Ella escribe sobre ella misma. Supongo. Intuyo. Sospecho. Ella, la mujer, la otra, escribe, se describe, o quizás escribe sobre una desconocida que conoció y que es un poco ella. Dolores, búsquedas, escribe. Y esta otra piensa que la mujer, la otra, escribe sobre ella misma, porque no puede llenarse.
Y es todo tan raro, se dice, ella, leyendo a la mujer, a la otra, él leyéndola en una charla aparentemente normal, pero a su vez leyendo a la mujer, comprendiéndola y queriéndola. Callándola.
El cuarto tibio. Un cuarto tibio cualquiera, replegándose en la memoria de un invierno nevado. El cuarto tibio, piensa, sopesa entre las dudas y las rarezas del paralelismo que lee. Descubre que puede recordar sensaciones. No sólo las imágenes de un pasado lejano sino olores, temperaturas. La cama ancha, inabarcable. Fría e inabarcable. La cama para ella sola. Y el levantarse, cruzar al baño, la casa tibia. El cuarto tibio.
Lee: "el cuarto tibio" en alguna parte espera por una inmensidad que no es la suya. Espera, y relee, y lo lee a él, casi flotando, casi deseando que las palabras sean manos.
Las manos.
Las estaciones se repiten en ramitos de geranios y jazmines. Lo lee, quiere decirle tantas cosas. Él lee a la otra, la abraza con halagos y la comparte, la ofrece, deliciosamente la saborea en los ojos de otros, aunque secretamente es suya, la otra, no ella.
La otra escribe sobre ella misma en un libro desordenado, la divierte y se palpa la cara, deja el libro reposando en su pecho, pensando. La otra, la mujer, la hace pensar en él que se arrima, pero que siempre lejos. Pero que siempre arde en la piel sin ser tocado. Y ella, con sus manos, con su nada
incandescente, sonríe con palabras.
Las estaciones se repiten. Ya
sabés la historia. Ella, la otra, te la contó. Y más,
sabés qué fue ficción y qué no de aquella historia,
sabés por qué hay un libro dentro de otro.
Y yo pienso en la nieve. En los recuerdos tan ajenos a la nieve que me trae la nieve. Es raro. Tan raro como que yo piense en ella, y ella piense que la otra, la mujer, escribe sobre sí misma, para que al fin piense yo en él. O ella, que piense en él que no le entrega las palabras que necesita oír, pero que sigue, en su parapeto blindado, regalando soles.
Las manos.
Y la nieve.
Y tener que partir (sólo, a veces, para tener que regresar)
Es así, le dice ella. A veces lo que importa es el regreso y uno parte, con todo lo que implica, para hacer algo con el viaje. Y luego la celebración o la culpa o la nostalgia del regreso. Me pone incómoda que importe más el regreso. El viaje a veces solo importa si hay lugar a dónde regresar, le
dice él. En realidad no le dice nada, ella se imagina. Sería una buena respuesta, probablemente él la daría.
La nieve.
Las manos.
El viaje.
Y se olvida del piano en que le enseñaron unos pocos compases, se olvida, pero ahora recuerda. Y recuerda que le dijeron que a veces no es cuestión de la cantidad de tiempo, sino de la intensidad con que se viven los momentos. Y piensa en ella, en la otra, la mujer, de alguna forma siempre la hará pensar en él de esa forma. Debe buscar otra. Saber que la mujer escribe sobre sí misma (o intuirlo, o sospecharlo) y que él lee en vivo a la mujer, la lee a ella y nada más espera.
¿Y a quién espera?