscuridad.
No hay como sostener alegrías ajenas, disfrutarlas como propias, encandilarse de fiestas que otros preparan para sí mismos. Tu sensibilidad va a impedir que dejes de hacerlo, M, por más herida que salgas, sé que siempre vas a estar ahí cuando las personas solas necesiten compartir una alegría o una pena con vos.
¿Qué hay de los que pasan un rato y se van? me preguntás con una voz que adivino entrecortada por algún dolor nuevo, aunque sospecho es reciclado desde que tenés memoria.
Pues bueno, no deberían preocuparte. Hay quienes tienen una naturaleza de paraguas, están ahí para protegernos de un chaparrón y nada más. Incluso algunos son una simple parada de ómnibus, un techo austero que nos resguarda unos minutos y a veces nos mojamos igual con la lluvia. Pero vos, querida M, vos tenés naturaleza de hogar, un lugar donde quedarse, puertas que se abren y encienden las estufas y el fuego permanece y toda distancia se acorta.
Pero también hay gente nómade, que no quiere una casa, que no necesita una casa. Gente que va de hopedaje en hospedaje para guarecerse de temporales concretos. Luego se marchan.
Diste todo, pero todo lo que das regresa, dice esa canción que tanto te gusta. Todos esos hombres y mujeres que se quedaron por un tiempo en tu naturaleza de casa (casa con fuertes cimientos aunque la apariencia indique lo contrario) supieron encontrar lo justo y necesario durante un tiempo. Está bien, se olvidaron que la casa necesita mantenimiento y que no basta volver una vez por mes para sacudir las cortinas o barrer el patio, pero en esa casa se llenaron de risas y de grillos alegres, de veranos festejados gritando goles aunque odies el fútbol, leyendo libros, haciendo chistes interminables, adivinándose mutuamente los pensamientos, llamándose durante recitales, soportándose en los silencios. Hombres y mujeres se entibiaron con tu costumbre de talones, con tu capacidad increíble para dar el regalo justo en el momento correcto.
Se fueron y se olvidaron que tienen un lugar al que volver. O en verdad no, justamente, saben muy bien que siempre pueden volver, pero lo harán a su conveniencia. Y no podés evitar eso, M, por más doloroso que sea.
M, eme, eme... recorro las astas de esa letra ancha y zigzagueante con la mirada. Sos una casa con estufa a leña y una buhardilla donde guardás tus mejores libros. Y tenés una manta para cada ocasión, té de menta para convidar a las visitas. Una casa de aspecto frágil pero llena de habitaciones y puertas y ventanas.
Una casa luminosa con vista a todos los mares y a todos los bosques, a cada paisaje que uno elija.
Haceme caso, probá con valeriana y después me contás.»
Diálogos con un hombre de metal
«M,
¿Ni un té de valeriana de ayuda a dormir? Apenas empiezo mi jornada, bostezo, pienso en que ya es hora de afeitarme, en que olvidé por completo un montón de trámites que tenía que hacer ayer y se van acumulando como pendientes en mis listas (sí, ya sé, a vos te encantan las listas, yo las evito), pero las dejo reposar un rato más. Ahora vengo aquí, cuando tu noche es noche cerrada, madrugada pero aún oscuridad.
No hay como sostener alegrías ajenas, disfrutarlas como propias, encandilarse de fiestas que otros preparan para sí mismos. Tu sensibilidad va a impedir que dejes de hacerlo, M, por más herida que salgas, sé que siempre vas a estar ahí cuando las personas solas necesiten compartir una alegría o una pena con vos.
¿Qué hay de los que pasan un rato y se van? me preguntás con una voz que adivino entrecortada por algún dolor nuevo, aunque sospecho es reciclado desde que tenés memoria.
Pues bueno, no deberían preocuparte. Hay quienes tienen una naturaleza de paraguas, están ahí para protegernos de un chaparrón y nada más. Incluso algunos son una simple parada de ómnibus, un techo austero que nos resguarda unos minutos y a veces nos mojamos igual con la lluvia. Pero vos, querida M, vos tenés naturaleza de hogar, un lugar donde quedarse, puertas que se abren y encienden las estufas y el fuego permanece y toda distancia se acorta.
Pero también hay gente nómade, que no quiere una casa, que no necesita una casa. Gente que va de hopedaje en hospedaje para guarecerse de temporales concretos. Luego se marchan.
