"No me importa si el viento va al oeste
O para atrás, donde sea voy a ir
Voy a cortar las guirnaldas de esta peste
A remontar que no quede ni una sola más
Si queda sola se siente sola
Si acompañada está busca la libertad"
Primero esperó un ómnibus y al día siguiente un colectivo. En alguno de ellos, no recuerda bien cuál, había una señora con un bolso marrón a su lado. Lo miró como increpándolo, oliéndole de lejos con extrañeza. Ahora creía acordarse que había sido un ómnibus, porque allí se le sentía ese olor a extranjero.
Subió con las instrucciones precisas. Ella le dio un beso fugaz y dijo rápidamente, porque ya casi se olvidaba de darle las señas: cientoveintiúno, te bajás en la plaza independencia, lo demás ya lo sabés. Y antes de subirse a su ómnibus y dejarlo solo, sonrió de una manera en que no iba a verla sonreír nunca más. Esperó breves instantes y allí la mujer con el bolso que lo llenaba de curiosidad. Él tampoco sonreiría casi, ya no más en su presencia, a menos que ella frunciera un par de veces el ceño y se lo pidiera específicamente. Entonces ensayaba algo cargado de melancolía y cosas que no iba a decirle.
Ahora, mientras la acariciaba y furtivamente metía su mano entre la tela de esa pollera violeta, pensaba en el ómnibus, en la señora de bolso enorme, lentes gruesos y cara extenuantemente seria; llevaba cierta circunspección en el semblante y lo miraba como acusándolo de algo, quizás de esa felicidad desbordante que se le salía del pecho y le creaba un aura alrededor de la piel llena de sudor y arena.
Palpó el calor de eso otro que le hablaba entre tela violeta y quejidos de cansancio, eso que le esperaba para reclamarle mucho más que sonrisas, y recordó la acusación de la mujer. Retiró la mano. Y los intentos más tarde. Y el rechazo y el silencio y un adiós apurado entre las flemas de una escalera mecánica. Sin saberlo había ensayado, desde el primer momento en que cruzó la plaza, todo el después.