Diste todo, pero todo lo que das regresa, dice esa canción que tanto te gusta. Todos esos hombres y mujeres que se quedaron por un tiempo en tu naturaleza de casa (casa con fuertes cimientos aunque la apariencia indique lo contrario) supieron encontrar lo justo y necesario durante un tiempo. Está bien, se olvidaron que la casa necesita mantenimiento y que no basta volver una vez por mes para sacudir las cortinas o barrer el patio, pero en esa casa se llenaron de risas y de grillos alegres, de veranos festejados gritando goles aunque odies el fútbol, leyendo libros, haciendo chistes interminables, adivinándose mutuamente los pensamientos, llamándose durante recitales, soportándose en los silencios. Hombres y mujeres se entibiaron con tu costumbre de talones, con tu capacidad increíble para dar el regalo justo en el momento correcto.
Se fueron y se olvidaron que tienen un lugar al que volver. O en verdad no, justamente, saben muy bien que siempre pueden volver, pero lo harán a su conveniencia. Y no podés evitar eso, M, por más doloroso que sea.
M, eme, eme... recorro las astas de esa letra ancha y zigzagueante con la mirada. Sos una casa con estufa a leña y una buhardilla donde guardás tus mejores libros. Y tenés una manta para cada ocasión, té de menta para convidar a las visitas. Una casa de aspecto frágil pero llena de habitaciones y puertas y ventanas.
Una casa luminosa con vista a todos los mares y a todos los bosques, a cada paisaje que uno elija.
Haceme caso, probá con valeriana y después me contás.»
Miranda no tiene sueño y escribe cartas
lunes, 17 de mayo de 2010
Metacuerpo
"puedo hacer canoas de papel
y llevarte a los lagos del sur
(no es tan lejos)
y mientras espero ya sabés,
preparé tostadas otra vez
(ya son miles)
nos leímos cuentos al dormir,
fuimos inmortales,
fuimos, si"
Canoas de papel - Valentin y los volcanes
Me sorprende una canción mientras cabeceo en un ómnibus de regreso. Sonrío porque alberga mi pseudo-sueño, capricho desde hace un par de años, y pienso en las tres o cuatro personas que prometieron llevarme. Todos con motivos, excusas o intereses diferentes, yo con un sólo objetivo en mente, importándome parcialmente el tipo de compañía, pero disfrutando de todas maneras de esas promesas que nunca se concretaron.
y llevarte a los lagos del sur
(no es tan lejos)
y mientras espero ya sabés,
preparé tostadas otra vez
(ya son miles)
nos leímos cuentos al dormir,
fuimos inmortales,
fuimos, si"
Canoas de papel - Valentin y los volcanes
Me sorprende una canción mientras cabeceo en un ómnibus de regreso. Sonrío porque alberga mi pseudo-sueño, capricho desde hace un par de años, y pienso en las tres o cuatro personas que prometieron llevarme. Todos con motivos, excusas o intereses diferentes, yo con un sólo objetivo en mente, importándome parcialmente el tipo de compañía, pero disfrutando de todas maneras de esas promesas que nunca se concretaron.
Ya son miles, sí. Pero poco huelen a tostadas los días que mato en pos de cualquier asunto trascendente.
Dejo de cabecear y continúo prestando atención a cada palabra articulada por esa voz quebradiza (se me ocurre que tengo debilidad por las voces quebradizas).
Pienso en mi cuerpo. Extiendo mi cuerpo desnudo en mi mente, los brazos finos, las piernas cortas, mi espalda engendrando un mar pequeño de posibilidades. Noto las venas aparecer bajo la piel sumamente blanca, esparcirse subterráneas y atentas, dictándole caminos a seguir a cualquier mano. Pienso en mi cuerpo como pienso en el frío. Pienso en mi cuerpo como pienso en un miércoles. Pienso en mi cuerpo como pienso en las promesas no cumplidas, como pienso en este viaje de vuelta que me devuelve a la cotidianidad infecta de mi cuarto.
Pienso en mi cuerpo, en haber sido inmortal durante cuatro minutos mientras cambiaba de pieles, una tras otra sobre el escenario improvisado, en un vértigo público y tambaleante. Mi cuerpo en la cuerda floja de la aprobación. Mis brazos que me desenvuelven y se extienden hacia los costados y dicen que sí, que también soy esto poco que soy, con el coraje de nunca, la ingravidez de jamás, los poros hacia afuera soportando el frío.
Proyección de luz y secciones, como cortes de carne, a, b, c, d, g, h, k, s... mi cuerpo-metacuerpo, de espalda diminuta y omóplatos silenciosos seccionado bajo la lupa. Y es algo más bajo la lupa, bajo la mirada de otros. Mi cuerpo artefacto.
La canción termina y vuelvo a sonreír. Mentalmente me reconozco cada parte del cuerpo y pienso en el sur.
Y los días se miden en si les encontramos formas a las nubes o no, vos y yo.
explicado por
Eclipse
a las
8:02 p.m.
y tiene connotación de
ficciones,
mis trabajos,
música,
personal
jueves, 13 de mayo de 2010
Noches sin sueño en otra voz
"Tenés una dualidad perfecta entre mujer y niña, entre dramática y objetiva; estás mal, pero te doy ternura. Eso a la gente normal no le pasa, sos única."
«M:
Quizás el hombre de metal tenga razón, aunque eso que me contás en tu e-mail tan gracioso (por la gracia que le ponés a todo lo que hacés, aunque además tiene cierto toque de humor) te parezca algo tonto y en vano. Lo que hiciste da cuentas de esa perfecta mezcla entre mujer y niña, recorrer la ciudad cual francesita enamorada pegando carteles a un desconocido. Ojalá alguien lo hiciera para mí.
Hay cosas que no están bien, M: la imbecilidad de la gente, la xenofobia que nos vuelve más pobres cada día, la crisis mundial, mi vecina que quema las hojas secas a las tres de la tarde, el supermercado que pasa una música horrible a todo volumen y no te deja escuchar ni tus propios pensamientos.
Diálogos con un hombre de metal.
«M:
Quizás el hombre de metal tenga razón, aunque eso que me contás en tu e-mail tan gracioso (por la gracia que le ponés a todo lo que hacés, aunque además tiene cierto toque de humor) te parezca algo tonto y en vano. Lo que hiciste da cuentas de esa perfecta mezcla entre mujer y niña, recorrer la ciudad cual francesita enamorada pegando carteles a un desconocido. Ojalá alguien lo hiciera para mí.
Hay cosas que no están bien, M: la imbecilidad de la gente, la xenofobia que nos vuelve más pobres cada día, la crisis mundial, mi vecina que quema las hojas secas a las tres de la tarde, el supermercado que pasa una música horrible a todo volumen y no te deja escuchar ni tus propios pensamientos.
Pero vos estás del lado del bien, del lado de las algas cuando acarician los peces, del lado de las llamas tibias, llamas que no queman, sólo dan calor. Todos somos tan poco sabios y nos creemos tanto. Apuesto a que cualquier desconocido se escandalizó tiernamente en el contorno de tu boca, se detuvo en tu vampiresco sueño de desangrar la luna.
Es así, querida M., que te quedás en la posteridad. Porque millones de desconocidos se enamoran de cualquiera de tus gestos y vos no lo sabés. Yo estoy seguro que alguien se imaginó un diálogo entero contigo cuando te vio leyendo a Barthes en el 79, sacudida por los aceleres y frenadas en Justicia. Estoy seguro que te acomodaste los lentes y el pelo que te oscurece la espalda, mientras cruzabas el callejón de la Universidad y aquel otro sonrió porque le recordaste a alguien más. Te están escribiendo, M, te están volviendo inmortal.
Y mientras sigas cronometrando encuentros en calles y bares, dejando pistas fugaces, melodías precisas para momentos perfectos y midiendo con exactitud las palabras que conducirán al siguiente eslabón de la cadena, alguien más estará armando ese puzzle para sí mismo, pondrá esa noche algo fría en su cuaderno de notas que, de casualidad, se parecerá al tuyo.
Esto es todo. Más palabras para curar tu insomnio, querida M.»
Y mientras sigas cronometrando encuentros en calles y bares, dejando pistas fugaces, melodías precisas para momentos perfectos y midiendo con exactitud las palabras que conducirán al siguiente eslabón de la cadena, alguien más estará armando ese puzzle para sí mismo, pondrá esa noche algo fría en su cuaderno de notas que, de casualidad, se parecerá al tuyo.
Esto es todo. Más palabras para curar tu insomnio, querida M.»
Miranda no tiene sueño y escribe cartas
explicado por
Eclipse
a las
6:35 p.m.
y tiene connotación de
ciudad,
ficciones,
miranda no tiene sueño y escribe cartas,
prosa
domingo, 9 de mayo de 2010
Testigo
Voló voló mi destino
duró mi vida un instante
el cruce de los caminos
y tu dulzura distante.
Dulzura distante - Fernando Cabrera
- Me caso
- ¿Eh?
- ¡Sí! ¡Que me caso! ¡Y quiero que estés ahí!
Y a mí que me carcomen las ganas de ver a esos ojitos celestes decirle que sí al hombre que conocimos el mismo día que nos vimos nosotras por primera vez. ¿Va a llevar un vestido de boda verde? me preguntó alguien más, con una euforia susanística. Yo confío en que sí. Nos reímos, de puro nervio, nomás.
Ella ahí, con su felicidad contagiándolo todo, iluminando esa ciudad prestada con su danza de algas. Yo de este lado, haciendo planes, valijas, contando los días y las horas, imaginándome el sonido del puerto al recibir mi cuerpo.
Trazo una línea mental desde un octubre de 2008 a junio de 2010. Amarro los extremos de ese hilo invisible a mi euforia contenida, a aquellas dos noches de bar, separadas por un año de diferencia, en que lo vi a él con una mirada especial.
Ella es feliz. Va a serlo mucho más. Me percato de la íntima importancia de mi presencia en esa historia que vi nacer un jueves cualquiera, gracias a un error de cálculos, a ser tres mujeres extranjeras perdidas en una ciudad, a nuestras ganas de bar, a nuestro alboroto foráneo. Una cámara de fotos y al cabo tres hombres que nos invitaban cervezas. Una historia. Una amistad llena de fronteras.
Hay un río con unas ganas terribles de ser mar, una ciudad que me espera, un montón de abrazos que quieren enredarse en mi cuerpo pequeño, desafiar mi fragilidad, abrigarme por un fin de semana. Amigos que compiten por pasar ratos a la sombra de mis lentes, por probar nuevamente mis mates tan distintos y ricos, por grabar de nuevo en sus retinas las formas locas de mi pelo corto, por si las dudas, hasta una nueva visita.
Y hay fantasmas oscuros esperándome en las dársenas, por Colectora, en la General Paz, en San Telmo, en la esquina de Solís y Belgrano, en calles cuyo nombre no conozco.
Ella ahí, con la sonrisa de la primera vez y de siempre, con sus abrazos llenos de alma. Yo de este lado, con mi niñez a cuestas, con mis miserias en andas, con la felicidad ajena como un bálsamo para los días futuros. Esperame, esperame que antes de irte por quién sabe cuánto tiempo de territorio austral voy a ir y llenarte de abrazos, de risas sofocadas, de chistes que nos hacen bien, del calor que te envía toda mi familia, de noches de resaca que recordamos entre bromas.
Y vos, dolor en las esquinas, pasta de espectros y rencores viejos, esperame también, porque voy a ignorarte, voy a seducir a tus amigos y me voy a quedar bailando sola en la fiesta. Bailando, bailando con mi pollera inmensa... bailando.
miércoles, 5 de mayo de 2010
Like a riot, oh!
•
Escribe y borra. Escribe. No lo va a enviar. Pero lo envía, convenciéndose de que apretó mal la tecla, que fue por error, que nada. Se consuela porque sabe que es un mensaje al vacío, quiere borrarlo definitivamente, pero no puede.
Todavía no vi la película de Mozart que me regalaste. La otra sí, la vimos con Babilonia una noche de marzo, mientras tomábamos té acurrucadas en un sillón. Una parte de mí dice que no la vi porque está guardada en un cajón y cada vez que quiero ver películas me da menos pereza ver las que tengo en la computadora o en Internet. Otra parte de mí sabe que no la veo porque es larga, dolorosa, llena de una música hermosa que me trae recuerdos que prefiero no destapar. Amadeus se ríe cuando se acuerda de mí caminando sola por esas calles oscuras del Barrio Sur, sintiendo un poco de frío y mucha pero mucha sed, antes del ómnibus, antes de la llamada telefónica, antes de todo. Se ríe de mi cara al descubrir la película en mi bolso, tiempo después. Yo creo que sí, se ríe desde el cajón repleto de cosas. A mí en verdad no me importa demasiado todo esto, mientras siga ahí. En verdad no la veo porque no tengo ganas. Porque sí. O porque no, más bien.
••
- Todos tenían madres doctoras
- Eso es una señal
- ¿Señal de qué?
- De que no eran ellos los que iban a salvarte.
•••
"Me desperté de madrugada con la sensación de estar en otro lugar. ¿Nunca te pasó que creías que estabas en otro lugar y te levantás, por ejemplo, por el lado de la cama que nunca lo hacés? Me levanté y fui al baño. Me miré al espejo y descubrí que era yo. No me sentía cansado, creía haber dormido muchas horas pero apenas hacía un par que me había ido a dormir luego de una noche de reunión y cena con amigos. Al final nunca te los presenté, nunca terminamos de intercambiar nada. De hecho, absolutamente nada. Rato después descubrí que tenía migraña y me acordé de vos."
••••
- ¿Por qué no te vas a dormir de una vez?
- Tengo que mirar unos videos
- ¿Para qué?
- No sé. Para nada en especial. Para entender, quizás...
•••••
Escribe y borra. Escribe. No lo va a enviar. Pero lo envía, convenciéndose de que apretó mal la tecla, que fue por error, que nada. Se consuela porque sabe que es un mensaje al vacío, quiere borrarlo definitivamente, pero no puede.
Todavía no vi la película de Mozart que me regalaste. La otra sí, la vimos con Babilonia una noche de marzo, mientras tomábamos té acurrucadas en un sillón. Una parte de mí dice que no la vi porque está guardada en un cajón y cada vez que quiero ver películas me da menos pereza ver las que tengo en la computadora o en Internet. Otra parte de mí sabe que no la veo porque es larga, dolorosa, llena de una música hermosa que me trae recuerdos que prefiero no destapar. Amadeus se ríe cuando se acuerda de mí caminando sola por esas calles oscuras del Barrio Sur, sintiendo un poco de frío y mucha pero mucha sed, antes del ómnibus, antes de la llamada telefónica, antes de todo. Se ríe de mi cara al descubrir la película en mi bolso, tiempo después. Yo creo que sí, se ríe desde el cajón repleto de cosas. A mí en verdad no me importa demasiado todo esto, mientras siga ahí. En verdad no la veo porque no tengo ganas. Porque sí. O porque no, más bien.
••
- Todos tenían madres doctoras
- Eso es una señal
- ¿Señal de qué?
- De que no eran ellos los que iban a salvarte.
•••
"Me desperté de madrugada con la sensación de estar en otro lugar. ¿Nunca te pasó que creías que estabas en otro lugar y te levantás, por ejemplo, por el lado de la cama que nunca lo hacés? Me levanté y fui al baño. Me miré al espejo y descubrí que era yo. No me sentía cansado, creía haber dormido muchas horas pero apenas hacía un par que me había ido a dormir luego de una noche de reunión y cena con amigos. Al final nunca te los presenté, nunca terminamos de intercambiar nada. De hecho, absolutamente nada. Rato después descubrí que tenía migraña y me acordé de vos."
••••
- ¿Por qué no te vas a dormir de una vez?
- Tengo que mirar unos videos
- ¿Para qué?
- No sé. Para nada en especial. Para entender, quizás...
•••••
sábado, 1 de mayo de 2010
De cuando se podía curar el frío recordando el sol
tuvimos fiestas
cantos rodados
y el armazón de una noche estrellada
dibujada por las gotas en el vidrio
mientras decíamos que quererse era eso
un papelón que ocultamos enmudeciendo
y unas pocas horas de sueño robadas a la mañana.
mientras nos adheríamos a esa ciudad prestada
nos crecía el musgo en los labios
un sonar de espectros
queriendo arrancarnos el calor de enero.
tuvimos lemas intranquilos
flojeras y sahumerios
con olor a viento.
tanto mar herido
disfrazándose de calma
y tanta nostalgia pegada en las ampollas
que dejó la cruz del sur en otro puerto.
un abril frío y soleado de 2010
cantos rodados
y el armazón de una noche estrellada
dibujada por las gotas en el vidrio
mientras decíamos que quererse era eso
un papelón que ocultamos enmudeciendo
y unas pocas horas de sueño robadas a la mañana.
mientras nos adheríamos a esa ciudad prestada
nos crecía el musgo en los labios
un sonar de espectros
queriendo arrancarnos el calor de enero.
tuvimos lemas intranquilos
flojeras y sahumerios
con olor a viento.
tanto mar herido
disfrazándose de calma
y tanta nostalgia pegada en las ampollas
que dejó la cruz del sur en otro puerto.
un abril frío y soleado de 2010
miércoles, 28 de abril de 2010
Un mundo
"Esse é o nosso mundo
O que é demais
Nunca é o bastante
E a primeira vez
É sempre a última chance
Ninguém vê onde chegamos
Os assassinos estão livres"
Teatro dos Vampiros - Legião Urbana
Subimos al techo. Los árboles demasiado altos, la casa demasiado hundida en la ciudad. No tenemos panorámica; el barrio, el rincón extraño de esas casas todas iguales nos ofrece un paisaje de soledad, de alfombras verdes, una fábrica, cables que cuelgan a uno y otro lado. Me río de la iniciativa y me siento en el suelo-techo, fantaseando con la idea de la reversibilidad de esa superficie.
Casi no hablamos. La tarde se muere ahí arriba pero ignoramos si pasa lo mismo allá abajo.
Subimos al techo y hablamos de nombres, de calles, de ciudades, sin ver ni un auto pasar; demasiado bajos, demasiado tranquilos, demasiado domingo.
Bajamos sorteando obstáculos y nos olvidamos que era invierno, porque el sol nos había dado una tregua.
E a cada hora que passa
Envelhecemos dez semanas...
Envelhecemos dez semanas...
Nos quedamos con miradas ancianas pensando en una tarde, en que "ese es nuestro mundo, lo que es demasiado, nunca es suficiente." Y vacilamos ante ese futuro de infusiones y recorridas por los tejados.
jueves, 22 de abril de 2010
Para dónde va la noche mucho menos sé
"No me importa si el viento va al oeste
O para atrás, donde sea voy a ir
Voy a cortar las guirnaldas de esta peste
A remontar que no quede ni una sola más
Si queda sola se siente sola
Si acompañada está busca la libertad"
Primero esperó un ómnibus y al día siguiente un colectivo. En alguno de ellos, no recuerda bien cuál, había una señora con un bolso marrón a su lado. Lo miró como increpándolo, oliéndole de lejos con extrañeza. Ahora creía acordarse que había sido un ómnibus, porque allí se le sentía ese olor a extranjero.
Subió con las instrucciones precisas. Ella le dio un beso fugaz y dijo rápidamente, porque ya casi se olvidaba de darle las señas: cientoveintiúno, te bajás en la plaza independencia, lo demás ya lo sabés. Y antes de subirse a su ómnibus y dejarlo solo, sonrió de una manera en que no iba a verla sonreír nunca más. Esperó breves instantes y allí la mujer con el bolso que lo llenaba de curiosidad. Él tampoco sonreiría casi, ya no más en su presencia, a menos que ella frunciera un par de veces el ceño y se lo pidiera específicamente. Entonces ensayaba algo cargado de melancolía y cosas que no iba a decirle.
Ahora, mientras la acariciaba y furtivamente metía su mano entre la tela de esa pollera violeta, pensaba en el ómnibus, en la señora de bolso enorme, lentes gruesos y cara extenuantemente seria; llevaba cierta circunspección en el semblante y lo miraba como acusándolo de algo, quizás de esa felicidad desbordante que se le salía del pecho y le creaba un aura alrededor de la piel llena de sudor y arena.
Palpó el calor de eso otro que le hablaba entre tela violeta y quejidos de cansancio, eso que le esperaba para reclamarle mucho más que sonrisas, y recordó la acusación de la mujer. Retiró la mano. Y los intentos más tarde. Y el rechazo y el silencio y un adiós apurado entre las flemas de una escalera mecánica. Sin saberlo había ensayado, desde el primer momento en que cruzó la plaza, todo el después.
martes, 20 de abril de 2010
Olor a mandarinas
Y vas a oscuras
buscas a tientas el olor a mandarinas
y respiras y nos gusta aunque no me lo digas
que luego hacerlo no nos cuesta nada.Olor a mandarinas - Zahara
Siempre buscó a tientas con sus ojos claros. Un sapito, quizás, para hacer como en el poema, convertirlo en mano y no pedir mucho, no pedir casi nada, casi que así de poquito que con dos dedos te hacés toda una idea de lo que pide.
En el pelo siempre llevó olor a mandarinas dulces, esas cosas que creyó decir con inocencia una tarde en que octubre se devoraba sus ganas de no-ser y aprendía. Aprendía cosas nuevas, primeras veces de olvido, de sábanas con tos, de múltiplos, de abrazos que se regalan en la calle y que sin saberlo se transforman en tarjetas de visita.
Visitaba y dolía. Costaba. Te ponías tan serio antes y después. Una mecánica de trenes, de espiar las vías porque el trayecto era largo. Y tan tímidas las mañanas, tan temprano las partidas. Pero pelaba las mandarinas con los ojos claros y un buenos días dicho sin despertar a su lado, anteponiendo méritos triviales a las horas de sueño no compartidas. Y qué decirle. La ruedita del reloj giró, sonaron las campanas. ¡Ay! cómo sonaba ese reloj en las en punto. Pero no había más canciones a un click de distancia, solo fideos sin sal para aflojar los músculos en el después, que tampoco implicaba dormir.
La noche estaba envuelta en una niebla fantasmal. Tardó unos segundos en besarle las manos con gusto a domingo, se apoderó de los edificios, de ese lugar en que todo dormía y parecía demasiado de otro planeta. Minutos antes, los grillos cantaban en medio de la ciudad. La madrugada contemplaba su espera en la avenida solitaria, el antes a la niebla, el germen de un sueño que luego tendría. El sueño con olor a mandarinas. Porque fijate, porque venganza y las ganas que cuelgan de un hilo y decir que no, como Ulises, como Idea, como el poema que tiene guardado en esa carpeta con nombre genérico. Porque vos viste, porque al final, cuando ya nada, cuando los ojos se le cerraban de dolor de cabeza, porque el fernet, porque los nervios. Porque ahí un mensaje tipeado al descuido. Porque ya es tarde y nadie viene. Por las dudas.
martes, 13 de abril de 2010
Cuatro
Hoy voy a empezar a construir la casa donde estaré
para toda la vida
voy a recorrer esta ciudad voy a llegar hasta el mar,
el mar me cura la herida, y voy a saltar voy a nadar hasta otro lugar
para toda la vida.
Berlin - Coque Malla
.
Había decidido despreocuparse de toda contrariedad. Buscó durante meses, hizo cálculos, se contactó con gente y dio con las personas correctas. Creía que todo lo que jamás podría pasar de la forma que le gustaría, sucedería en algún otro plano, así más no fuera que en lo intelectual. Apuró los trámites, mandó los mails correctos, los puso en contacto. Tras largas jornadas, meses de trabajo, más meses de espera, las páginas con olor a tinta, con olor a libro nuevo se deslizaban por sus dedos sudorosos.
Le habían publicado el libro, una de sus novelas, una de esas tantas cosas en que ella creyó desde un comienzo. No se sentía salvadora del mundo, no creía que su participación fuera de suma importancia. Cuando finalmente dejó el libro sobre la mesa, reposando, casi descansando por ella del trajín de más de un año desde la decisión inicial, lo miró y sonrieron. Ella sacó de la caja que tenía al lado un cigarrillo, lo encendió con el encendedor que a tiempo él le extendía y dio una primera y larga pitada, entrecerrando los ojos, como si eso fuera el después del mejor orgasmo.
..
Jugaste lo que creías había que jugar. Las cartas justas, las que al mirarlas te hicieron sonreír maliciosamente, con las que anticipaste una partida ganada. Jugaste para no perder, para ganar, quién sabe qué, más noches, más tiempo en vela, más minutos rozándose despacio contra otros mazos con futuros más prometedores.
Jugaste y ahora nomás querés irte y fabricarte la casita para estar siempre, aunque implique tu anonimato, para poder ser un border más, para dejar atrás lo que debe ser dejado atrás.
Entonces no sé por qué jugaste para ganar y te retirás como si hubieses perdido. Será que ganar una sola mano no te alcanza. Será que la casa en las montañas, solitaria para siempre, puede más.
...
Buscar las horas exactas para anclar en un tobillo sin nombre. Acatar las reglas de cualquier color de manos. Internarse como siempre en una penumbra de caricias. Para exigirnos algo. Para escaparnos de algo. Para entender muy poco.
....
No hay nada que tenga gusto a toda la vida
miércoles, 7 de abril de 2010
Valentía absurda.
No digo lo que digo,
hago lo que no hago.
Al revés, al revés porque
Ser valiente no es solo cuestión de suerte...
A punto de dar cuerda a millones de relojes, a punto de dejar la paz de un anonimato entre las fieras. Pongo un pie en el acelerador y me confieso un poquito valiente. Apenas. Como si de un gesto se tratase, como si de pasar una mano por esa cara que nos mira, como si de dar la palabra justa que anule la distancia que nos separa a uno y otro lado de una mesa, de una cama, de un terrón de azúcar sin ganas de sumergirse.
Un poco. Y sigo tomando té por costumbre, empapándome de un vicio despreocupado y tan lleno de lluvia.
Y sigo poniéndole nombres de personas, situaciones y horarios a cada canción. Y sigo previniéndome a mí misma de futuros males.
Como si de alojarme en un nuevo silencio se tratase.
Una valentía hecha de papel, frágil y llena de grietas, porque el después casi está escrito. Apenas. Como si de tocar el sol sin quemarnos se tratase.
lunes, 5 de abril de 2010
El tipo que canta VIII
En tiempos de otoño premeditado, en momentos de poner el pecho y parar las balas del aburrimiento, el sedentarismo obligado; hay cada tanto alguna noche que contagia con sus gramos de elocuencia y paz a la fuerza. Hay malhumores que se curan en un viaje de cuarenta y cinco minutos, atolondrando las ganas de salirse del tablero, de recorrer kilómetros inventados para castigar impunemente a los que nos dejan de a pie.
Y existe también un rincón en la selva de almas en pena de una semana desierta, la voz que no colma todas las expectativas pero nos inunda de esa paz que solo brinda lo bueno conocido.
Babilonia estrena vestido y años, derechos legales, deseos de calor en otros centros, esa soledad que rellenamos con sonrisas y temas de conversación que no se acaban nunca. Cantamos en la calle, a orillas de una acera apenas poblada, canciones que nos dibujaron cada tanto los contornos y nos enredaron en sus lenguas ibéricas o porteñas.
Esperamos la voz conocida, el murmullo de ternura como el último complemento, la pieza del puzzle que faltaba, eso tan lleno de sutileza que no puede decirse con palabras. Como en una ronda de amigos, las piernas enrolladas y las miradas cómplices son el escenario de las canciones de nunca y de siempre, el otoño entre las cuerdas de una guitarra y la ya bautizada voz de papagayito frágil.
Y una vez más nos espera esa lengua de cemento para empinarnos hasta casa. Con las alas cansadas y el corazón revuelto. Una vez más hacia el norte, entre migas de sueño, nos espera la nostalgia del regreso.
[un paréntesis entre las recomendaciones]
Y existe también un rincón en la selva de almas en pena de una semana desierta, la voz que no colma todas las expectativas pero nos inunda de esa paz que solo brinda lo bueno conocido.
Babilonia estrena vestido y años, derechos legales, deseos de calor en otros centros, esa soledad que rellenamos con sonrisas y temas de conversación que no se acaban nunca. Cantamos en la calle, a orillas de una acera apenas poblada, canciones que nos dibujaron cada tanto los contornos y nos enredaron en sus lenguas ibéricas o porteñas.
Esperamos la voz conocida, el murmullo de ternura como el último complemento, la pieza del puzzle que faltaba, eso tan lleno de sutileza que no puede decirse con palabras. Como en una ronda de amigos, las piernas enrolladas y las miradas cómplices son el escenario de las canciones de nunca y de siempre, el otoño entre las cuerdas de una guitarra y la ya bautizada voz de papagayito frágil.
Y una vez más nos espera esa lengua de cemento para empinarnos hasta casa. Con las alas cansadas y el corazón revuelto. Una vez más hacia el norte, entre migas de sueño, nos espera la nostalgia del regreso.
[un paréntesis entre las recomendaciones]
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